La nueva estrategia y la nueva táctica para la restauración católica (y II)

Pero esa táctica, que ni es defensiva ni ofensiva, ni siquiera inofensiva, porque es útil para los adversarios y dañosa para los que no lo son, tiene además el inconveniente de que es mala y no es nueva

Juan Vázquez de Mella (1861-1928).

Publicamos la segunda parte del discurso de Juan Vázquez de Mella que ya adelantamos y cuya primera parte puede leerse aquí:

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Pero, señores, un plan tan largo, tan profundo, tan sutil, tan prudente, concienzudo y laborioso, tendrá por fuerza que realizarse con extraordinario sigilo y por medios tan recónditos y ocultos, que sea a los ojos de los enemigos arcano impenetrable. Y, como los hijos de las tinieblas son más avisados que los hijos de la luz, ¿será posible engañarlos con esta táctica tan refinada? Porque, si lo advirtiesen ellos, que son astutos, darían buena cuenta de esa táctica del dolo piadoso, convertido en procedimiento de combate; y es muy probable que gritaran indignados: ¡Hipócritas, habéis vestido nuestro uniforme para traicionarnos; no sois los antiguos y resueltos enemigos de antes, porque aquéllos peleaban frente a frente; y no sois de los nuestros, puesto que queréis rendirnos; hay que arrojaros de todas partes por fariseos! Pero eso, señores, es una dificultad pueril para la nueva táctica. Eso no sucederá, y no hay necesidad alguna de sigilo, de secretos y de arcanos. La nueva táctica no tiene nada oculto, ni siquiera la segunda intención (Risas).

Aunque os asombre, empieza por comunicar a tambor batiente todo el plan al adversario, y cabalmente su éxito consiste en pregonarlo: que se congreguen las gentes por todos los ámbitos del antiguo teatro de la guerra; que se acerquen al campamento revolucionario, y depositen allí las viejas espadas; que se desciñan las mohosas armaduras y se vistan la nueva librea y pidan puesto en las filas, diciendo: Venimos aquí, abandonando nuestra bandera, a militar bajo la vuestra; aceptamos vuestra organización, vuestras leyes, vuestras conquistas; formamos en el ala de uno de los cuerpos de vuestro ejército; pero advertimos noblemente una cosa: que toda esta aceptación de banderas, de leyes, de organización y hasta de uniforme y de armas, es provisional, circunstancial, porque nuestro propósito es apoderarse de los parques y de los fuertes y de la dirección, y formar el Estado mayor para acabar con vosotros y con vuestras leyes y con vuestra organización, no respetando más que los parques y los fuertes y el territorio, porque no son vuestros.

¿Y creéis, señores, que ante tales manifestaciones acabará allí la táctica del fraude piadoso con una carcajada de los adversarios, o con un copo de las sencillas fuerzas que pasan a ingresar en su ejército, o con un motín y un combate a la entrada del campamento enemigo? Pues nada de eso; los adversarios se sonríen, se dan por enterados de la segunda intención y del dolo y del fraude piadosos, y, lejos de enojarse ni preparar las armas para el combate, abren los brazos, agasajan a la futura ala derecha, y hasta los cuerpos más terroristas aplauden el espíritu amplio, la política abierta y patriótica de las nuevas huestes (Risas).

¿No es verdad, señores, que todo esto es admirable, estupendo y prodigioso? Van a engañar piadosamente, pero a engañar; lo anuncian, lo repiten en el momento del ingreso; y los que van a ser engañados, los que serán vencidos y vendidos en su día, celebran con luminarias y regocijo la derrota futura, que se ha introducido como una sierpe en su seno.

El ánimo, sobrecogido de sorpresa ante tan inauditos contrastes, se pregunta lleno de zozobra: pero ¿quién engaña a quién? O los nuevos tácticos engañan a los que no quieren ceder ni continuar con la estrategia de la defensiva perpetua, sino apercibirse para el asalto de las fortalezas enemigas y aplastar a la fuerza con la fuerza, –o los enemigos complacientes y solícitos, que se hinchan de júbilo con el refuerzo engañoso, engañan a los nuevos tácticos que se lo proporcionan, –o son los nuevos tácticos los que se engañan a sí mismos, creyendo engañar a los demás, y hasta pensando prestar un servicio a la buena causa, aunque sea por ministerio de un fraude piadoso.

No caben más extremos, no es posible lo que los dialécticos llaman la retorsión en este trilema, porque no hay términos medios entre los miembros de la disyuntiva. No se puede aceptar el primer extremo y creer que los nuevos tácticos quieren engañar pérfidamente a los católicos intransigentes y resueltos, siquiera por razones de caridad y porque no se puede dudar de los ingenuos propósitos de algunos santos varones; no se puede aceptar el segundo y suponer que tenemos por enemigos a sencillas codornices, porque esto es ignorar absolutamente la psicología y la historia de nuestros adversarios; luego hay que aceptar el último extremo y creer que no hay otros engañados que esa pía legión de Macabeos incruentos (Grandes risas y frenéticos aplausos).

Pero esa táctica, que ni es defensiva ni ofensiva, ni siquiera inofensiva… (Nuevas risas), porque es útil para los adversarios y dañosa para los que no lo son, tiene además el inconveniente de que es mala y no es nueva y por ensayar, pues hace siglos que ha sido pasada por el tamiz de la experiencia; es la táctica mozárabe y muladí de los que se resignaron a vivir y a mezclarse con los dominadores musulmanes, acatando las instituciones y entrando en la legalidad sarracena, y no empleando otros medios que los pacíficos y legales que ella autorizaba, con lo que consiguieron ser sepultados por las olas sucesivas de la barbarie africana que atravesaron, rugiendo, el Estrecho, o esperar a que los rescataran los intransigentes de las montañas, los que no acataron las instituciones enemigas, ni entraron en su legalidad, ni se resignaron a la estrategia de la defensa, sino que tomaron resueltamente la ofensiva y restauraron esta patria de que nos enorgullecemos, que a la táctica ofensa se debe y que, por no saber seguirla e imitar la de los mozárabes y la de los muladíes, vamos nosotros perdiendo (¡Bravo!, ¡bravo!).

Juan Vázquez de Mella

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