Como reflexión de Adviento, invitamos a leer el «Saluda del Capellán» que publicado en el número 14 de la revista juvenil «Pelayos». Su autor es don José Ramón García Gallardo (HSSPX), Capellán Real y Comendador de la Orden de la legitimidad proscrita.
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Mi querido Pelayo:
Al escribir estas líneas quiero tratar contigo un tema de urgente actualidad y alertarte de un peligro, al que tendrás que enfrentarte en esta vida. No quisiera que fueras una víctima más de este enemigo que a todos nos acecha y que nos hace un daño inconmensurable: la soledad.
Seguramente, como niño que eres, encuentres algunas partes de este texto difíciles de entender por varios motivos y situaciones que aún desconoces o por un léxico complejo. Pero deseo dejártelo escrito en estas líneas, hoy, porque cuando seas adulto seguramente yo no estaré ya, y no quisiera que te sientas solo. Así podré acompañarte más allá del tiempo, cuando te enfrentes con la soledad. «El que avisa no es traidor» dicen por ahí, y no quiero serlo yo. Y también: «hombre prevenido vale por dos» y quisiera que ese hombre fueras tú.
El diablo, el-que-divide, -en la etimología lleva su definición- utiliza muchas armas para la ruina del ser humano, corrompiendo íntimamente su naturaleza social y política[1], debilitándolo tanto física como espiritualmente. En cambio, el ideal, el anhelo más íntimo de Nuestro Señor se manifiesta abiertamente cuando le ruega al Padre que sus discípulos sean uno, como Tú y Yo somos uno[2]. Y nos lo reitera con énfasis San Pablo: Tratad de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que habéis sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida[3]. También San Pablo nos dice: Somos miembros los unos de los otros[4], conformando así la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, ¡sublime misterio!
El-que-divide, quiebra la comunión de las almas que profesamos cuando rezamos el Credo al decir: «Creo en la comunión de los santos». Las sociedades duran mientras tienen un alma que les anime; unas son efímeras, otras, perennes, unas temporales y una sola eterna: la Iglesia Católica. El alma muere cuando se ve privada de la vida de la gracia santificante, y el cuerpo sin el alma es un cadáver, se desintegra y cada elemento regresa a su origen, se ve reducido a polvo. Cuando no se practica la fe, la caridad no vivifica, se disgregan los miembros de toda sociedad entre sí y el mismo hombre queda disociado en múltiples esquizofrenias. Es trágica la incoherencia de aquel que «si no vive como piensa, termina pensando como vive». Disociados humana y espiritualmente, sin la sociedad humana y espiritual, somos arrastrados a la soledad.
Hoy vemos con terror como el enemigo del hombre ataca constantemente toda comunión, en la Iglesia, en las naciones, las sociedades, las familias y los individuos entre sí y por lógica natural, fatalmente, cada persona termina disociada en sí misma.
Deseo ponerte en guardia para que estés prevenido y no seas tú también una de las numerosas víctimas de el-que-divide sin tregua ni descanso. Propulsado por un odio inagotable, manipula maquiavélicamente con artilugios, estratagemas e intrigas. El padre de la mentira, homicida desde el inicio[5], eximio sofista, utiliza metódica y sistemáticamente la siniestra dinámica revolucionaria de la dialéctica, con la que descoyunta a cada miembro del organismo social, enfrentando a hombres contra mujeres, mujeres contra hombres, esposos entre sí, hijos contra padres; pobres y ricos, blancos y negros, nobles y villanos, patrones y obreros, campesinos y ciudadanos. En definitiva, todos contra todos, por lo cual no es de extrañar que se concretice aquello que nos advirtió Nuestro Señor: que todo reino dividido perecerá[6].
Para alcanzar sus objetivos disolventes, el-que-divide se sirve de la sensibilidad afeminada por el romanticismo, que pretende que te identifiques como «mártir» o víctima. La consecuencia natural será separarte del cuerpo social, ya que te incita a alejarte de la «sociedad malvada», la cual te hace malo, siendo tú «tan bueno» como eres. Así, trata de persuadirte el tristemente célebre Jean-Jacques Rousseau[7]. Ese discurso te lleva a la soledad por el camino de la victimización. El resultado es la perversión metódica y sistemática de la íntima e intrínseca naturaleza personal y social de los hombres, llevándolos paulatinamente a la soledad natural y espiritual creyendo que «el buey solo, bien se lame». ¡Triste victoria del solipsismo al que nos aboca esta perversa revolución! El hombre solo es un ángel o es una fiera; y en principio, tú, Pelayo, y yo, en nuestra condición humana no somos ni espíritus puros ni bichos raros.
Que el grito que Salomón nos dejó en la Sagrada Escritura nos sirva de alerta: Vae soli! (¡Ay del solo[8]!).
Pelayo, una voz se oye en los desiertos contemporáneos, pidiéndote que allanes montes, que rellenes barrancos y endereces senderos[9], porque hay mucho que restablecer, hay mucho que unir, para que se recupere el alma, se restaure la comunión y resucite la Cristiandad.
Soledad natural
El hombre no fue pensado por el Creador para estar solo, así lo afirma Dios cuando le dio a Adán una compañera semejante a él[10], porque no era bueno que el hombre estuviera solo. El día que naciste, tenías una especial necesidad de cuidados y protección. El vínculo indisoluble del matrimonio paterno te garantizó un crecimiento sano. Solos no podemos sobrevivir, y no me refiero únicamente a cuando eras un bebé; tal cosa no es posible tampoco de niño, ni de joven, ni, aunque lo pretendieras, cuando seas hombre ya adulto, ¡y ni hablar de cuando llegues a ser anciano!
No es bueno el espíritu que lleva al divorcio a los esposos. Desde el principio mismo de la historia de la humanidad sobre esta tierra, el Creador estableció la unión conyugal para que el primer hombre y la primera mujer sean una sola carne[11] en el matrimonio. No es el buen espíritu el que te desarraiga de tu familia, el que te aparta de tus hermanos y de los buenos amigos. Escuchen las conciencias cainitas contemporáneas el eco de la pregunta divina que cubre toda la historia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis: Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?[12]. Junto a Jacob, muchos padres siguen preguntando, ¿dónde está vuestro hermano José? Ayer como hoy cuántas son las víctimas de envidias inconfesables, que corroen y corrompen los corazones, llenándolos de rencores y venganzas, travestidas con sofismas de justicia y hasta disfrazadas de santa caridad.
El-que-divide te aleja, afectivamente primero y luego físicamente, de los tuyos, de tu familia, de tu pueblo, del lugar donde la Divina Providencia quiso darte tu existencia, para disolver tu persona y tu vida en el anonimato de las multitudes desarraigadas, donde solo te quedará un número de identidad digital. En ese reino del padre de la mentira ―el mero mero, el programador jefe―, se te proporcionan amistades virtuales, ficticias, incoadas en el seno de la civilización artificial en esta era digital, que funcionan como sucedáneos espurios y estériles, remedios envenenados y tramposos que conducen a la soledad, trampolín hacia otros abismos.
Legión son los niños que por diversas causas no tienen padres o carecen de hermanos. Hay otros que sí tienen padres, pero están muy ausentes y, a efectos prácticos, crecen en la orfandad, porque sus padres son negligentes a su deber de estado y se dejan acaparar por sus ocupaciones o permiten que las diversiones los absorban, y dejan a sus hijos abandonados a su suerte. No saben dónde ni con quien están sus hijos, que se han quedado solos, a merced de mil peligros, perdidos en el universo digital o viven empachando sus caprichos con placebos meramente materiales, sin responder a sus necesidades fundamentales, afectivas y espirituales.
Es deber y responsabilidad de los padres cuidar y vigilar las almas que Dios les ha confiado. A pesar de que muchos sí han sembrado buenas semillas en el corazón de sus hijos, en un descuido, arropado por las sombras de la noche, el enemigo no desaprovechará la ocasión de sembrar distintas y diversas clases de cizaña[13]. A posteriori no queda más que hacer desgastantes ejercicios de paciencia y tolerancia, porque si han faltado las medidas preventivas, poco y nada podrán hacer las paliativas. Es capital proteger la inocencia de los niños de esa siembra maléfica, porque lo esencial y grave del escándalo es que hace añicos el vértice del alma, atrofia existencias; muchas ilusiones y esperanzas se ahogan en lágrimas. ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo![14] Es de tal gravedad que el mismo Jesús se pronuncia a favor de la pena de muerte[15].
Otros niños tienen hermanos, pero se comportan como si no los tuvieran y buscan los sucedáneos ajenos al plan providencial de Dios, privilegiando los nexos sociales con ciertas amistades que inoculan y alimentan en sus corazones el fermento de la discordia. El enemigo los aleja de los que están realmente, los convierte en vecinos distantes y los lleva, con afectos y atenciones, junto a aquellos que están artificialmente, solo en apariencia. Son amistades mundanas que deberíamos llamar más bien complicidades mundanas, porque no están fundadas en la comunicación del bien, sino que actúan avalando los egoísmos; justificando demagógicamente los desvaríos y permitiendo cultivar los vicios más nefandos, esos niños crecen sin referentes al margen de toda corrección fraterna. Al aislarse de la comunidad doméstica, buscan modelos extranjeros, que con discursos demagógicos halagan sus oídos[16] y avalan sus desvaríos.
Muchos suelen darse cuenta de eso demasiado tarde, cuando todo lo bueno ya se ha perdido. El orgullo, el egoísmo y la sensualidad frustraron el plan sano, santo, noble y bello concebido desde toda la eternidad por el amor de Dios, porque el individualismo del yo exaltado, sobre todo y sobre todos, dijo non serviam, y se precipitó en el vacío de lo efímero, donde el yo se ahoga en el ego, en la trampa mortal de querer ser «yo, solo yo», y termina atomizado en el anonimato más triste, sin la identidad que Dios da y confirman los prójimos, fuera de ese tiempo, lugar y contexto en el que Dios proporcionó la existencia.
Aunque padezcas un presente abrumador, aunque de muchas maneras se empeñen en borrar la historia que te precede, es decir, de dónde vienes, las tradiciones que te dan identidad te ayudarán a intuir, a discernir, hacia dónde te lleva Dios; mirarás con fe el futuro y guardarás perspectivas esperanzadoras, más allá del tiempo, para la eternidad. Ten presente que no eres un meteorito caído al azar como consecuencia de un Big-Bang, sino que Quien te dio el ser, te ha dado una razón de ser, en su plan de amor, tiene pensado algo divino, que no humano. Lo sensato sería que pusiéramos nuestro libre arbitrio en diapasón con su divina voluntad, que abarca la historia en su conjunto. Ten presente que su sabiduría es infinita e incluye todos los aspectos. Ninguna circunstancia es fortuita, tampoco tus prójimos. Si queremos que todo salga bien, deberíamos esforzarnos en gravitar acatando y amando la Divina Voluntad en nuestra realidad personal y no en veleidades eventuales y utopías imaginarias.
Pelayo, ese entorno, esa historia que viene por la sangre y el espíritu de la familia, por los buenos amigos y tu pueblo con sus respectivas tradiciones, costumbres, maneras de sentir, amar y pensar, que integran y te unen a tus próximos, son dones que Dios te ha dado para que seas alguien y no un «don nadie». Serás uno más de los muchos enterradores de talentos, si te niegas a multiplicar aquello que Dios te otorgó[17], y si rechazas recibir con humildad y transmitir con lealtad a aquellos prójimos que la Providencia puso junto a tu existencia, esos tesoros que una miopía egoísta te puede impedir valorar. Los que son arrancados por el egoísmo de su sociedad natural viajan hacia la utopía arrastrados por las pasiones y el orgullo. No podemos llegar a medir el impacto deletéreo del desarraigo y la pérdida de identidad que derriba a muchos y hace sufrir lo indecible a los que están aún sanos, pues estos se ven obligados a sobrevivir en un mundo de enajenados, exiliados de la realidad, cautivos en los extensos dominios del príncipe de este mundo, ese extenso reino de la mentira, la civilización artificial. (Continuará).
P. José Ramón Ma. García Gallardo
[1] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 94, a. 2.
[2] Jn. XVII, 21.
[3] Ef. IV. 3-4
[4] Rom. XII, 5.
[5] Jn. VIII, 44.
[6] Mc. III, 24-25.
[7] J.J. Rousseau, Emilio, o de la educación.
[8] Ecc. IV, 10.
[9] Lc. III, 4-6.
[10] Gen. II, 18.
[11] Gen. II, 24.
[12] Gen IV-9.
[13] Mt. XIII, 25.
[14] Mt. XVIII, 7.
[15] Mc. IX, 42: Si alguien hace pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar.
[16] II Tim. IV. 3. Vendrán tiempos en que no soportarán la sana doctrina.
[17] Mt. XXV, 25-26.
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