Nota necrológica que brindó «La Esperanza», en la tercera página de su edición de 24 de septiembre de 1868, a José de Lamas Pardo, autor del borrador de la famosa carta de la Princesa de Beira a los españoles suscrita el 25 de septiembre de 1864.
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En nuestro número correspondiente al día 5 del actual anunciamos la sensible muerte del Excmo. Sr. D. José de Lamas Pardo, uno de los personajes políticos que más figuraron en el campo carlista durante la guerra civil.
La noticia que entonces tuvimos estaba reducida a comunicar su fallecimiento, ocurrido en su casa de Saldange, ayuntamiento de Pastoriza, provincia de Lugo, donde residía, el día 15 del mes anterior; mas posteriormente hemos tenido ocasión de hablar con una persona que acaba de llegar a Madrid, y que había seguido siempre en íntimas relaciones y frecuente trato con el ahora ilustre difunto, y por ella sabemos que el Sr. Lamas Pardo, a pesar de su edad avanzada y de las dolencias que le aquejaban, dio hasta los últimos momentos pruebas inequívocas del espíritu religioso que fue durante su vida la base y el fundamento principal de todas sus acciones, y en cuya defensa, así como también en la del principio monárquico, sacrificó su bienestar y sus propios intereses.
La pérdida de tan esclarecido varón ha llenado de pena a cuantos conocían su rígida moral, su caballerosidad nunca desmentida, su profunda ciencia, preclaro talento, firmeza de carácter y demás prendas especiales que le distinguieron siempre como uno de los hombres más notables de la época en todos conceptos, y cuya reputación no tenemos inconveniente en decir había llegado a ser europea.
Nacido en Galicia el Sr. Lamas Pardo, y perteneciente a una familia de noble estirpe y rica en bienes de fortuna, se dedicó desde la niñez al estudio de las ciencias con tanta aplicación y aprovechamiento, que, habiendo concluido la carrera literaria y recibido el grado de doctor en leyes, fue nombrado por su extraordinaria capacidad y privilegiadas dotes rector de la universidad de Santiago, cuyo cargo importante desempeñó mucho tiempo con aplauso general.
Llamado después a la Corte, y a pesar de la resistencia que opuso, fue nombrado oficial del ministerio de Gracia y Justicia, donde sus relevantes servicios le elevaron más tarde a la categoría de consejero de las Órdenes, destino que sirvió hasta la muerte de Fernando VII, siendo su opinión respetada en toda clase de asuntos y consultas.
Cuando la Reina Cristina empezó a regir los destinos del Estado en calidad de Gobernadora, fue desterrado de la Corte por sus opiniones políticas, y, al poco tiempo, burlando la persecución de que era objeto, marchó a las Provincias Vascongadas, donde estuvo figurando en primer término, a pesar de su modestia y de su abnegación, y en las que permaneció hasta el convenio de Vergara.
Durante su larga emigración en Francia, donde se le prodigaron toda clase de distinciones, se ocupó en escribir varias obras, que no quiso dar a la prensa, y que hemos oído ponderar, así por su mérito literario, pureza de lenguaje y estilo correcto, como por las cuestiones sociales que en ella se dilucidan con una lógica contundente y con una claridad desusada en materias de tanto interés.
El amor a su patria le obligó a pasar el último tercio de la vida en el hogar doméstico que le vio nacer, trasladándose al pueblo de su naturaleza, donde ha sido el amparo de los pobres y un modelo de cristiana resignación, dejando su falta en el mayor desconsuelo a sus numerosos admiradores.
Sirvan estas cortas líneas de tributo a su grata memoria, y nuestras oraciones de sufragio para que el Padre de las misericordias le conceda en la eternidad el premio a que aspiró siempre en la tierra.
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