El adjetivo «tradicional»

Se está insinuando que existirían varias formas igualmente legítimas de ser católico: el progresista, el abierto, el conciliar, el reformista, el pentecostal, el carismático… y, entre ellas, una opción particular llamada «tradicional»

Hay una de esas trampas semánticas que triunfan precisamente porque casi nadie se detiene a examinarla. Se repite con naturalidad periodística, con suficiencia académica e incluso con resignación entre muchos fieles: «católicos tradicionales». La expresión parece inocente, descriptiva, casi sociológica. Pero en realidad encierra una profunda falsificación doctrinal. No describe una realidad: la altera.

El problema no es menor, porque afecta al modo mismo en que se concibe la fe católica. Y para desmontarlo basta volver —como casi siempre— al Magisterio claro, anterior a toda confusión contemporánea. En 1888, el Papa León XIII publicó la encíclica Libertas praestantissimum, uno de los análisis más precisos jamás escritos contra el liberalismo moderno. Allí no se habla todavía de “«católicos tradicionales», porque semejante categoría habría resultado incomprensible. Y esto ya debería hacernos sospechar.

Para León XIII la cuestión es cristalina: la verdad revelada no admite versiones. La libertad humana no consiste en elegir entre doctrinas opuestas, sino en adherirse al bien objetivo conforme a la Ley divina. El error moderno —denuncia el Pontífice— comienza cuando el hombre pretende emanciparse de la verdad y convertir su juicio personal en medida última del bien y del mal. De esa falsa libertad nace inevitablemente el indiferentismo religioso: todas las opiniones serían equivalentes, todas las religiones igualmente válidas, todas las doctrinas negociables.

Ahora bien, traslademos este principio al lenguaje actual. Cuando hoy se habla de «católicos tradicionales», ¿qué se está diciendo realmente? Se está insinuando que existirían varias formas igualmente legítimas de ser católico: el progresista, el abierto, el conciliar, el reformista, el pentecostal, el carismático… y, entre ellas, una opción particular llamada «tradicional». Es decir, la Tradición queda reducida a corriente interna, a sensibilidad espiritual, a preferencia estética o disciplinar.

Exactamente lo contrario de lo que enseña la Iglesia, porque la Tradición no es una tendencia dentro del catolicismo: es el modo mismo por el cual la fe se transmite. Sin Tradición no existe Iglesia. No es un movimiento; es la continuidad viva de la Revelación. Por eso el católico que cree lo que siempre creyó la Iglesia, que sostiene la doctrina constante, que reconoce la subordinación de la libertad a la verdad, no pertenece a una facción. Simplemente es católico.

La anomalía histórica no somos nosotros. La anomalía es el catolicismo adjetivado por el liberalismo.

León XIII lo explica con una lógica devastadora. El liberalismo religioso sostiene que la conciencia individual posee autonomía frente a la verdad revelada y que el Estado —y por extensión la sociedad— debe permanecer neutral respecto a la religión. Esta tesis, afirma el Papa, destruye el orden cristiano porque coloca el error en pie de igualdad con la verdad. Y cuando el error adquiere ciudadanía doctrinal, ya no necesita negar la fe: basta con relativizarla.

Y es ahí donde nacen las verdaderas adjetivaciones. No existen, en rigor doctrinal, «católicos tradicionales». Existen católicos y existen católicos liberalizados, en diversos grados.

Está el liberalismo práctico, que mantiene devociones privadas mientras acepta sin conflicto un orden social desligado de Cristo Rey, por mucho que vocifere ¡Viva Cristo Rey! Está el liberalismo doctrinal moderado, que intenta armonizar la enseñanza perenne con los dogmas políticos modernos —soberanía del individuo, democracia, neutralidad religiosa, primacía de la opinión pública, modernidad—. Y finalmente aparece el liberalismo teológico, donde la doctrina ya no se recibe, sino que se reinterpreta continuamente según la sensibilidad histórica del momento, como en esa sinodalidad sinodalidazora que todo lo sinodaliza.

Todos ellos responden exactamente al fenómeno denunciado en Libertas: la sustitución de la verdad objetiva por la libertad entendida como autodeterminación.

Y sin embargo ocurre algo revelador. A ninguno de ellos se le llama «católico liberal» en el lenguaje común. Conservan sin adjetivos el nombre de católicos. El calificativo se reserva precisamente para quienes permanecen en continuidad con lo que la Iglesia enseñó durante siglos. La inversión es perfecta: el que cambia recibe el nombre normal y el que permanece recibe el calificativo.

Es una operación lingüística profundamente ideológica: convertir la fidelidad en excepción y la novedad en norma. Así, el católico fiel termina aceptando defensivamente una etiqueta que presupone su marginalidad histórica, como si fuese heredero de una preferencia antigua y no de la fe misma.

Pero la Iglesia nunca enseñó que la verdad evolucione por épocas. Ningún siglo posee autoridad para redefinir lo que fue creído semper, ubique et ab omnibus. Si algo necesita adjetivo, no es la continuidad, sino la ruptura.

Por eso, a la luz de León XIII, la corrección intelectual resulta inevitable: no somos católicos tradicionales. Somos católicos sin más, a secas Tradicional es simplemente el catolicismo cuando permanece siendo él mismo.

Las adjetivaciones corresponden a las desviaciones: catolicismo liberal, catolicismo progresista, catolicismo acomodado al espíritu del mundo, catolicismo tibio, catolicismo modernista…Porque sólo aquello que se aparta de la norma necesita apellido explicativo. La Tradición no añade nada al catolicismo: lo define.

Y quizá el signo más claro de nuestro tiempo sea éste: que quienes conservan íntegra la fe recibida deban justificarse con un adjetivo, mientras quienes la adaptan a la modernidad se presentan como la forma ordinaria de ser cristiano.

León XIII lo habría reconocido inmediatamente. No como un progreso, sino como la consecuencia lógica de aquella falsa libertad contra la que escribió Libertas: la libertad de redefinir incluso las palabras hasta que la verdad parezca una opción más.

Pero la Iglesia no vive de opciones. Vive de transmisión y el católico que permanece en ella no es «tradicional», es simplemente lo que la Iglesia siempre llamó: católico.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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