San Francisco de Asís y Juan Vázquez de Mella

mella tiene bastante claro que será, sobre todo, a través de esta Tercera Orden el cómo se combatirán los errores modernos

Si por un lado el supremo maestro en materia teológica es sin lugar a duda Santo Tomás de Aquino, no sería infundado decir que lo mismo es el caso para San Francisco de Asís dentro de la mística cristiana.

El que fue acertadamente llamado «Cristo de Europa», y que junto con Santo Domingo serán los dos pilares sobre los que se dará esa verdadera revitalización espiritual de toda la Cristiandad, llevándola a su edad dorada en el siglo XIII; el que cuya orden dará tantos Santos (San Fernando III de Castilla, San Luis IX, Santa Juana de Arco, el Papa San Pío X, etc.), lógicamente no pudo ser ajeno a España, cuya esencia misma y grandeza es verdaderamente la fe católica, como hermosamente describió Menéndez Pelayo[1]. El Santo de Asís llega poco antes de la victoria cristiana en las Navas de Tolosa, que sellará para siempre desde entonces la dirección de la Reconquista. «Y los cruzados triunfantes —comenta Don Juan Vázquez de Mella— no advierten que llega con él solo una cruzada más grande que la suya, cruzada espiritual, dirigida por un hombre, que camina a Compostela, la Jerusalén de Occidente, y penetra por el maravilloso Pórtico de la Gloria y va a postrarse ante el sepulcro del Apóstol para aumentar su obra y dilatar su apostolado»[2]. También es Mella, voz elocuente sobre las glorias de España, el que afirma que «el amor franciscano es un injerto sobrenatural en el alma española», demostrado no solo en santos como el ya mencionado Fernando III o el Beato Ramón Llull, ambos miembros de la Tercera Orden de San Francisco, sino que ese espíritu franciscano caracterizará el propio accionar de toda España, puesto que “desde San Francisco, parece que se multiplican todas las energías de nuestra raza, y por eso todas las grandes empresas llevan el sello franciscano».

No se equivoca Mella, pues además de los ilustres hombres mencionados, una vez terminada la cruzada de la Reconquista, será otro miembro de la Tercera Orden Franciscana, el navegante Cristóbal Colón, que, poniéndose al servicio de los Reyes Católicos, y conducido por hermanos franciscanos, descubrirá un Nuevo Mundo que España bautizo para la Cristiandad entera, justo cuando la misma quería verse resquebrajada por la revolución luciferina de Lutero. Es también de la Orden Franciscana aquel Cardenal Cisneros, «el político mayor y más excelso que ha producido España» en palabras de Mella, servidor del Emperador Carlos V, protector y restaurador del rito mozárabe. «El gran conquistador y el gran descubridor del Nuevo Mundo —termina diciendo Mella—, están enlazados por el cordón franciscano». También será miembro de esta Tercera Orden el autor del Quijote, pues no podía ser de otro modo, que la más grande pluma que ha salido del mundo hispánico y, verdaderamente, del mundo entero, muriera con el hábito que tantas empresas y sabios inspiró en la madre patria.
Como podrá deducirse de todo esto, evidentemente la obra de San Francisco no podía ser ajena tampoco al tradicionalismo. No es solamente que los frailes franciscanos hayan enarbolado la bandera de Don Carlos V durante la primera carlistada, y que importantísimos pensadores y dirigentes de la Comunión Tradicionalista hayan sido franciscanos, notablemente Don Manuel Fal Conde.
Las citas de Mella no son casualidad, puesto que el genio asturiano es otro dentro de la larga lista de miembros de esta Tercera Orden de San Francisco.
«Por eso el espíritu franciscano, que es de amor, salvará al mundo”, comentaba acertadamente Mella, debido a que “aun cuando las olas de la impiedad avancen, no hemos de perder la esperanza. La Iglesia había domeñado y sujetado las pasiones y las había encauzado, poniendo sobre ellas el deber y extendiendo en el mundo la caridad; y la revolución, que no es más que la reacción pagana, contra Cristo, ha desatado esas pasiones, (…) yendo a precipitarse en no sé qué abismos tenebrosos en donde parecen querer arrastrar hogares, tronos y altares”. Y continua Mella: “Pero cuando esas aguas lleguen a convertirse, por un diluvio de errores, en un océano, aquellos que en las horas de la negación impía y de las vacilaciones cobardes no hemos negado a Cristo; aquellos que le hemos confesado públicamente, en presencia de los poderes que le abandonan o que reniegan de él, tenemos derecho a esperar, porque, por mucho que suban esas olas, sobre la más alta estará siempre la nave que dirige aquel Piloto divino que sabe serenar los cielos y andar sobre las olas (…). Cuando después del castigo llegue la hora de la misericordia, ¡ah!, yo tengo la firme creencia, la esperanza completa de que esa democracia y esa fraternidad divina que predicó San Francisco, llegue a imperar en el mundo».

Y tiene bastante claro que será, sobre todo, a través de esta Tercera Orden el cómo se combatirán los errores modernos, como afirmaron y promovieron los Sumos Pontífices León XIII y San Pío X (ambos terciarios franciscanos): «Será cuando el cordón franciscano, el mejor conductor de la caridad, ciña el planeta como un Ecuador, y el Serafín de Asís se sirva de él para levantar la tierra y suspenderla de los brazos de la Cruz, para que la humanidad se abrace arrepentida al cuerpo ensangrentado de Cristo, y la diestra se desclave como en el cuadro de Murillo, y la oprima contra su pecho, a fin de que apacigüe, en la herida que abrió la lanza, la sed de los eternos amores».

Don Juan Váquez de Mella marchó con el Señor el 26 de Febrero de 1928, con el crucifijo en las manos y puesto el hábito de San Francisco, como comentaba Claro Abánades en una nota dentro del primer volúmen de las «Obras completas» de Mella: «Acabo de verlo, vestido con hábito de San Francisco. Y he pensado, después de rezar ante su cadáver, y las rodillas sobre el suelo, que ha sostenido tantos años la mesa en la que escribió el gran Balmes. El cordón del Santo de Asís, que yo también visto; aquel cordón de quien don Juan Vázquez de Mella dijo que abrazaría a la tierra, ha podido ser el medio por el que ha podido subir de este mundo de lágrimas ante la presencia de Dios».

José María Arizmendi, Círculo San Felipe y Santiago de Montevideo

[1] «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra». Menéndez Pelayo, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Madrid, 1880–1882.

[2] Todas las citas a Mella salvo aclaración son del capítulo titulado «Franciscanismo» en el tercer volumen de sus Obras completas.

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta