El sistema solidario de la República ha fracasado.
Sin duda alguna, será archivado en el deprimente armario de los «problemas estructurales» del régimen, una forma expeditiva de borrar doscientos años de modernismo, de decisiones emotivas, despóticas y demagógicas, de dinero malgastado, o simplemente robado, en el que nos encontramos sumergidos.
Es con la eliminación de los vínculos, indiscutible sustento del puerto seguro que es la familia y su propiedad, que se abrió la brecha para la entrada triunfal del Estado, esa nube negra que lo prevería y lo sostendría todo.
La destrucción de la familia, ancla inequívoca de la lucha contra la debilidad humana, surge a continuación como el medio para alcanzar el objetivo final de la República: el control del individuo.
El proceso, más o menos meticuloso, necrófago de los tejidos naturales de la sociedad, no causa por ello sorpresa.
Las obras espirituales de las Santas Casas da Misericórdia, apoyo material y espiritual de los más pobres, pasan a ser instituciones filantrópicas, nuevos antros de caciquismo, corrupción y favores, asumiendo el perverso negocio de los juegos de azar y de suerte como nuevo y moderno objeto.
Las corporaciones y cofradías, ayuda efectiva de los desventurados y dignificadoras de las comunidades en las que se encontraban, se entregan a la devastación de un gobernador civil «democráticamente» nombrado por un gobierno absolutista, nacido de las urnas.
Los municipios y los gobiernos de las parroquias, desgarrados por la infame Ley de Mouzinho da Silveira, impuesta por los franceses, que anuló la caridad practicada con los hijos de la desgracia.
Si la República intenta olvidar sus constantes y sucesivos desatinos, aquí estaremos nosotros, como reaccionarios que somos, para recordárselos y combatirlos sin rodeos ni temores.
El tiempo del miedo y el silencio ha terminado.
Causa Tradicionalista
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