Un año más celebramos este 2 de enero el glorioso día en que nuestros antepasados, capitaneados por los Reyes Católicos, terminaron por liberar para la Cristiandad la última porción de tierra peninsular que todavía seguía en manos de los infieles. El concurrente descubrimiento de nuevos mundos naturalmente atrajo con preferencia la atención de la Monarquía, debiéndose postergar la recuperación de los territorios sometidos al Sultanato mahometano al otro lado del Estrecho, meta final de la Reconquista tal como fue puntualmente consignado por Isabel La Católica en la redacción de su última voluntad.
Esta empresa inconclusa será, a su vez, debidamente recordada por el Rey Carlos VII en su Testamento Político firmado el Día de Reyes de 1897, con la dificultad añadida de tener que restaurarse previamente la Monarquía legítima, desplazada temporalmente del poder político por una Revolución anticrística que, encarnada por los nuevos infieles liberal-republicanos de toda índole, viene subyugándonos sin interrupción desde su instalación en 1833. Aquel gran Monarca, dirigiéndose a los católicos leales españoles, confirmaba en dicho documento los intangibles de la política internacional de la Monarquía Católica en estos términos (copiamos del Suplemento de El Correo Español de 24 de julio de 1909. El subrayado es nuestro):
«Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros, y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos, pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.
Nuestra Monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro programa.
Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q. e. g. e.) en 1868.
Planteados desde las alturas del poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden en brevísimo tiempo realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.
Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias, es decir, integridad, honor y grandeza; he aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.
Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que ésa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que ni sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.
Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales».
A esta restauración de la Potestad de derecho es a lo que, desde entonces, han dedicado sus vidas los católico-monárquicos, mereciendo mención especial una de las grandes personalidades del Realismo español de cuyo fallecimiento se ha cumplido el año pasado el medio siglo: Manuel Fal Conde, alma del carlismo granadino de los dos últimos tercios del pasado siglo a través de la formidable figura del Dr. Juan Bertos Ruiz, «su discípulo predilecto» (calificación de Manuel de Santa Cruz, en la página 182 del Tomo 26 de sus Apuntes). Bien podría afirmarse que cualquier granadino de la presente centuria que quisiera preciarse de carlista, no podría sino tener por padre político al Dr. Bertos y, en consecuencia, por abuelo político a D. Manuel Fal Conde. Importantísimas fueron las aportaciones de uno y otro, durante los últimos años de sus respectivas vidas, al objeto de inmunizar a quienes no tenían otra mira que la de perseverar coherentemente en la Causa frente a los desviadores cantos de sirena anticarlistas que sonaban alrededor, o bien con tonalidad socialista, o bien con modulación neointegrista.
A los pocos días de la celebración del llamado I Congreso de Arbonne a principios de diciembre de 1970, que sirvió de escenario para empezar a formalizar la descarriada «clarificación ideológica» que Don Carlos Hugo había ido inaugurando a lo largo de ese año, Antonio Garzón, Jefe javierista del Reino de Granada, solicitó al Príncipe de Asturias ser relevado del cargo. Será sustituido en febrero de 1971 por Guillermo García Pascual, más afín a la nueva línea política, la cual quedaría consumada en el II Congreso de Arbonne habido en la primera mitad de abril. Uno de los frutos de ésta en el terreno práctico, fue la inmediata pretensión de organizar el carlismo bajo la típica forma liberal de un partido político más mediante unas «Normas Provisionales de Régimen Interno del Partido Carlista» dictadas en octubre de ese mismo año.
En una carta –nunca suficientemente ponderada– de Fal Conde al antiguo Jefe javierista del Principado de Asturias, Rufino Menéndez, fechada el 5 de mayo de 1972, el ex Jefe Delegado del Rey Javier I anotaba una serie de ideas que ya habían sido brillantemente desarrolladas en el epistolario del Católico Monarca y de su fiel servidor durante la época en que hubieron de hacer frente al recién creado Decreto de Unificación a través del cual se intentó absorber a la comunión legitimista dentro del nuevo Partido franquista, ideas que ahora D. Manuel reiteraba en esta misiva ante la desnortada tentativa de D. Carlos Hugo de embutir nuevamente a los católico-monárquicos en una estructura de partido. Comenzaba aseverando el Duque de Quintillo (citamos de In memoriam. Manuel J. Fal Conde, Ana Marín Fidalgo y Manuel M. Burgueño, 2ª ed. 1980, pp. 118-119):
«La lealtad a la dinastía de un lado, y la fidelidad a los principios de otro, crean y mantienen un género de afección y de comunidad que con ningún nombre mejor se ha denominado que con el de Comunión.
El concepto de partido se le opone por estas razones:
Mientras el de Comunión significa una caracterización de la naturaleza social de españoles, el partido, en el inequívoco y universal entender, denota una segregación del carácter de español para representar una matización artificial o superpuesta.
Mientras en la Comunión, bajo la adhesión a la legitimidad real, caben no pocas diferencias en el pensamiento político de los carlistas, incluso en el ideario fundamental, habida cuenta de la diversidad regional o de clases, y con mayor razón caben esas diferencias, sin mengua de la comunidad esencial, en todo lo programático, en el partido, en cambio, se tiene o se adquiere una sola opinión.
Mientras la disciplina de la Comunión sólo puede cifrarse en la lealtad al Rey [y] en la aceptación de los principios ideales, en el partido se pueden pretender con mayor exigencia las formulaciones programáticas, tantas veces afectadas por la insinceridad para el proselitismo».
Una mentalidad antilegitimista desemboca directamente en una postura partidista, la cual a su vez favorecerá la invención de innúmeros pretextos que sirvan para consolidar aquélla. A este respecto, continúa señalando Fal Conde (ibid., p. 119):
«Quizás la diferencia más trascendental entre Comunión y partido es que el Rey puede equivocarse, y de hecho se equivoca, incluso en los mismos principios sustanciales. Pura insensatez y soberbia la de algunos que desposeen nada menos que de la legitimidad al Rey cuando pueden acusarle de algún más o menos grave desliz doctrinal. Antes al contrario, ése es el gran bien de lo dinástico: que los errores de cada titular se pueden corregir, como de hecho se han corregido a veces, en el transcurrir de la sucesión. Exactamente como los pueblos purgan las desviaciones de sus momentáneos extravíos –motines o revoluciones– en la sosegada renovación de generaciones.
Los partidos, en cambio, no admiten mínimo fallo en la conducta política de sus líderes. Ahí tenemos al amigo Blas Piñar, bramando furioso y con razón sobrada por las… emancipaciones africanas, y besando la mano donadora de procuras en Cortes del autor de esas… emancipaciones».
Y finalmente, concluye el prócer realista con estas aserciones (ibid., p. 120):
«En la afiliación hay una gran diferencia entre los conceptos que vengo distinguiendo: bajo el de Comunión, jamás hemos intentado, ni de haberlo pretendido se hubiera logrado, fijar los contornos. Por eso, ese verbo “censar” que ahora tanto se conjuga, es novísimo en nuestro léxico. […] militares, eclesiásticos, jueces y magistrados, que por reglamentos no pueden actuar en política, y tantos forzados por las tiranías de todos los tiempos, no son censables –éste es el verbo de moda–, pero sí comunicantes.
Esos contornos fijos se pueden tener en los organismos concretos que revisten forma de asociación, como los Círculos, y en ellos sí que se concibe la expulsión por falta de pago de cuotas, por embriaguez y escándalo, o por reyerta con el conserje. Y forma de partido revestíamos cuando la legislación imperante los autorizaba, incluso lo requería, para –la hipótesis legal– el ejercicio de los derechos políticos.
Este designio tenaz del período carlista, que llamará la Historia “de Arbonne”, sólo servirá para demostrar que somos muy pocos. También mi experiencia ha comprobado que el elemento humano del carlismo no se mide por números, sino por densidad. Aquellos seis mil requetés comprometidos por mí con Mola para alistarlos en Navarra en la primera semana, duplicados en el primer día…».
¿Acaso se podría aducir que todos estos asertos nacían de prejuicios propios de un antiguo «integrista»? Nada más lejos, y el mismo Fal Conde ya se encargó en su día de aclarar que su paso por el Partido Integrista fue meramente testimonial, ya que su ingreso en él se produciría en vísperas de la definitiva disolución y subsunción de dicha agrupación en las filas del legitimismo. En una entrevista publicada en el número de 17 de noviembre de 1968 de El Pensamiento Navarro, órgano oficial del Rey Javier, cuando el periodista inquiere: «Le voy a hacer ahora una pregunta que quizá no sea cómoda para usted contestar. ¿Es cierto que fue usted integrista?», contesta el prohombre carlista lo siguiente:
«Integrista, en el recto sentido de la auténtica integridad de ideas políticas –porque a lo religioso no voy a referirme–, fui y sigo siendo integrista-carlista; o, más claro: carlista íntegro.
En el sentido que peyorativamente se tilda de integristas a quienes se quiere motejar de presuntuosos y jactanciosos de pureza política, no lo soy. Mas el nudo de la cuestión está en que integridad política no es únicamente la del ideario ortodoxo –aparte accidentales discrepancias de pensamiento–, sino que, como esencia fundamental del credo carlista, nota inconfundible de su autenticidad y legitimidad histórica, está la fidelidad al principio Real, a la Dinastía Legítima.
Fui, dije, integrista-carlista significando que cuando di el primer paso en la acción política, concretamente en marzo de 1930, fue a consecuencia de la invitación de don Manuel Senante para suscribir el Manifiesto integrista que se lanzaba en la ocasión sumamente crítica de la caída de la Dictadura –traspiés enorme de Alfonso XIII–, y accedí a condición de que nos uniéramos los poquísimos carlistas y los integristas que había en Sevilla, todos amigos míos y colaboradores en mis propagandas católicas y sociales.
Aceptada la condición, a los dos días nos reunimos siete personas –tres integristas, dos carlistas y dos nuevos, yo entre ellos–. Al poco tiempo abrimos un centro en la calle de Cervantes, donde convocamos una asamblea de más de un centenar de representantes de las cuatro provincias en la que, planteada la cuestión dinástica, nos declaramos antidinásticos [i. e., antiisabelinos], menos dos jóvenes aristócratas que se retiraron. Todavía estaba en pie, siempre tambaleándose, la dinastía alfonsina.
Se me nombró Jefe Regional de Andalucía Occidental, separadamente pero de acuerdo, por Olazábal, por los integristas, y el Marqués de Villores, por Don Jaime.
Al año de República, se realizó en España la unión oficial de los partidos. Es una página limpia para la Historia política de España la carta de Olazábal al Rey, reintegrándose al tronco puro de la legitimidad monárquica la rama en hora infausta desgajada. Y fue en lo sucesivo “El Siglo [Futuro]”, y fueron sus seguidores, ejemplos magníficos de lealtad.
No hay integridad política en ninguna facción de ese carlismo mutilado y fraccionario que bulle y celebra asambleas superando las mutuas divergencias ideológicas ante el nexo común unitivo de la disidencia [respecto] del Rey. Si es que lo negativo puede alguna vez ser nexo o vínculo de cosa alguna santa y noble».
El último párrafo de la respuesta alude a aquellas reuniones que empezaron a efectuarse en los años sesenta entre distintos grupos que se habían ido escindiendo de la comunión católico-monárquica desde los tiempos de Alfonso Carlos I en adelante: octavistas, sivattistas y tejadistas, los cuales trataban de fusionarse sobre la base de su común rechazo a la Legitimidad monárquica española. Constituyen, pues, el antecedente remoto de lo que finalmente acabará cuajando en 1986-1987 con la formación del Partido Político neointegrista «CTC». Las antiguas disidencias de Nocedal y Mella al menos tenían la honradez de no apellidarse «carlistas», sino que se denominaban integristas o tradicionalistas. En cambio, sus emuladores más recientes no tienen escrúpulo alguno en pretender hacerse pasar por herederos de la Causa carlista, procurando arrastrar su respetable nombre por los suelos lo máximo posible. Su concepción difiere absolutamente de la que Fal Conde patentizaba en su carta a Melchor Ferrer, de 16 de agosto de 1955, poco después de su cese en la Jefatura Delegada (In memoriam…, p. 110):
«La perentoria necesidad de rehacer mi vida –21 años consagrada en primerísimo grado de actividad a la Jefatura– podrá mantenerme por ahora apartado de cargos, pero sin restar un ápice a mi amor a la Causa y mi fidelidad al Rey. Como a S. M. digo en carta de hoy, los carlistas leales seremos carlistas mientras haya Carlismo, y Carlismo habrá mientras haya Rey Carlista. Porque es el Rey el primer principio en el orden práctico de todo nuestro sistema ideológico. Los otros principios, aunque de superior jerarquía teórica, no se concibe que puedan propugnarse, faltando a la integridad de Causa que los caracteriza, sin llevar por delante en la acción la sustentación de los derechos legítimos del Rey, institución básica y piedra angular de nuestro credo.
Del Rey abajo, en el Carlismo los hombres no cuentan, no contamos. El “falcondismo” no ha existido más que en la malévola imaginación de nuestros irreconciliables enemigos».
El Duque de Quintillo insistió en las mismas verdades antiintegristas en otra carta dirigida al Jefe javierista del Reino de Valencia, Pascual Agramunt Matutano, con fecha 22 de marzo de 1973, cuyo contenido complementa y detalla lo ya expuesto. En ella comenzaba diciendo (citamos de la reproducción de la epístola aparecida en Boletín Aparisi y Guijarro, nº 13, Diciembre de 1973):
«Toda la densa confusión que impera en todos esos documentos [provenientes del Partido Político liderado por Carlos Hugo] que tengo a la vista, y que estará causando tremenda perturbación en las conciencias de los lealísimos carlistas valencianos, es la existente entre los conceptos diferentísimos de Comunión y partido; Dinastía y liderato; Lealtad y disciplina».
Y pormenoriza más adelante su exposición con estas palabras (ibid., los subrayados son suyos):
«Cuanto al nombre o denominación de esta gloriosa comunidad política, se ha dicho recientemente que el de comunión le fue dado por el integrismo. Nada más lejos de la verdad. El primitivo nombre que tuvo fue el de Comunión Católico-Monárquica, mientras que calificación de carlista todo lo demás. Esto es, el integrismo se denominó a sí mismo Partido Católico Nacional. Aquélla, comunión; éste, partido […].
Comunión y no partido. Bien que en los documentos auténticos de nuestros Reyes se usa a veces el vocablo partido para significar a la Comunión. En el siglo del liberalismo y de los partidos, natural es que se usara de modo genérico, no específico, por cuanto en tales regímenes el ejercicio de los derechos políticos requería el vehículo partidista. De ahí nuestro aspecto partidista que yo no tengo por el de mayor gloria de la Causa, el Parlamento con todas sus mascaradas.
Porque la Comunión, para su hacer político, se ha concretado siempre en organismos determinados: círculos, periódicos, juventudes –de gloriosa recordación–, Requetés –la flor y gloria más pura de la última Cruzada–, AA.EE.TT., Margaritas, Pelayos; y adoptado, como dicho queda, modo político partidista para ejercer su derecho legítimo natural de tomar parte en la vida pública, en la manera que la hipótesis legal vigente permitiera. Y de ahí, diputados, concejales, diputaciones, caciques de los pueblos en los que se lograba prepotencia.
El régimen de partidos, cuyas entrañas de necesidad contienen el germen de la descomposición, provoca, de inevitable consecuencia, la discriminación en derechas e izquierdas. Derechas, con su bagaje confesional católico y su mochila capitalista que engendra el liberalismo económico; e izquierdas, con sus reacciones contrarias y sus trágicos frentes populares. La Comunión no es ni lo uno ni lo otro, como la sociedad natural de cuyas esencias participa, como los órganos vitales cuya proyección política propugna.
Para la Jefatura de un Rey no hay proporción entre Comunión y partido. Es de Carlos VII la frase que luego sus sucesores hicieron suya: Soy el Rey de todos los españoles. No de un partido. Menos proporción aún hay entre Dinastía y censo temporal de afiliados. El ser de carlista imprime carácter. No se deja de ser más o menos en actividad, visible o invisiblemente –militares, magistrados, policías, eclesiásticos que por sus profesiones no pueden manifestarse–, mientras que la función estadística administrativa, de un fichado y una cuota, que antes se entendía relativa a algún organismo carlista determinado, si ahora se entiende referida a la estructuración de un partido, no puede crear otro vínculo que el de la común disciplina inherente a su pertenencia. No aquella verdadera lealtad antes dicha.
Contra el régimen de partidos, incoherente, disociante, volcado hacia el comunismo, nosotros condicionamos ante Mola, como representante del Ejército, en el verano de 1936, nuestra aportación al Alzamiento a que se aboliera el régimen de partidos y se constituyera un gobierno provisional para la estructuración de las clases y organizaciones sociales. Sobre esa base, Don Alfonso Carlos, en su carta a mí de 25 de julio, aprobando la sublevación, ordenaba que fuera lo primero la salvación de la Religión y la Patria sin mirarse a cuestiones personales y de partido.
Cuando, verdad que perdido desgraciadísimamente el glorioso Sanjurjo, se echó al olvido el compromiso antes aludido y se decretó un régimen de partido, y, lo que es peor, de partido único, Don Javier, Regente entonces, el día de su Santo, al mismo tiempo que en Burgos se reunía el primer Consejo Nacional de FET y de las JONS, él declaraba en San Sebastián, al terminar una comida que le daban los carlistas donostiarras, que la Comunión Tradicionalista no se había unificado; que sólo dos carlistas de los designados Consejeros Nacionales estaban autorizados [i. e., Joaquín Baleztena y José M.ª Valiente], y eso por razones de cortesía ante dictados de la guerra, para formar parte de dicho organismo; pero que los que sin esa autorización, y en concreto uno muy señalado en la traición de que habíamos sido objeto [i. e., el Conde de Rodezno], no es que se les expulsara, sino que ellos mismos se habían separado.
Y separados siguieron o se separaron otros después […].
Y ahí están instalados a mesa y mantel unos cuantos que fueron y ya no son de nuestra lealtad. Ahora sí que no sé por qué no se les ha expulsado, como no sea porque son los prisioneros que el enemigo –en léxico militar– nos ha hecho en la táctica de descubierta que realizamos, llamada colaboración.
Peor será si otros altos jefes, al retirarse de la descubierta, han equivocado el campamento de su procedencia, y se ven acogidos por otros también enemigos de nuestros enemigos –mejor dicho, de nuestro adversario–, pero con quienes jamás podremos tener alianza.
Porque eso de las alianzas es otra consecuencia del concepto partidista. Con ese voto de confianza, con esa infalibilidad que [da] el slogan de Gil Robles “los jefes no se equivocan”, se fía el triunfo a esa fórmula “Monarquía socialista”».
Cuando el Príncipe de Asturias D. Carlos Hugo ratificó la renuncia a sus derechos regios al negarse a aceptar los «fundamentos de la Legitimidad española», condición suspensiva preceptuada para sus herederos por D. Alfonso Carlos en su Real Decreto de 23 de enero de 1936, tal como le fue suplicado formalmente, a mediados de 1975, por un conjunto de históricos dirigentes del javierismo, el Infante D. Sixto Enrique de Borbón, el hijo fiel del Rey Javier, se atrevió por fin a dar el paso de levantar –cual nueva Princesa de Beira– la Regencia o Abanderamiento monárquico a fin de evitar la prescripción de la legitimidad de los miembros de la Familia Real española en favor de la usurpación franco-juanquista, procediendo asimismo de inmediato a la reordenación jerárquica del carlismo, en contraposición al artefacto partidista creado y liderado por el ya desde entonces ex Príncipe Carlos Hugo.
Uno de esos históricos dirigentes fue el ya mencionado Antonio Garzón, al que vemos participar en importantes acontecimientos durante este proceso de reanimación católico-monárquica tras la debacle carlohuguista. Fue uno de los firmantes del antedicho solemne suplicatorio elevado a S.A.R. Carlos Hugo, datado el 23 de mayo de 1975, así como de la consiguiente carta de 10 de julio en la que se dejaba expresa constancia de la renuncia en que objetivamente había incurrido D. Carlos Hugo por voluntad propia.
Igualmente, fue uno de los oradores en el Acto de Quintillo del 25 de abril de 1976, presidido por el Príncipe Regente D. Sixto Enrique. En su intervención, Garzón terminaba manifestando, aludiendo a los consabidos escritos enviados a D. Carlos Hugo, lo siguiente (Archivo Universidad de Navarra, Fondo Manuel Fal Conde, Caja 133/320, «Discurso de Antonio Garzón»):
«Se tuvo gallardía bastante para dirigirnos a D. Carlos y decirle que no aceptábamos al Rey que no defendiera los principios de Dios, Patria y Fueros, consustanciales con la Comunión Tradicionalista Carlista; y tuvimos la suerte de que el Infante D. Sixto Enrique –a quien tan de verdad tenemos que agradecer el que, sin aspiraciones dinásticas, el sacrificio que le tiene que haber supuesto, dada su vinculación de sangre– recogiera la Bandera arriada por D. Carlos, para ponerse al frente de los que jamás la arriaron, que serán los que mantendrán ante España y el mundo la espiritualidad de criterios.
Viva Cristo Rey. Viva España. Y viva el Rey».
Simplemente matizar que no era exacta la frase «sin aspiraciones dinásticas» referida al Duque de Aranjuez, pues éste dejó bien claro, pocos días después, en su Manifiesto del 2 de mayo: «Yo, por estricto deber de sangre, sin arrogarme derechos que no me correspondan, ni renunciar a los que pudieran recaer en mí, quiero mantener en alto la Bandera de la Tradición y unir a los carlistas». (Primera plana del número de 8 de mayo de 1976 de El Pensamiento Navarro. El subrayado es nuestro).
Antonio Garzón, en fin, fue una de las personalidades que estuvo presente en el trascendental acto del 4 de marzo de 1977, en que el viejo Rey D. Javier vino a aprobar y convalidar la pública postura jurídico-monárquico adoptada por su hijo D. Sixto Enrique para salvar la Legitimidad Real española. En la crónica impresa en el número de 7-13 de marzo de 1977 del semanario La Actualidad Española, a Garzón se le presenta como «Jefe de Andalucía Oriental» (p. 34). Hay que advertir que un mes antes la Administración juanquista había dado el visto bueno a la creación, a impulsos del Príncipe Regente, del Partido Político «Comunión Tradicionalista», el cual no había de ser sino una simple herramienta con la que poder participar, si fuera menester, en las reglas de juego del enemigo liberal. En su organigrama, Garzón volvía a retomar, pues, el mismo cargo que desempeñara antaño hasta 1971.
Desgraciadamente, ese virus antilegitimista-partidista fomentado por el desquiciado Carlos Hugo y que tan bien denunció Fal Conde en su momento, no dejó de tener su correspondencia también en los mandatarios del Partido Político «CT», aunque esta vez desde una perspectiva neointegrista. Acaudillados por Raimundo de Miguel –descarriado discípulo de Fal Conde que, habiendo tratado de compaginar durante su vida la militancia carlista con su filiación a la Acción Católica, acabaría escorándose, como ocurre casi siempre cuando se sirve a dos señores, hacia el lado cómodo o democristiano–, a mediados de julio de 1980 expulsaron de la presidencia del Partido a Juan Sáenz-Díez, Jefe Delegado de Su Alteza Real, simbolizando así su deslealtad y separación respecto del Príncipe Regente. Nombraron en su lugar una Presidencia colegiada, compuesta por un triunvirato del que formaría parte Antonio Garzón. De esta manera, el Partido Político promovido por D. Sixto Enrique de Borbón como un pequeño instrumento más puesto a su servicio y al de la mancomunidad legitimista, pasaba a convertirse en un fin en sí mismo, pretendiendo poco menos que representar o englobar por entero la realidad del carlismo, a imagen y semejanza del Partido carlohuguista (por no hablar de la aberración que supone el subordinar la condición de «carlista» a la pertenencia a una estructura política pasajera cuya existencia depende exclusivamente de la ilegalidad revolucionaria imperante).
El colmo de esta suicida deriva anticarlista llegaría pocos años después, cuando los cabecillas demiguelistas del Partido «CT», todos ellos antiguos javieristas, no tuvieron inconveniente de entregarlo en 1986-1987 al control de antijavieristas históricos de diversas procedencias, rebautizando la entidad en el «Registro de Partidos Políticos» de la Administración juanquista con el nombre de «CTC», y aceptando que se proclamase de facto, con diversas expresiones neutralistas, como uno de sus postulados oficiosos, el carácter discutible de la Realeza de D. Javier de Borbón: todo, por supuesto, en aras de la unidad… en la común falsía. Desde entonces ese Partido ha quedado en manos de elementos a cuál más antilegitimistas, motivando como efecto colateral la pronta vuelta arrepentida de no pocos javieristas al seno de la Regencia legítima de D. Sixto Enrique de Borbón. Mención especial merece el carlismo asturiano, heredero político del gran Jesús Evaristo Casariego, ya que ni siquiera tendrá necesidad de rectificar la conducta al retirar rápidamente su participación de ese nuevo proyecto partidista-neointegrista, pues siempre se mantuvo en una ejemplar lealtad al titular de iure de la potestad político-monárquica española.
¿Cuál fue mientras tanto el panorama en Granada en medio de todo este contexto confusionario? Desconocemos si llegó a haber para estas tierras algún otro comisionado oficial del Partido «CT» en sustitución de Antonio Garzón tras su fallecimiento en agosto de 1981. Lo que no cabe ninguna duda es que, si en esos años pudo persistir en el Reino granadino la llama del carlismo, se debió ciertamente a la tenaz labor del Dr. Juan Bertos. Es verdad que esta llama ardió algo mitigada ante la temporal incertidumbre subjetiva del Dr. Bertos tocante a la Legitimidad monárquica española, pero su férrea independencia de criterio, apoyada constantemente en el sano espíritu político recibido de su maestro Fal Conde, nunca le hizo caer en el error de desestimar la urgente necesidad de dar solución a esa capital cuestión o de menospreciarla, y menos aún en la infamia de avenirse con los flagrantes desvaríos que se evidenciaban en la teoría y praxis de los gurúes del naciente engendro partidista refundado en 1986.
Cauce para esta bendita empresa fue el Círculo «Manuel Fal Conde», inaugurado por el Dr. Bertos en Diciembre de 1978, y el Boletín Fal Conde, órgano del Círculo, que D. Juan editaba y sacaba adelante mensualmente con la inestimable ayuda y colaboración de sus dos hijas María del Pilar († 2020) y María de las Nieves.
En una «Aclaración necesaria» publicada en el número de Abril de 1988 del Boletín, el Dr. Bertos puntualizaba lo siguiente:
«El Círculo Manuel Fal Conde fue aprobado el 7-XI-1978 por la Autoridad Civil competente como tal Asociación con el número 394: “bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, para honrar la memoria del que le da nombre”. Art. 1.º; y como “objetivo primordial de mantener la doctrina tradicional de la Iglesia y de España y una constante formación doctrinal” … “por todos los medios lícitos posibles”. Art. 2.
El primer número de nuestro Boletín Informativo salió en Diciembre de 1978 (en multicopia) con motivo de la inauguración de nuestros locales, y desde entonces ininterrumpidamente con su número de Depósito Legal GR.21-1980.
Hasta este número de Abril-1988 hemos cumplido todos los requisitos legales inherentes a tal Asociación, y del Boletín Informativo se han editado 87 números, 9 de ellos extraordinarios, en todos los cuales hemos procurado mantener una estricta ortodoxia y la mayor difusión a nuestros artículos 1 y 2 de los Estatutos ya citados».
En la crónica del discurso que el Presidente del Círculo dio a los postres de la Comida de Hermandad habida el 22 de mayo de 1983 en conmemoración del 150 aniversario de la Causa legitimista, se reporta que el Dr. Bertos «emotivamente dio las gracias a los asistentes recordando que los momentos de mayor impacto en su vida carlista habían sido el Quintillo del 34; su libertad de la prisión militar donde había sido internado por no aceptar la Unificación; el día de la Consagración de la Comunión Tradicionalista al Sagrado Corazón de María por D. Manuel Fal Conde en la Capilla Real de Granada ante el sepulcro de los Reyes Católicos» (Boletín Fal Conde, Junio 1988, p. 2).
Respecto al último de los eventos rememorados, el Dr. Bertos aludía a él con cierta frecuencia en las páginas de su Boletín. Manuel Fal Conde realizó la Consagración el Día del Pilar de 1943, ante cinco testigos. De los testimonios vertidos por Bertos en su órgano informativo, sabemos con certeza la identidad de cuatro de ellos: él mismo, el matrimonio granadino-carlista Antonio Rojas y Dolores Valero, y el Rvdo. P. Alberto Gómez Matarín (futuro Canónigo Arcediano de la Santa Iglesia Catedral). El quinto no lo menciona expresamente, pero por indicios inferimos casi con seguridad que debió ser el Jefe realista a la sazón del Reino de Granada, D. Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti.
Por otro lado, en una «Carta a D. Manuel», escribía el Presidente del Círculo granadino (Boletín Fal Conde, Abril 1992, p. 1. Las mayúsculas son suyas):
«Mi querido D. Manuel:
Desde el 20 de Mayo –Mes de María en el que Ella quiso llevarte a gozar del Padre– de 1975, no he dejado de rezarte un solo día implorando tu ayuda en mis avatares personales y, sobre todo y ante todo, en mi cotidiano quehacer Carlista.
Con mi familia nació la idea de fundar el Círculo con tu nombre y su Boletín para honrarte, mantener tu recuerdo y lo que tú nos enseñaste doctrinalmente: VIVIR EN CARLISTA.
¡Qué difícil conseguirlo en estos tiempos! Pero te recuerdo en tus varias decenas de cartas, tantas veces releídas, en las que Capitán Araña o Capitán Veneno me llamabas, y en tus reprimendas cariñosas siempre instructivas. En aquella noche de semipenumbra en la Capilla Real de Granada, frente al sepulcro de los Reyes Católicos y con la presencia del Rvd. Gómez Matarín, consagrando la Comunión Tradicionalista al Sagrado Corazón de María, en plena clandestinidad persecutoria, y de la que ya sólo podemos dar fe el Rvd. Padre y yo (Antonio Rojas y Dolores Valero ya están contigo ahí arriba).
[…]
Pero hoy, en este caos de Sodoma, Gomorra y Babel, mi querido D. Manuel, yo te pido ayuda para que lo poco o mucho que quede de mi vida lo dedique a convencer a los demás de lo que tú hiciste siempre: VIVIR EN CARLISTA; mantener los Principios “sin pactos ni sacrificios del ideal”; ser roca berroqueña en la que se estrellen las tempestades del materialismo, la inmoralidad, el agnosticismo, el “si pero no” y las claudicaciones de nuestros hermanos carlistas.
¡Ardua tarea en este caos que tú ya profetizaste! Por eso todos los días te rezo implorando tu ayuda para que el Carlismo vuelva a ser lo que siempre fue: una gran familia defensora del Reinado de Cristo y del Bien Común de las Españas, sin regateos de sacrificios y entregas totales, sin contaminaciones materialistas, modernistas, y sin tergiversaciones de la suprema verdad del Carlismo: Dios».
Todos estos datos anteriores, que reflejan la línea editorial del Boletín y el trasfondo del pensamiento de su Director, nos permiten entender la inevitable confrontación –vislumbrada en lo ya transcrito– que hubo de tener desde el primer minuto el Dr. Bertos frente a la idiosincrasia democristiana y la metodología totalitaria del neo-Partido Político. Un par de ejemplos nos servirán para ilustrarla.
En un artículo estampado en la primera página del número de Abril de 1987 del Boletín, titulado «Ponerse el parche…», empezaba Bertos denunciando «ciertos indicios de “tácticas políticas” que se vienen oyendo entre los carlistas de “unión con las derechas”», y se preguntaba poco después: «¿Unirnos? ¿Para qué? ¿Con quién?». Señalaba más adelante la imposibilidad de que un verdadero carlista pudiese jurar o prometer en conciencia la Constitución de 1978, y añadía: «Quizá hoy el Carlismo, mejor dicho, los carlistas que lo forman, han dejado de ser la “estatua del honor” y se permiten el lujo liberal de ser perjuros y cambiantes cual perfectos camaleones democráticos». Y recordaba unas líneas más tarde, con plena intención, la siguiente advertencia de Mella (las mayúsculas son del mismo Bertos): «Yo admito esas uniones parciales y circunstanciales, pero conforme a dos reglas inmutables: primera, que, para defender lo que es común a la unión, no sea ABSORBIDA NI SOMETIDA A UNA DIRECCIÓN EXTRAÑA LA COMUNIÓN de que formo parte; y segunda, que, para defender lo que es en un momento común, no se me pida que suspenda la defensa de lo que es diferente y contrario».
Seguidamente hacía un repaso a diferentes formaciones del espectro tanto izquierdista como derechista, y declaraba (las mayúsculas siguen siendo suyas): «Hay quien inocentemente –pues no cabe otro calificativo– dice que son más las cosas que nos unen que las que nos separan con ciertas organizaciones y partidos; pero, queridos aconsejantes, creemos que depende muy mucho la CALIDAD a la CANTIDAD de las cosas que nos SEPARAN, pues el Carlismo, con Dios como primer punto y defensor del Bien Común, jamás podría unirse a aquellos a quienes nos referimos en los presupuestos anteriores o dejaría de ser la “estatua del honor”, para convertirse en perjuro o camaleónicamente cambiante».
A continuación, agregaba con ironía (las mayúsculas de nuevo son suyas): «Sería preciso para llegar a estas “uniones”, convocar democráticamente al pueblo soberano carlista, pero sometido a mandato imperativo, para discutir un solo punto: QUITAR A DIOS DE NUESTRA TRILOGÍA, y entonces, ya sin partido confesional, yo propondría, en ruegos y preguntas, nombrar Jefe-Director espiritual a Tarancón, y Consejeros natos a la Conferencia Episcopal, que tantas batallas están dando al Gobierno para evitar las ofensas al pueblo católico español. (?)».
Finalmente, el Dr. Bertos concluía su crítica al Partido «CTC» con estos párrafos:
«Nuestros 150 años de convivencia con los “partidos” han producido un transvase de genes liberales, y por ello queremos llegar al poder como sea y aliados con quien sea, pues “el poder bien vale una Misa”.
[…]. Pero la sombra de los restos de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada, el recuerdo de D. Manuel [Fal Conde] con sus sacrificios personales por la no unión-colaboración, y los cadáveres de la Marquesa de la Caridad y su hijo el Brigadier Carlista D. Carlos M.ª Calderón que reposan en el cementerio de Granada, me impiden comentarios que serían demasiado agresivos.
Dejemos el mal menor por el bien mayor, afanémonos humildemente a organizarnos y sacrificarnos para conseguir una juventud formada con fe y esperanza que, haciendo realidad lo que predicamos, y personalmente no cumplimos, consiga un punto más para el Reinado de Cristo. Extendámonos como mancha de aceite y sin triunfalismos. Nómbrense Jefaturas a propuesta de los correligionarios de sus zonas. Sigamos con nuestras entregas sin pausas pero sin prisas. Suplamos a los que debían y no hacen la defensa de la Fe Católica, la Moral y el Bien Común, aunque nos tachen de “confesionales” y “Guardia Civil de la Iglesia”. Luchemos por la Unidad de las Españas. Dejemos los afanes y las ambiciones personales en el kilómetro cero de nuestro andar, y con entrega total, como hicieron tantos y tantos de nuestros predecesores, podremos tener tranquilas nuestras conciencias sin pretender el poder a costa de todo, para que se nos tenga en cuenta aquello de “Héroe anónimo”, pues “si la práctica no responde de alguna manera a la doctrina, será una arbitrariedad empírica que no merece ser catalogada ni en la política ni en la ciencia” (Vázquez de Mella)».
En un segundo artículo sobre el mismo tema, publicado en el Boletín de Noviembre, el Dr. Bertos remataba sus reflexiones con el siguiente juicio (pp. 2-3): «Jamás en estos largos y penosos años he visto nada favorable en las “uniones” salvo los meses de prisión militar que durante la Cruzada sufrí por no “unificarme” y que agradezco, pues me dieron el temple necesario para resistir tentaciones “minimistas” al estilo de Minguijón. Es posible que esta práctica diaria me incite a desconfiar del “mal menor” y prefiera la realidad de que demos a conocer nuestra doctrina, incluso para que la pongan en práctica aunque sin contar con nosotros, ya que con nuestra secular disolución y desaparición de los Partidos Políticos –invento liberal siempre nefasto–, e incluso el Carlista, sólo hemos pretendido dejar en la cuneta lo malo e incorporar lo mejor para conseguir el Reinado de Cristo; por eso defiendo con fe la Unidad Católica y su Libertad de Conciencia que impidan la propaganda y el proselitismo del “error” […]. Quizá todas estas discrepancias de “tácticas políticas” sean debidas a la orfandad de una Dinastía Carlista».
Su buena voluntad en la defensa de la Fe y la Justicia, hacía que el Dr. Bertos convirtiera generosamente su Boletín en foro público donde poder expresarse libremente la verdad carlista, permitiendo colaboraciones de ilustres plumas en materia de ortodoxia católica sociopolítica, e incluso de los admirables sixtinos asturianos en relación a la legitimidad monárquica. Este loable comportamiento exasperaba a los gerifaltes del Partido «CTC», hasta el punto de que uno de ellos, de progenie octavista, dirigió una nota «al director y algunos colaboradores del Boletín del Círculo “Fal Conde”», en que terminaba sentenciando: «Los boletines están para difundir el programa que el Consejo [del Partido «CTC»] ha aprobado, para dar a conocer las normas de actuación que ordene la Junta de Gobierno [del Partido «CTC»] y demás Juntas. Pero no para que cualquiera lance desde ellos unas ideas, que pueden ser geniales, pero que deben exponerse al Consejo. Somos políticos. Y no es de políticos dar vueltas a lo que particularmente opinamos que convendría hacer, cuando ya sabemos lo que hay que hacer y no lo hacemos» (Boletín Fal Conde, Enero 1988, p. 4).
En el número del mes siguiente, bajo el rótulo «Las cosas claras y el chocolate…», el Dr. Bertos iniciaba su réplica precisando una vez más que «el Círculo Fal Conde y su Boletín fue creado para “defender la Doctrina Tradicional de la Iglesia y de las Españas”. No estábamos adscritos antes, cuando pedíamos, defendíamos y se consiguió la Unidad del Carlismo [rectius, la creación del Partido Político «CTC»], a ninguno de los grupos existentes, y ahora seguimos aplicando esta postura, nuestra razón de ser, defendiendo estas Doctrinas de nuestros Estatutos por todos los medios legales posibles, sin compromisos con nadie. Sólo nos comprometemos ante Dios y ante el Pueblo Carlista, y éste decidirá si nos acepta o no con la ortodoxia doctrinal que defendemos. Además, querido amigo, es imprescindible en los momentos actuales de “reorganización” que el Pueblo Carlista –sí, con mayúscula, porque ya lo dijo D. Carlos al referirse proféticamente a fallos dinásticos– necesita saber de qué va la ortodoxia doctrinal y cómo se aplica la doctrina, y (con toda modestia) somos la única publicación regularmente periódica y puntual que les informa sobre ello, y lo hacemos por obligación, deber y respeto a nuestro Gran Pueblo» (p. 2. El subrayado es suyo).
Poco después, remarca que «se es Carlista por Doctrina y por aplicación de ella en la vida familiar, social, económica y comunitaria, por convencimiento de que el Carlismo es la única solución natural de los problemas de las Españas; todo lo demás es por lo menos mal minorismo […]. La Tradición Carlista […] no se puede transformar, transfundir o trastocarla, aunque se precise ponerla al día. Nadie por el Boletín, o a su través, se ha separado o escindido; nos hemos “soportado” y aguantado, y de ello salió la luz alguna vez, pero sin pretender jamás –ni insinuarlo siquiera– echar a nadie del Carlismo. ¿Quién puede echar a quién de ser Carlista? A lo más, se han criticado posturas doctrinales o de actuaciones circunstanciales que nos han parecido poco ortodoxas. Tampoco hemos creído, creemos, ni creeremos jamás que las posibilidades de la actual sociedad española sean limitadas; y si nos lo pareciera así, nuestra obligación sería cambiar, con la ayuda de Dios, estas posibilidades que innatamente lleva en sí el pueblo español y que el liberalismo ha y está procurando invertir y cambiar desde Fernando VII a nuestros días» (ibidem. El subrayado es suyo).
Y concluía D. Juan Bertos con estas afirmaciones (pp. 2-3. Las mayúsculas y subrayados son suyos):
«Además de que el Carlismo no se aprende en una “escuela”, ya que es un modo de ser, vivir y gobernarse naturalmente, la escuela Carlista es la Ley que Dios nos dio y la que nos sigue dando a través de Pedro; son nuestros Fueros; y, como servidor de estas dos premisas, el Rey Legítimo de sangre y ejercicio […]. Es, a fin de cuentas, todo lo contrario del Liberalismo y el Marxismo.
Nuestro Boletín no es alumno brillante ni arquitecto, sólo pretende “construir” por la “ciencia y el arte” del Carlismo. Desde que nació esta “hojita” (como la tituló una relevante personalidad carlista que, por su edad, no supo calibrar su necesidad y sacrificios), sólo pretende el bien común de las Españas a través de la ley natural, la Ley de Dios y la representatividad orgánica […]; y lo pretende hacer sin protagonismos personales, sin pedir a nadie más que colaboraciones doctrinales y sin olvidar jamás que NO se pueden “dejar de aplicar determinados principios”, sean las circunstancias que fuesen, ni “prescindir de los cánones de la estética”, pues peligraría “la estabilidad de la obra” y lo que saldría sería un mamotreto de cemento –como tantos edificios actuales–. No sólo hay que ser honrado […], hay que parecerlo, y al que es Carlista nadie puede echarlo, pues se es, no por un carnet, una ficha o una disciplina, sino por un modo de estar, creer y actuar en la vida.
Los Carlistas que hemos sufrido las persecuciones, el acoso y a veces el derribo de propios y extraños, no podemos silenciar en nuestra prensa, aunque sea un Boletín, las “extrañezas” doctrinales, y no estamos para ser la voz de nadie, sea quien sea, pues si al Rey se le limita su mandato y poder, a todos los demás también se les puede decir, se les debe decir, y exponer libremente y por escrito en un Boletín, la opinión que se tenga, siempre que no atente al honor, la moral, la Fe, o la integridad nacional, y esa opinión debe conocerla el pueblo carlista, a quien nadie le cuenta nada o se lo explica por ningún medio de forma regular y periódica […].
NO SOMOS POLÍTICOS, […] aunque por culpa del liberalismo que padecemos tengamos que actuar como “partido”, y quizá esto nos está intoxicando políticamente la sangre y el pensar Carlista; quizá esto sea la causa de que a este Director se le pida “seguir la disciplina íntegra y aceptar sus directrices”. ¡Cuidado, amigos, con las cosas de Dios y España no se juega! ¡El Carlismo no es un Partido Único indiscutible e incriticable!
Sigamos el ejemplo de D. Manuel Fal Conde y de Antonio Molle en sus entregas totales de martirios cruentos e incruentos como los de ellos, que dieron sus vidas, su familia y su hacienda por Dios, España y el Rey. No fueron políticos, sabían lo que tenían que hacer, por qué tenían que hacerlo, y para qué, y lo hicieron. Ya gozan de Dios; pidámosles que algún día, con igual entereza y claridad de ideas, podamos gozarnos nosotros de Él también».
El Dr. Bertos, en fin, completó su réplica en el ya citado artículo que traía por rubro «Aclaración necesaria», haciendo constar los siguientes extremos (Boletín Fal Conde, Abril 1988, p. 4):
«Que el Círculo M. Fal Conde no está adscrito, ni depende, ni recibe ayuda económica de ningún grupo o partido político.
Que siempre sus páginas están abiertas a la colaboración doctrinal de todos los que defiendan la Doctrina Tradicional de la Iglesia y España.
Que no se hace responsable del tono más o menos mordaz de los artículos de sus colaboradores –que siempre ha procurado suavizarlos y quitarle personalismos–, ni de las opiniones doctrinales manifestadas por ellos.
Que hemos procurado colaboraciones de todas las tendencias y sus réplicas por entender que del diálogo sale la luz y que ésta debe llegar al mayor número de Carlistas posibles que hasta hoy estaban huérfanos de información, sin ánimo de desunir, para mantener la ortodoxia doctrinal.
Que jamás nos hemos vendido por un “plato de lentejas”, aunque nuestra economía se haya resentido por publicar opiniones contrarias a nuestros colaboradores económicos».
Naturalmente, en los años siguientes la ya de por sí débil relación del Círculo Fal Conde con el Partido «CT» irá languideciendo aún más hasta acabar por extinguirse. El Dr. Bertos llegará incluso a reproducir, muy oportunamente, en el número de Febrero de 1992 del Boletín, aquel fragmento de la entrevista a Fal Conde en El Pensamiento Navarro –relativo a sus supuestos orígenes integristas– que recogimos más arriba, cuyo texto comportaba una implícita censura a la ideología y actitud ostentadas por los mandamases de dicho Partido.
La última iniciativa que conocemos del Círculo granadino, fue la organización, para mediados de 1994, de un «Recuerdo para honrar a Manuel Fal Conde en el Centenario de su Nacimiento». Para ello se constituyó una Junta Nacional, compuesta por 18 personas, cuya relación de nombres se daba en el número de Octubre de 1993 del Boletín. Salvo dos o tres, todas ellas comulgaban sustancialmente con el auténtico modo de ser y pensar del antiguo Jefe Delegado. En el anuncio del homenaje, se consignaba igualmente el agradecimiento a los sixtinos asturianos con estas palabras (el subrayado es suyo): «Finalmente queremos destacar a la C.T.C. de Asturias y agradecerle su interés que desde el primer momento se ha volcado con la idea de honrarlo. ¡Gracias amigos!… ¡El sacrificio debe ser de TODOS, como D. Manuel se sacrificó por TODOS!».
Que sepamos, este número de Octubre de 1993 fue el último que publicó el Círculo. El Dr. Juan Bertos fallecerá en octubre de 1997. No sería aventurado afirmar que, la ingente y encomiable actividad desplegada durante sus últimos años de vida a través del Círculo y el Boletín, contribuyó grandemente a desengañar a muchos respecto del anticarlista experimento político de la «CTC», así como paralelamente allanó el camino de vuelta hacia la Regencia de D. Sixto Enrique de Borbón de la mayor parte de realistas que, habiéndole acatado al principio cuando levantó la Bandera de la Legitimidad en los primeros años, en mala hora se habían después insensatamente separado de él.
Continuando la pequeña costumbre que venimos guardando cada año en esta memorable fecha del 2 de Enero, solamente nos resta traer una vez más las oraciones que, para la jubilosa Fiesta del Día de la Toma, compuso el primer Arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera O.S.H., en su magnífico Oficio Divino. Conforme al orden observado, en esta ocasión corresponde trasladar las que se contienen en la Lectura Quinta, que rezan así: «Recordemos que el Señor golpeó a toda España por el pecado del Rey Rodrigo. Entraron, pues, los árabes, y, como jabalíes salvajes, devastaron y exterminaron España, y, como fieras nunca vistas, pastaron en sus tierras. Profanaron los templos sagrados. Dejaron los cadáveres de los cristianos para alimento de las aves del cielo; las carnes de los santos para las bestias de la tierra. Derramaron sangre inocente como si fuera agua por toda España. Humillaron al pueblo cristiano y se burlaron de la herencia de Cristo. Asesinaron a las viudas y a los peregrinos; mataron a los niños. Humillaron a las mujeres y forzaron a las doncellas. Colgaron de las manos a los príncipes. No les avergonzó el aspecto de los ancianos. Abusaron impúdicamente de los jóvenes, y los niños caían bajo las cargas de leña. Los ancianos ya no se están a la puerta, ni los jóvenes en el coro. Y entonces dijeron: “Venid y eliminemos a los cristianos de entre los pueblos, y nunca más sea recordado el nombre de Cristo”. Se confabularon y, de pleno acuerdo, forjaron una alianza contra Cristo: las tiendas de los idumeos y los ismaelitas, Moab y los agarenos, Gebal y Ammón con los habitantes de Tiro. Así es como el Señor golpeó a España. Y Tú, Señor, ten misericordia de nosotros». (Traducción de Jesús M. Morata).
¡Plazca a Dios sea éste el año de la restauración del Reinado Social de Jesucristo en las Españas mediante la previa restauración en el Trono del Rey Católico legítimo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Ciudad de Granada! ¡Viva el Reino de Granada! ¡Viva la Corona de Castilla! ¡Viva España! ¡Vivan los ínclitos Reyes Católicos! ¡Viva su legítimo heredero el Rey Católico de España Don Sixto Enrique de Borbón, Enrique V de Castilla!
Félix M.ª Martín Antoniano
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