Lefebvrista

O lefebvriano.

Es el sambenito que los imbéciles adjudican a los que por pura gratitud guardamos en nuestras almas verdadera veneración y respeto por el Arzobispo Lefebvre, Monseñor Lefebvre, aun con las debidas reservas sobre ciertas posiciones suyas y de su Hermandad. Pero para más inri, a veces los tales imbéciles cobijan también bajo ese mote a cualquier vecino que, saludablemente apartado de las estructuras avaladas por esa Roma apóstata que denunciaba el prelado francés, se atreva a asistir a una misa celebrada siguiendo el rito tradicional de la Iglesia católica.

Lefebvrista soy y lefebvrista seré hasta el fin de mi vida, no como miembro o militante de una inexistente facción dentro de la Iglesia ―pues no tengo otro Jefe que Cristo y su Vicario―, que pretender eso es una estupidez además de una blasfemia, sino como admirador de un obispo que en tiempos difíciles y con gran fortaleza y acierto libró la batalla por la Tradición católica, soportando palos provenientes tanto de ambientes tradicionalistas como de moderados y modernos.

Determinadas salvedades, decía, no me impiden reconocer el mérito que tuvo el Arzobispo, así como el que ha tenido su fundación a lo largo de su historia. De ahí que para mí las consagraciones episcopales venideras son motivo de legítima alegría por cuanto confirman lo que en vida enseñó y custodió Lefebvre, a pesar de que ―todo hay que decirlo― algunos de sus discípulos prefieran callarlo… o corregirlo.

En todo caso, los hechos le vienen dando la razón a Monseñor Lefebvre desde hace más o menos cincuenta años en, me arriesgo a decir, todas las denuncias que hizo en su tiempo, incluso cuando faltaba mucho para que los frutos podridos empezasen a caer del árbol y, a fuerza de golpes, despertasen a los católicos perplejos.

Por eso hoy, cuando horrorizados contemplamos la herejía, el cisma y la blasfemia campando muy a su gusto en los templos de Estados Unidos, Alemania, Italia… y en general de todo el orbe excristiano, no queda de otra que mirar al cielo y agradecer a la infinita misericordia de Dios el haber suscitado en tierras francesas ―corrijo: flamencas― a ese gran obispo cuyo nombre era Marcel.

Juan Manuel Sánchez

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta