Hay en la historia de la Iglesia un contraste que no puede pasar desapercibido para quien estudia sus procesos de canonización. Durante siglos, la santidad fue reconocida con suma prudencia y rigor, tras siglos de culto, testimonios depurados y milagros probados. Salvo honrosas excepciones: San Pedro Mártir de Verona, asesinado por herejes cátaros en 1252, fue canonizado en 1253, solo 11 meses después de su muerte, por Inocencio IV (fue el proceso más rápido de la Edad Media); la razón: un martirio público, incontestable, con milagros reportados inmediatamente. Tenemos también como excepciónes a S. Francisco de Asís (1226), canonizado en 1228, apenas dos años tras su muerte, por Gregorio IX. En este caso, su fama de santidad era abrumadora, había miles de testimonios y milagros inmediatos en su tumba. Santa Clara de Asís (1253): canonizada en 1255, a los dos años de su muerte, por Alejandro IV, también con fama de santidad inmediata y extendida; san Antonio de Padua (1231), canonizado en 1232, solo un año después de su muerte, por Gregorio IX. La devoción popular fue inmensa, con milagros muy pronto: o S Luis Gonzaga (1591): murió a los 23 años, canonizado en 1726 (aquí no fue tan rápido, pero es ejemplo de canonización de un joven laico, aunque con fama de pureza heroica). O más recientes: santa Teresa de Lisieux (1897): beatificada en 1923 y canonizada en 1925, menos de 30 años tras su muerte. La razón fue el aluvión de cartas y testimonios de favores obtenidos por su intercesión, junto con su autobiografía Historia de un alma, que despertó una devoción mundial.
Hoy, sin embargo, asistimos a canonizaciones veloces sin ninguna de las características anteriores, a menudo envueltas en un aire mediático, con figuras promovidas como símbolos pastorales más que como fruto de una aclamación multisecular del pueblo de Dios. Así que comparemos tres canonizaciones y un proceso, que nos darán una visón del cambio de paradigma: la canonización de San Hermenegildo y San Fernando III el Santo con la situación bloqueada de Antonio Molle Lazo, mártir de la persecución religiosa en España, y la canonización reciente de Carlo Acutis, adolescente italiano fallecido en 2006. Se ha pasado del rigor preconciliar a una cierta mercadotecnia postconciliar. Y la cuestión de fondo es seria: si las canonizaciones son actos infalibles de la Iglesia, ¿qué sucede con la credibilidad de los fieles cuando los procesos parecen más responder a estrategias que a la prudencia tradicional?
La historia ofrece primero el ejemplo de San Hermenegildo, príncipe visigodo muerto en el año 585. Su padre, el rey Leovigildo, era arriano; Hermenegildo, convertido al catolicismo, resistió la presión para volver a la herejía. La Pascua de aquel año, encarcelado en Sevilla, rechazó recibir la comunión de un obispo arriano. Fue ejecutado por ello. San Gregorio Magno lo ensalzó como mártir verdadero: «Despreciando la vida temporal por la gloria eterna, alcanzó el reino de los cielos» (Diálogos, III,31). Es cierto que Hermenegildo había tomado las armas contra su padre, que el trasfondo era una guerra civil política y… ¡religiosa! Pero la Iglesia discernió que el motivo de su muerte fue inequívocamente odium fidei: murió porque se negó a traicionar la Fe católica. Canonizado en 1585 por Sixto V, su culto era ya multisecular. La Iglesia no temió proclamar santo a un combatiente de guerra civil, porque su muerte fue confesión de Fe.
Algo semejante ocurrió con S. Fernando III de Castilla y León (1199–1252). Rey guerrero, conquistador de Córdoba, Jaén y Sevilla (y de Baeza), hombre de armas que pasó la vida en la Reconquista. Y sin embargo fue canonizado en 1671 por Clemente X, exaltado como modelo de monarca santo. El proceso fue riguroso: se examinó su vida de piedad, su justicia como gobernante, su humildad y devoción a la Virgen. Se aportaron milagros atribuidos a su intercesión, y se constató el culto constante a su tumba en la catedral de Sevilla. La bula de canonización lo define como «rey justísimo, defensor de la Iglesia, dechado de virtud cristiana». Nadie ignoraba que había «eliminado infieles» en la guerra, porque eso no contradecía, sino que reforzaba su santidad, pues defendía la Fe con la espada en una guerra considerada justa. Fernando III murió en su cama, no mártir, pero su vida fue presentada como santidad en grado heroico, en el trono y… ¡en la guerra! No habría hoy, con criterios postconciliares, posibilidad alguna de canonizar a un «reconquistador», y sin embargo fue elevado a los altares sin reparo.
Pasemos al siglo XX. Antonio Molle Lazo (1915–1936), joven requeté de Arcos de la Frontera, obrero humilde y militante carlista. El 10 de agosto de 1936 fue capturado en Peñaflor por milicianos del Frente Popular, defendiendo el convento de las Hermanitas de la Cruz. Quisieron obligarle a blasfemar, a gritar «muera la religión», «viva Rusia». Él respondió una y otra vez: «¡Viva Cristo Rey!». Entonces lo torturaron con ferocidad: le cortaron orejas, nariz, lengua, le arrancaron los ojos. Y Antonio, sangrando, seguía clamando: «¡Viva Cristo Rey!». Extendió sus brazos en cruz, cruzó sus piernas imitando a Cristo crucificado, y gritó por última vez con fuerza antes de ser fusilado: «¡Viva Cristo Rey!» (testimonio recogido en Antonio Molle Lazo, mártir de Dios y de España, Ramón Sarabia, Madrid 1940). Cayó muerto como un verdadero mártir. La reacción popular fue inmediata: sus restos fueron venerados en Jerez, circularon estampas con su imagen y oración, se escribieron biografías en 1940, se fundó la Junta de Cristo Rey para promover su causa. Durante décadas, Antonio fue tenido por «el mártir de Cristo Rey». Sus reliquias siguen siendo veneradas, su memoria se mantiene viva cada 10 de agosto, y se le atribuyen favores y curaciones. Cumple con creces los criterios clásicos: martirio claro in odium fidei, fama de santidad persistente, virtudes heroicas demostradas en el suplicio, posibles milagros. Sin embargo, su causa permanece paralizada desde hace más de 80 años. Incoada en 1940, retomada en 2007 por Mons. Juan del Río, no ha avanzado. ¿Por qué? Por razones extrínsecas: se alega prudencia política, se teme polémica por su condición de combatiente carlista. En definitiva, criterios ajenos a la teología del martirio bloquean su reconocimiento. Un mártir verdadero, en la tradición de Hermenegildo, olvidado por la Iglesia de hoy.
El contraste se hace clamoroso con la canonización de Carlo Acutis (1991–2006). Adolescente italiano, falleció de leucemia a los 15 años. Pío, devoto de la Eucaristía, creó con ayuda de su madre una página web sobre milagros eucarísticos. Murió ofreciendo sus sufrimientos a Dios. Beatificado en 2020, canonizado en 2025 tras el reconocimiento de dos milagros. La Iglesia lo presenta como «el influencer de Dios», patrono de Internet. Pero aquí surgen las dudas. Algunos testimonios cercanos a Carlo admitieron que «era un chico normal, jugaba a la Play, iba al colegio, nadie diría que era un místico» (entrevista a compañeros de escuela en Corriere della Sera, 2020). Incluso amigos de adolescencia no sabían que era especialmente religioso, lo cual pone en cuestión si su virtud fue notoria y heroica en grado eminente. El proceso fue rapidísimo: apenas 14 años tras su muerte, algo que contrasta con los siglos de espera para Fernando III o Hermenegildo, y más contraste con las devociones y milagros de los más arriba citados. El teólogo Giovanni Salmeri lo señaló en Il Riformista (2025): «¿No se explica esta canonización más en términos de política eclesiástica que como genuina invitación a la santidad?» (Salmeri, Il Riformista, 16 junio 2025). Se percibe un marketing evidente: transmisión 24h de su tumba en YouTube, difusión global de su imagen como «santo en vaqueros y zapatillas», promoción intensiva en pastoral juvenil. Todo válido como catequesis, pero, ¿es criterio suficiente de canonización?
La diferencia es clara. Antes del Concilio Vaticano II, las canonizaciones eran pocas, lentas, rigurosas. Se exigía culto multisecular, milagros incontestables, fama sólida de santidad. Benedicto XIV en el siglo XVIII pedía certeza moral probada, y Urbano VIII había prohibido cualquier culto público hasta que la Santa Sede lo aprobase tras investigación larga. Hoy, en cambio, se multiplican canonizaciones en pocos años, con criterios más flexibles. Pío XII todavía insistía en que había que obrar con máxima prudencia, porque la canonización es un acto infalible de la Iglesia (Allocutio, 1954). Pero desde Juan Pablo II la normativa de 1983 redujo requisitos, eliminó al «abogado del diablo», simplificó procesos. Resultado: se canonizan figuras recientes, pastorales, a menudo mediáticas. Carlo Acutis es el emblema: joven, simpático, fácilmente «vendible» a la juventud digital. Mientras tanto, un mártir auténtico como Antonio Molle Lazo, cuya sangre clama desde 1936, espera.
La pregunta final es inevitable: ¿qué credibilidad tienen las canonizaciones si parecen responder a marketing más que a criterios perennes? Benedicto XIV enseñaba que la infalibilidad de las canonizaciones exige procedimientos rigurosos (¡exige!), para que los fieles puedan confiar sin duda en la propuesta de la Iglesia (De servorum Dei beatificatione, IV, cap. 2). Si los procesos se perciben como parciales o apresurados, esa confianza se erosiona. Nadie duda de que Carlo Acutis esté en el cielo, pero muchos se preguntan si su canonización exprés no ha sido un uso pastoral de la santidad. En cambio, Antonio Molle Lazo, cuyo martirio cumple al pie de la letra los criterios tradicionales, no ha sido reconocido por motivos extra-teológicos. La paradoja es dolorosa: la Iglesia canonizó sin miedo a un rey que eliminaba infieles, a un príncipe en guerra civil religiosa, y sin embargo hoy rehúye proclamar mártir a un joven que murió gritando «¡Viva Cristo Rey!». Mientras tanto, se apresura a canonizar a un adolescente cuya heroicidad es más discutida y cuya fama de santidad es fruto de una inversión en medios de comunicación.
En conclusión, este contraste revela un cambio profundo. La Iglesia preconciliar reconocía santos tras siglos de culto, con pruebas sólidas o con una devoción y milagros incontestables sin atender a lo que resultase políticamente correcto. La Iglesia postconciliar, en cambio, parece elegir perfiles «seguros», mediáticos, fácilmente integrables en la cultura actual. Es legítimo canonizar a Carlo Acutis; lo que no es legítimo es dejar de lado a Antonio Molle Lazo. Porque la santidad no se mide por marketing, sino por la Cruz. Y Antonio, con los brazos extendidos en forma de cruz, es quizá el testimonio más radical y verdadero que la España del siglo XX ofreció a Cristo Rey. Si se quiere recuperar la credibilidad de las canonizaciones, no basta con santos mediáticos: hay que honrar también a los mártires incómodos, como la Iglesia siempre lo hizo. Solo así la canonización seguirá siendo lo que siempre fue: un acto solemne de verdad y de justicia, no una estrategia pastoral pasajera.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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