Crónica: Carlismo, nacionalismo y globalismo

LA OPOSICIÓN AL SISTEMA ACTUAL, AL MODERNO, PASA NECESARIAMENTE POR LA CONCILIACIÓN ARMÓNICA DEL ORDEN PARTICULAR CON EL ORDEN UNIVERSAL. EN CONSECUENCIA, LO VERDADERAMENTE OPUESTO Y LA AUTÉNTICA SOLUCIÓN NO RADICA EN TERCERAS VÍAS, SINO EN LA SOCIEDAD ORGÁNICA

Nuestro correligionario Mario impartió el pasado 26 de abril, en la ciudad de Valencia, una conferencia con el título de Carlismo, nacionalismo y globalismo. La intervención fue especialmente brillante, expuesta de forma ordenada y argumentada, a modo de pregunta y respuesta, lo que la dotó de una especial agilidad que este texto en el que recogemos algunas de sus ideas no llegará a plasmar.

La tesis fundamental defendida fue que la oposición al sistema actual, al moderno, pasa necesariamente por la conciliación armónica del orden particular con el orden universal. En consecuencia, lo verdaderamente opuesto y la auténtica solución no radica en terceras vías, sino en la sociedad orgánica.

A principios del siglo XX, fruto de los desórdenes causados por el liberalismo y el comunismo, surgen los fascismos como oposición. Herederos del nacionalismo romántico, que contiene ciertos elementos de verdad, hoy se presentan estos movimientos identitarios reformulados como enemigos del liberalismo mundialista, donde sorprendentemente —o tal vez no tanto— algunos sitúan al carlismo. La declamada oposición a la universalidad lleva a rechazar aquello de universal que tiene el pensamiento católico; es decir, al sostener firmemente verdades universales —y elementales— se nos acusa de «universalistas», insinuando que el carlismo, por poner a Dios primero, quiere igualar todo. Estos críticos parecen incapaces de distinguir, como sí que hiciera J. Ousset en sus Fundamentos de la política, lo universal de lo particular, lo eterno de lo contingente, lo uno de lo múltiple… Según estos identitarios, para el carlismo la Hispanidad sería una suerte de ONU hispana, una federación de población mestiza global donde el único requisito sería haberse bautizado, ya que la religión siempre iría antes que los compatriotas. Además, se uniría a lo anterior un odio atávico a Europa, pues identificaríamos a lo europeo (y sobre todo a los europeos) con el mundo anglo-protestante.

Así hablan aquellos que miran la paja en el ojo ajeno y no reparan en la viga del propio (Mateo 7:1-6).

El ponente agudamente señaló que para la modernidad no hay un Orden divino, lo que existen son voluntades arbitrarias y un derecho que sirve para regular el conflicto entre esas voluntades: se observa un orden que garantiza la autodeterminación.

Algunos identitarios olvidan que el primer liberalismo es nacionalista, donde los entes soberanos son los Estados-nación. El nacionalismo, hijo de la modernidad, es incapaz de escapar de esta y aunque niegue la voluntad explícita de imponer un orden universal, tácitamente lo hace, en su caso, mediante el respeto a las soberanías nacionales o la voluntad de los pueblos. Esta soberanía se erige como voluntad arbitraria que, en vez de representar al individuo asociado para constituir la sociedad, o de considerar a la sociedad y el Estado previos al individuo, convierte al pueblo y a su espíritu encarnado en la Nación en el ente soberano.

Sin embargo, el carlismo comienza por definir lo universal rectamente, para, sobre ese orden universal, comprender el orden múltiple; el derecho natural se manifiesta en lo histórico y las libertades son concretas, de modo que no existe una libertad abstracta para un hombre abstracto.

Según se argumentó, otro grave problema del que adolecen estos identitarios es el de la voluntad de poder. Es sabido el culto a la voluntad, a la virilidad, al hombre superior, artístico, heroico y elevado de muchas de estas corrientes; pero, ¿cómo se asume que este ideal tan elevado sea vencido por otros supuestamente inferiores? Además, llevado al terreno de los entes soberanos (las naciones), ¿qué bando tomar en caso de conflicto?

Pongamos por caso el conflicto actual de Oriente Medio: ¿estaría el Estado de Israel legitimado para atacar a Irán? ¿Cómo se justifica su imposición por la fuerza en Gaza? La mayoría de identitarios valorarían, con razón, muy negativamente la acción sionista en este conflicto. Pero entonces surge una pregunta incómoda: ¿estaba Alemania legitimada en 1939 para atacar a Polonia y extender el Reich? Suponemos que aquí la respuesta cambia… Ahora bien, si se condena el primer caso y se justifica el segundo, ya no se está defendiendo realmente el respeto a las soberanías nacionales ni a los pueblos, sino aplicando un criterio particular, afectivo y tribal. Implícitamente se reconoce un orden superior desde el cual unas acciones pueden juzgarse de modo distinto a otras. Y si, por el contrario, se invoca la voluntad de poder, la fuerza histórica o la vitalidad de un pueblo, la contradicción se agrava: si el sionismo ha logrado expandirse y la Alemania nacionalsocialista colapsó, ¿cómo se interpreta la victoria de unos y la derrota de otros? ¿Era más fuerte la voluntad histórica del sionismo que la del nacionalsocialismo? En un discurso donde se proclama que hay que respetar las soberanías nacionales y que cada pueblo o raza pueda desarrollarse y forjar su destino o civilización, la convivencia pacífica parece una ilusión, pues lo contingente se caracteriza por el devenir y en este terreno panta rhei —todo fluye—. Intentar fijar en el ideal realidades mudables que se concretan en lo histórico —nación, pueblo, etnia o civilización— lleva a absurdos.

Continuando con lo anterior, el ponente comentó que nada impide que un movimiento identitario sea globalista, es decir, un pueblo se puede —perfectamente— autoproclamar como globalista convirtiéndose voluntariamente en su mensajero, y, en gran medida, eso es precisamente el americanismo en el que vivimos. O, tal y como se dijo: una nación puede escoger su «autodeterminación en la eutanasia». Ejemplo de pueblos rotos desde dentro por el nacionalismo fue la implosión del Imperio Austrohúngaro, la unificación forzada de la Italia del Risorgimento o la Constitución liberal y también nacionalista de 1812.

Para muchos de los nacionalistas parece que la inmigración emerge como el principal de los problemas que hay que atajar, además, urgentemente y a cualquier precio. ¿Es esta nuestra escapatoria de la rueda? El ponente argumentó que los desplazamientos masivos y descontrolados de población no son deseables, en la medida en que contribuyen a la creación de la sociedad de masas uniforme y amorfa, pero la uniformidad étnica tampoco es garantía de nada, pues observamos pueblos étnicamente uniformes, como Japón o Corea del Sur, que están imbuidos de las mismas dinámicas de la modernidad que adolecen otros pueblos mucho más «diversos». En consecuencia, la etnia no es suficiente para solucionar todos los problemas, ni para crear por sí misma una tradición; es, sin embargo, una circunstancia más, junto con muchas otras, que contribuye accidentalmente a construir la tradición de un pueblo. Conviene recordar que forasteros siempre han existido, no es algo excepcional de nuestro tiempo, lo que tal vez sí que nos diferencie de otras épocas es que nosotros también somos extranjeros, extranjeros en nuestra propia tierra, extranjeros en un mundo que prometiéndonos la Libertad ha roto todo arraigo que nos definía y nos ligaba con lo alto y con nuestros semejantes.

Frente a todo lo anterior, el ponente explicó que el patriotismo —virtud de la piedad— se concreta en nuestro hermano, en la familia y, por extensión, en la patria. Además, la patria chica se integra en la grande para perfeccionarla, pero nunca para disolverla. Como han escrito nuestros correligionarios colombianos para defender las particularidades de su hispanidad indiana: «la patria en las Indias y las Indias en las Españas». Unidad NO es uniformidad. Precisamente por ello es por lo que se critica a la idea de Europa, no por odio al alemán o al francés, sino por rechazo al concepto abstracto uniformador que emerge tras la ruptura de la vieja Cristiandad.

Por tanto, la auténtica solución radica en restaurar una sociedad orgánica y foral, compuesta de cuerpos intermedios vivos, que (como apuntó con ingenio el ponente) se asemeja más a una familia, a la cual no todos pueden pertenecer, que a un piso compartido, donde cualquiera puede entrar y salir. En la sociedad tradicional la pertenencia efectiva es fundamental: se pertenece a una familia, a un municipio, a un territorio, a unos cuerpos intermedios, etc. Por el contrario, el mundo actual se parece más a ese piso compartido que es la sociedad de masas moderna, donde las entidades han sido disueltas y sólo quedan los consumidores del gran supermercado que habitamos.  

Para concluir la intervención, se aseveró que frente a aquello de que «España es una y no cincuenta y una»,  proclamamos que «España es una y cincuenta y una».

Finalizada la ponencia, la discusión continuó con un interesante coloquio que fundamentalmente giró en torno al concepto de patria y nación. Tanto interesó el tema que la discusión se prolongó una hora más, ya acompañada de un buen vino español.

Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta

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