El Siglo de Oro español constituye una de las cumbres de la cultura universal: la gran síntesis de una España católica que, tras Trento, desplegó su genio en la literatura, las artes, la mística y la política. En esa época se unieron la fe, la lengua y el Imperio, dando frutos inmortales. Precisamente por ello, el Siglo de Oro se ha convertido en objetivo predilecto de los enemigos de España y de la Iglesia Católica, que ven en él la memoria viva de una christianitas minor: un mundo que resiste como testimonio de la Cristiandad encarnada en pueblos, obras y santos.
En ese contexto, Miguel de Cervantes ocupa un lugar central. No solo por haber escrito el Quijote, obra fundacional de la modernidad literaria, sino también por haber encarnado en su vida —soldado en Lepanto, cautivo en Argel, cristiano sincero— la experiencia histórica de su tiempo. Manipular a Cervantes es manipular a España y al Siglo de Oro. De ahí que, en las últimas décadas, ciertas corrientes críticas hayan querido ver en él una supuesta «sospecha inconfesable», insinuación sin base documental ni filológica, pero útil para socavar la memoria católica e hispánica.
Veremos cómo esta sospecha contradice la vida y obra de Cervantes, cómo se inserta en una corriente ideológica que amenaza también a la infancia, y cómo otros grandes personajes han sido sometidos a manipulación semejante.
La tradición crítica seria —desde Menéndez Pelayo y Américo Castro hasta Astrana Marín y Jean Canavaggio— nunca sugirió tal hipótesis. La sospecha nace en corrientes críticas recientes, vinculadas a la hermenéutica postestructuralista y a la ideología «queer». Como señaló Antonio Rey Hazas, «se proyectan categorías contemporáneas que no existían en la España del Siglo de Oro y se desfigura tanto al autor como a su obra» (Rey Hazas, Estudios Cervantinos, 2003).
Entre los divulgadores españoles que han coqueteado con esta lectura figuran Alberto Mira, autor de De Sodoma a Chueca (Egales, 2004), donde intenta rastrear una genealogía de sensibilidades «no normativas» en la cultura española, llegando a mencionar el Siglo de Oro. También en suplementos culturales y revistas universitarias se han difundido artículos que sugieren que Cervantes habría compartido esas inclinaciones, aunque jamás se aporte documento alguno.
Cervantes tuvo relaciones amorosas con mujeres, como Ana Franca de Rojas, madre de su hija Isabel de Saavedra. Ningún documento judicial ni inquisitorial lo acusa de conductas ilícitas en este terreno. Jean Canavaggio subraya que «la imagen de Cervantes que nos ofrecen los archivos es la de un hombre común, enredado en deudas y pleitos, pero en ningún caso la de alguien señalado por inclinaciones sexuales ilícitas» (Cervantes, en busca del perfil perdido, 1997).
La crítica interesada ha querido ver en personajes como don Quijote o Basilio supuestos «indicios velados». Sin embargo, la exaltación de la amistad viril era un tópico literario heredado de la Antigüedad (Cicerón, Séneca) y común en el Renacimiento. Aurora Egido advierte: «Confundir los códigos de la amistad renacentista con categorías sexuales actuales es un error metodológico grave» (Los códigos de la amistad en Cervantes, 2010).
Por el contrario, la obra cervantina exalta reiteradamente a la mujer como ideal poético: Dulcinea, la campesina idealizada que se convierte en símbolo de la pureza; Marcela, la pastora que defiende su libertad frente al amor no correspondido; Leandra, cuya belleza desencadena disputas amorosas; o Zoraida, la mora que, en Los baños de Argel, deja patria y religión por seguir la llamada de la fe cristiana.
Estos personajes dialogan con otras grandes figuras femeninas del Siglo de Oro: Laurencia en Fuenteovejuna de Lope de Vega, que se erige en voz del pueblo frente al abuso del Comendador; Finea en La dama boba, ejemplo de transformación por el amor; Rosaura en La vida es sueño de Calderón, que desafía el disfraz y la injusticia buscando su honor; o la Madre en El burlador de Sevilla de Tirso, que representa la voz moral que advierte de la justicia divina.
En la poesía, Garcilaso de la Vega inmortalizó a Isabel Freire en sonetos que se han convertido en paradigma del amor petrarquista; Góngora exaltó a Galatea y Polifemo en clave mitológica; y Quevedo dedicó sus mejores versos a Lisi, símbolo de un amor que trasciende lo efímero.
Este conjunto de modelos muestra que el Siglo de Oro, lejos de ignorar o marginalizar a la mujer, le otorgó un protagonismo literario, moral y simbólico sin parangón en otras tradiciones contemporáneas.
Junto a las figuras femeninas, el Siglo de Oro exaltó modelos caballerescos de servicio, honor y fe. Estos arquetipos responden a una visión cristiana del hombre y de la sociedad.
En la obra de Cervantes, el más evidente es D. Quijote, quien, aunque parodia de los libros de caballerías, se convierte en símbolo eterno de la fidelidad a un ideal superior al propio interés. También destacan el capitán cautivo de la primera parte del Quijote, paradigma de constancia en la fe y en el deber militar, o Ruy Pérez de Viedma en La ilustre fregona, ejemplo de nobleza y entrega al servicio.
En el teatro, Lope de Vega presenta en Fuenteovejuna al Maestre de Calatrava y sus hombres, depositarios del ideal caballeresco aunque en conflicto con la justicia. Calderón de la Barca eleva este modelo en El alcalde de Zalamea, donde el capitán don Álvaro representa el contraste entre el honor militar y la justicia civil. En La devoción de la cruz, el protagonista Eusebio encarna el drama del caballero que encuentra redención bajo el signo del madero.
Asimismo, en El burlador de Sevilla de Tirso de Molina aparece don Gonzalo de Ulloa, cuya defensa del honor y la justicia le convierte en figura ejemplar frente al libertinaje de don Juan.
En la poesía épica, Ercilla con La Araucana presenta al caballero cristiano que reconoce incluso la nobleza de sus enemigos; y Juan Rufo, en La Austriada, exalta a don Juan de Austria como héroe caballeresco en Lepanto.
Todos ellos muestran que la masculinidad literaria de la época se definía por la virtud y el servicio, no por la «sospecha» que se quiere proyectar anacrónicamente.
Para comprender la raíz de la manipulación cervantina es necesario detenerse en la corriente filosófica que ha servido de matriz a tantas lecturas interesadas: el postestructuralismo. Surgido en Francia en los años sesenta como reacción al estructuralismo lingüístico y antropológico, parte de la desconfianza hacia toda verdad estable y hacia la posibilidad de un sentido objetivo. De ahí que sus pensadores se empeñaran en demostrar que lo que llamamos realidad, identidad o historia no son sino construcciones inestables y cambiantes, sometidas a la interpretación ilimitada. Roland Barthes proclamó en su célebre ensayo La muerte del autor (1968) que «el nacimiento del lector debe pagarse con la muerte del autor». Con esta fórmula lapidaria anunciaba que la intención del escritor carecía ya de relevancia y que lo único decisivo era la lectura que cada intérprete quisiera imponer. Michel Foucault, en La arqueología del saber (1969), llevó la sospecha más lejos al afirmar que «no hay, pues, un afuera del discurso» (Siglo XXI, 2002), negando así que exista una realidad objetiva fuera de las tramas lingüísticas y de poder. Y en La voluntad de saber (1976), primer volumen de La historia de la sexualidad, defendió que las categorías modernas de identidad afectiva solo aparecieron en el siglo XIX, lo que paradójicamente ha sido utilizado por ciertos críticos contemporáneos para proyectar silencios significativos en épocas anteriores, como si la falta de documentos en torno a Cervantes fuese precisamente prueba de una inclinación reprimida. A su vez, Jacques Derrida, en su teoría de la différance, expuesta desde 1968 y recogida en Márgenes de la filosofía, sostuvo que todo significado se aplaza indefinidamente y nunca se cierra en una verdad estable, lo que permite descubrir en los textos sentidos contradictorios, ocultos o inverificables.
De este entramado teórico nace la manipulación de Cervantes. Una hermenéutica que niega la intención del autor, que sospecha de toda certeza documental y que considera que el silencio o la ambigüedad son más elocuentes que la evidencia, está predispuesta a fabricar un Cervantes apócrifo en el que se proyectan deseos contemporáneos. Como ha advertido Juan Manuel de Prada en otro contexto, «tengo un concepto bastante negativo de los estudios superiores. Estos son una de las mayores lacras que padecen las sociedades contemporáneas» (Le Miau Noir, entrevista, 2021), señalando cómo la crítica universitaria se convierte muchas veces en laboratorio de ficciones que sustituyen a la verdad histórica.
Del postestructuralismo se desprende la ideología «queer», que no es sino su aplicación al campo del sexo y del género. Judith Butler, en Gender Trouble (1990), sostuvo que el género no es una esencia, ni una naturaleza, sino una «performance» social, una representación repetida que puede cambiarse a voluntad. Si el postestructuralismo había destruido la idea de autor y de verdad histórica, la ideología «queer» destruye la idea de hombre y mujer, de identidad estable y de continuidad natural. Esta concepción se ha convertido en la herramienta con la que reinterpretar la literatura y la historia, buscando en ellas sujetos «fluidos» que nunca existieron y proyectando sobre los autores clásicos categorías inventadas en el siglo XX.
No sorprende que críticos como Alberto Mira, en su libro De Sodoma a Chueca (2004), intenten inscribir a Cervantes en una genealogía de sensibilidades supuestamente «no normativas», rastreando en su obra «indicios» que no son más que los tópicos de amistad viril, ironía literaria y exaltación del honor propios de su tiempo. Reducir a Cervantes a un símbolo «queer» equivale a despojarlo de su identidad histórica y cristiana, convirtiéndolo en bandera de una ideología que le es absolutamente ajena.
Foucault firmó en 1977 manifiestos en Francia pidiendo la despenalización de las relaciones con menores (Le Monde, 23 de enero de 1977). Derrida relativizó la familia y la madurez. Butler inspira programas educativos que introducen a los niños en identidades fluidas y experimentación precoz.
Juan Manuel de Prada lo ha denunciado: «Vivimos en una sociedad que ha declarado la guerra a la infancia, robándole su inocencia con una despiadada programación de estímulos y consignas ideológicas» (ABC, 25 de septiembre de 2016).
Las relaciones amorosas de Cervantes se reducen, en lo que la documentación permite afirmar con certeza, a su vínculo con Ana Franca de Rojas, mujer casada con la que tuvo a su hija, reconocida legalmente, y a su matrimonio posterior con Catalina de Salazar y Palacios, unión más social que pasional y sin descendencia. Existen testimonios de vecinas en pleitos sevillanos que lo acusaban de hospedar «mujeres de mal vivir», pero los cervantistas coinciden en que se trató de habladurías, propias de la maledicencia popular, sin valor probatorio. También es verosímil que en su juventud tuviera devaneos amorosos ocasionales, como era común en un soldado y viajero, pero nada en su biografía avala la insinuación de inclinaciones inconfesables. Su vida transcurrió, en realidad, en el ámbito familiar, rodeado de su madre, hermanas, hija y sobrinas.
Este mecanismo de manipulación, que inventa lo que no aparece en los documentos, no se ha aplicado solo a Cervantes. Lo mismo ha sucedido con otros grandes nombres del Siglo de Oro y de la tradición española. Lope de Vega ha sido reducido por algunos críticos a mero libertino o protofeminista, olvidando su profunda religiosidad y su conversión final. San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús han sido interpretados en clave de «mística erótica», despojando sus escritos del sentido teológico que los anima y rebajándolos a sensualidad disfrazada. Quevedo ha sido presentado como satírico irreverente, silenciando sus tratados morales y religiosos; Góngora, como poeta marginal y «contestatario», cuando fue sacerdote integrado en la cosmovisión católica de su tiempo; Garcilaso, como poeta romántico moderno, ignorando su condición de soldado al servicio de Carlos V. En todos estos casos, las ideologías contemporáneas ha querido arrancar a los autores de su contexto, despojarlos de su identidad cristiana y española y convertirlos en iconos maleables al servicio de agendas actuales.
Reivindicar al Cervantes real —cristiano, soldado en Lepanto, cautivo en Argel, autor del Quijote— es también un acto de defensa de la verdad frente a una corriente que, al reinterpretar el pasado, erosiona el presente y el futuro, y que ha intentado manipular igualmente a otros gigantes del Siglo de Oro, de Teresa de Jesús a Lope de Vega, de Quevedo a Garcilaso. La defensa de Cervantes es, pues, defensa de España, de la Iglesia y de la christianitas minor que todavía late en la tradición hispánica.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
Deje el primer comentario