La tesis antieuropea de Elías de Tejada suscita siempre incomodidad entre los defensores de doctrinas conservadoras, identitarias u otras que suelen vestirse con ropajes aparentemente tradicionales. Es por ello que pueden llegar a considerarla una excentricidad del pensador madrileño, pese a constituir una constante en el pensamiento tradicional. Como tesis polémica, bien puede prestarse a un cierto malentendido, como aquel que ponía de manifiesto Pemán al afirmar que Europa no podía entenderse como algo antitético a la Cristiandad, pues Europa también eran las catedrales góticas, Santo Tomas o el Dante. Pero Europa, más allá de su sentido puramente geográfico, no es más que un mito del liberalismo y sus derivados ideológicos. La finalidad del mito es, en buena medida, señalar el supuesto atraso de España, y con ello, la idea de que España es el problema y Europa la solución, según la fórmula conocida de Ortega y Gasset. Europa significa en este contexto la modernidad en sentido axiológico, el Renacimiento en su vertiente paganizante, inmanentista, naturalista y luterana, así como la Ilustración en su sentido revolucionario, laicista y liberal. Ese Renacimiento y esa Ilustración que justamente no hubo en España, como afirma quejosamente Ortega. No es extraño que Rafael Gambra dijera que Ortega era «la mejor piedra de toque para distinguir a los dos bandos que desde hace más de un siglo contienden en nuestra patria, este país espiritualmente en guerra» (“La polémica de Ortega, como símbolo”, 1959). Lo es precisamente por su significación europeísta. Y tampoco es extraño, por tanto, que todo el pensamiento tradicional español del s. XX, junto a Elías de Tejada, fuera antieuropeo o antieuropeísta.
Pero el pensamiento de Ortega tiene sus antecedentes, entre los que se cuentan claramente el krausismo y el regeneracionismo de Joaquín Costa, del mismo modo que la tesis antieuropea de Elías de Tejada tiene sus antecedentes en el carlismo del s. XIX que reacciona contra ambos movimientos de inspiración germana y europea. Hasta entonces, el pensamiento tradicional combatía contra la herejía, la Revolución o el liberalismo, que siempre venían de fuera, pero quizá no tanto explícitamente contra Europa, que casi nada significaba. A partir de la construcción del mito liberal de Europa, el pensamiento tradicional será explícitamente antieuropeo, porque en ese mito estaban envueltas, en definitiva, la herejía, la Revolución y el liberalismo. Un ejemplo de esta tesis antieuropea explícita lo encontramos en Enrique Gil y Robles, polemizando con Joaquín Costa a propósito de Oligarquía y caciquismo (1901), escrito sobre el que emitirá su Informe ese mismo año a petición del Ateneo de Madrid.
Costa comienza su escrito señalando el problema que España ha tenido para desarraigar «el régimen de la monarquía absoluta» durante todo el s. XIX. «En Europa desapareció hace ya mucho tiempo: si algún rastro queda aquí o allá, es un mero accidente», mientras que España todavía no habría conseguido deshacerse del «degradante yugo» del feudalismo. Esto es lo que, según Costa, separaba a España de los «pueblos libres y propiamente europeos». Y serían esos restos feudales los que habrían dado lugar a una forma de gobierno oligárquica y caciquil, bajo la mera apariencia de sistema parlamentario al modo europeo. Pero «no es la forma de gobierno en España la misma que impera en Europa», escribe el autor regeneracionista. Siguiendo la estela de sus maestros krausistas, añade: «nuestro atraso en este respecto no es menos que en ciencia y cultura, que en industria, que en agricultura, que en milicia, que en Administración pública». Así pues, para el pensador liberal, el diagnóstico fundamental de los males de España, sin entrar en más detalles de la disputa, es esencialmente su «atraso» respecto a Europa. España representa el medievo, el feudalismo, la monarquía absoluta y sus restos en forma de oligarquía y caciquismo como herencias de ese pasado medieval que la Revolución no ha podido borrar. La medicina para esos males es, según Joaquín Costa, «un régimen europeo de libertad», gracias al cual se logre verdaderamente el «gobierno del país por el país».
Enrique Gil y Robles comienza por discrepar en el diagnóstico, y con la misma analogía médica señala que la enfermedad real es el virus liberal, mientras que la manifestación oligárquico burguesa es únicamente el síntoma. Y este síntoma, en nada se parece al feudalismo sino en lo accidental y externo, siendo además característico de todos los países donde impera la democracia liberal y no sólo de España. En su contexto, el feudalismo fue el único sistema posible de «autoridad y libertad, de organicismo social, de concejil autonomía, de gobierno representativo, de patria, en una palabra». Y se sorprende Gil Robles de que hombres doctos lo comparen con la burguesía oligárquica o burguesocracia ,que es la «obra de la Revolución francesa, y por lo tanto, la consecuencia y expresión naturales del liberalismo». Para el pensador carlista, se trata de la penúltima fase revolucionaria, precedente al advenimiento del socialismo. Esta oligarquía –de los peores, como reconoce Costa– es para Gil Robles la peor tiranía, pues se disfraza de filantropía, libertad y soberanía para oprimir al pueblo. La burguesía oligárquica del liberalismo es siempre «un tirano colectivo, anónimo e irresponsable que, para libertarse de los furores y asechanzas de las víctimas, hace creer a los oprimidos y esquilmados que son dueños de sí mismos y mandan en los demás, mientras él, oculto y tapado, maneja los resortes del retablo y mueve los muñecos soberanos». El tratamiento de la enfermedad que propone Gil y Robles es muy claro: «tónico regenerativo de sobrenaturalismo católico» y «extirpación radical del ya tan extendido e interno cáncer parlamentario» hasta la recuperación de la salud bajo la «monarquía templada y el verdadero, cristiano y libre gobierno representativo», pasando por la cura dolorosa de un «poder personal absoluto» (de la «realeza legítima») como transición necesaria. Se trata, por tanto, de la cura y regeneración que viene de la más pura tradición española, frente a los falsos remedios que vienen de fuera. Y es aquí donde Enrique Gil y Robles anticipa de manera contundente las tesis antieuropeas del pensamiento tradicional del s. XX.
Mientras Costa sostiene que la regeneración de España consiste en europeizarla y desafricanizarla, el carlista salmantino ve con claridad que «nuestra africanización depende de nuestra europeización más corrosiva». El regeneracionista no acierta a señalar la enfermedad de España más que en sus aspectos externos y superficiales, lo cual hace imposible que ambos autores puedan coincidir en el tratamiento. En definitiva, el de Costa –escribe el propio Enrique Gil y Robles– «se sintetiza en una terapéutica de europeización; el mío en la constante, ardua y casi, en lo humano, imposible labor de deseuropeizar a toda prisa al enfermo».
Enrique Cuñado, Círculo Tradicionalista Enrique Gil y Robles
Deje el primer comentario