La Revolución Francesa desató su odio preternatural a las cosas sagradas extirpando de la sociedad cualquier vínculo de lo terreno con las realidades celestiales. Una de esas manifestaciones de odio a la Fe fue la imposición de un nuevo calendario que imposibilitaba la celebración del día del Señor al agrupar los días en décadas, anulando así la fiesta dominical.
Asimismo, el santoral fue abrogado y suplantado por la dedicación de los días a elementos de la naturaleza. En ese santoral inmanentista y blasfemo, la Natividad del Señor se sustituyó por el «día del perro».
Recientemente, el sitio de noticias de la Hermandad San Pio X en Francia publicaba un artículo titulado «Los hijos son reemplazados por los perros en España» en el que se volvía a insistir en el curioso caso de España y su devoción por los perros.
En esta adoración al perro se pueden descubrir los rasgos de una determinada teología que, al igual que en el caso de los revolucionarios franceses acaba en lo grotesco y ridículo poniendo de manifiesto que los enemigos de España no buscan sólo su ruina, expolio y sometimiento sino la humillación y el escarnio, del que participan con entusiasmo las propias víctimas de esa cruel venganza.
Dice la Torá, cuando los israelitas abandonaron Egipto tras la desolación de la plaga de los primogénitos: «Pero contra ninguno de los hijos de Israel, contra ningún hombre y ninguna bestia, ni siquiera ladrará un perro»;. La exégesis rabínica ve en ello un motivo para que el perro sea recompensado por no haber inquietado al pueblo elegido en su huida con el botín de Egipto.
En concreto, el perro es premiado con el trozo de carne de un animal que no haya sido sacrificado ritualmente o que se considere impuro y que se arroja al can sin posibilidad de dárselo al gentil, según Éxodo 22:30.
La literatura rabínica, que recoge también la tradición oral de los midrash (relatos que amplían el texto del Tanaj y profundizan en su interpretación con detalles narrativos adicionales o analizando aspectos legales) establece en un comentario del salmo 68 («…para que hundas tu pie en la sangre de tus enemigos y en ella tenga parte a lengua de los perros».) que cuando los israelitas cruzaron el Mar Rojo, tras la partición de las aguas que posteriormente engulleron al ejército del Faraón, el mar devolvió a la orilla los cadáveres de los egipcios : «Aquel día salvó Yahvé a Israel de mano de los egipcios; y vio Israel a los egipcios muertos a orillas del mar». (Éxodo 14:30 ) Según este relato midrásico cada israelita, acompañado por un perro se acercaba a los egipcios yacientes en la arena y pisándole el cuello decía al can: «Come de esta mano que me esclavizó, come de estas entrañas que no tuvieron compasión de mí». El perro, por tanto, es recompensado a costa de la desgracia de los perseguidores de Israel y colabora en el expolio del enemigo vencido.
España, como martillo de herejes y defensora de la pureza de la Fe, tomó medidas para combatir el criptojudaísmo, lo que le valió el odio eterno del mosaísmo. Pero, igual que el «pueblo elegido» no olvida a sus enemigos, tampoco olvida los favores prestados y sabe recompensarlos a costa del yaciente y exánime adversario. Con todo y ser el perro objeto de desprecio en otros pasajes del Tanaj y el Talmud, se le reconoce también el privilegio de que sus excrementos se usen para curtir las pieles de las que se confeccionarán los rollos de la Torá y los salmos. Dentro de esa dualidad del perro en la mentalidad judía, es curioso que muchos judíos ortodoxos manifiestan cinofobia porque asocian el perro con el «Holocausto» y el cariño que Hitler profesaba a su perra Blondi, al igual que otros nazis hacían con sus mascotas. El perro está, de hecho, tan íntimamente ligado a la industria del Holocausto que la imagen del pastor alemán ladrando a los prisioneros está ya instalada en la mentalidad colectiva. Tal es así, que incluso un fingido superviviente del Holocausto, Enric Marco, que fue presidente, antes de ser desenmascarado, de la asociación Amicale de Mauthausen, usó esta idea en el discurso con motivo del homenaje que se le tributó en el congreso de los diputados: «Cuando llegábamos a los campos de concentración en esos trenes infectos, para ganado, nos desnudaban, nos mordían sus perros, nos deslumbraban sus focos». Más reciente en nuestra memoria está el infame decreto de promulgación del estado de alarma por la plaga mesiánica y la insistencia de las autoridades en indultar a los perros, tal como lo recogió el «Diario de Salud Animal»: «El propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha resuelto la duda en relación a si se puede pasear al perro en esta nueva situación de estado de alarma. El Presidente ha querido referirse a esta cuestión en repetidas ocasiones durante el turno de preguntas de los periodistas en la comparecencia que ha realizado tras el Consejo de Ministros explicando las medidas del estado de alarma y confirmando que las personas que comparten el hogar con un perro sí pueden sacarlo a la calle». El confinamiento obligatorio («quédate en casa») era para los esclavos pero se volvía a recompensar a los perros. Volviendo al relato del Éxodo, recordemos que antes del exterminio de los primogénitos y en la institución de la Pascua judía, Moisés había insistido a los israelitas: «y nadie de vosotros salga de la puerta de su casa hasta la mañana» (Éxodo 12,22).
En el mundo musulmán el desprecio al perro es manifiesto. Hace varios años, se denunció en el Reino Unido, en el contexto de una creciente islamización, que los musulmanes habían pegado carteles en los parques de una ciudad advirtiendo a los demás ciudadanos que no se admitía la presencia de perros, dado que aquella era ahora una zona bajo su control. Abundando en esto, cualquiera puede reparar en que es muy extraño ver a una familia musulmana con un perro. Para terminar estas digresiones teológicas sobre el perro, queremos sugerir a los patriotas de la ultraderechita cobarde y sionista que, como parte de su denodado alegato por los valores occidentales y democráticos, blinden los derechos del perro, no vaya a ser que la islamización, además de acabar con las modas indecentes, la sexualidad degenerada y la diversidad familiar, acabe por excluir a los perros de su tan merecida recompensa a costa de la ruina de España.
José María Morcillo, Círculo Tradicionalista Enrique Gil Robles
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