Uno de los más grandes intelectuales católicos rioplatenses del siglo pasado fue el filósofo y jurista argentino Carlos Alberto Sacheri, portentoso académico que alzó su voz en contra de las desviaciones de la Iglesia en los turbulentos años post-conciliares, manifestadas en Sudamérica particularmente bajo la forma de ideologías izquierdizantes como la llamada teología de la liberación o la teología del pueblo; personificada esta última en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en la República Argentina. Frente a estas corrientes, Sacheri se plantó en defensa del entendimiento tradicional de la Doctrina Social de la Iglesia, demostrando un amplio y profundo conocimiento del magisterio social y político de la Iglesia desde León XIII en adelante; remarcando su oposición tanto al comunismo como a a la economía laissez-faire promovida por el liberalismo clásico y moderno. Esta defensa de la sana doctrina cristiana le valdría el martirio a manos de enemigos de la fe.
En materia política más concreta, Carlos Sacheri ha sido identificado tanto con el tradicionalismo como con el nacionalismo católico argentino, considerándose a sí mismo en su tiempo discípulo del P. Julio Meinvielle, figura clave dentro de aquella esfera de la intelectualidad católica argentina. A esto se agrega su pertenencia a organizaciones como el MUNA (Movimiento Unificado Nacionalista Argentino), agrupación heteróclita fundada a fin de unificar diferentes corrientes del nacionalismo argentino, como su mismo nombre indicaba; como también del también nacionalista Movimiento de la Nueva República.
Sin embargo, Jean Ousset, colaborador cercano de Sacheri a través de medios como la Cité Catholique y la revista Verbo, se atrevía a decir de su amigo argentino que «no era nacionalista». De la misma manera, Juan Esteban Olmedo, otra figura notable del nacionalismo católico argentino y concuñado de Carlos Alberto, decía de él que «No era lo que se suele decir un “hombre del nacionalismo”, sino alguien que coincidió con el nacionalismo. Era del mismo espíritu…»; a la par que otro referente de este ámbito como Gerardo Palacios Hardy lo identificaba como «poco nacionalista», al menos en el sentido clásico. En contraste, sus hermanos Oscar y Raúl Sacheri, decían de Carlos que «Se declaraba nacionalista […] Aunque Buby (apodo afectuoso de su familia) no coincidía a ultranza»¹.
Estas disparidades en la consideración que sus contactos tenían respecto a su pensamiento político, coincidiendo todos sin embargo en que no encajaba dentro del molde del típico nacionalista argentino, revelan el carácter especial que tuvo la obra política de Sacheri dentro de su contexto. Empezando por su apreciación filosófica de la historia argentina, si bien el discípulo de Meinvielle coincidía con la generalidad del nacionalismo argentino en su reivindicación de la figura del caudillo Juan Manuel de Rosas y la época de su dominio del país (con su consecuente desprecio del periodo posterior a su caída con la consolidación del estado nacional liberal), tenía una visión mucho menos favorable de la Revolución de Mayo:
«En el país (si comenzamos con la Revolución de Mayo), al margen del proceso mismo, hay un hecho que la acompaña, un hecho revolucionario, antinacional y anticristiano, que es la ruptura de la tradición. Tradición política por un lado, pero también tradición cultural. El enfrentamiento con España por razones muy explicables en este caso, sin embargo se traduce en un divorcio, en una ruptura cultural entre los países latinoamericanos y la tradición europea a través de la obra española. Se infiltran ideologías extrañas, que ya estaban antes de todo este proceso y, a través del liberalismo que en todo momento lo va a acompañar, lo va a alentar y terminará por dirigirlo casi sin excepción. Ya había ideologías extrañas de tipo racionalista en las universidades durante el último período de la colonia; es decir, la colonia no tenía en nuestro caso demasiadas armas para hacer frente a esa invasión de los grupos liberales».
En este fragmento de su escrito titulado «Esencia, evaluación, y estrategia de la Ciudad Católica», Sacheri identifica claramente a los sucesos de Mayo de 1810 en Buenos Aires como un punto de quiebre que supone la ruptura con la tradición política católica hispánica en favor de un aluvión de las ideas modernas y liberales venidas del extranjero; contra las cuales la intelectualidad y sociedad local no tenía suficientes mecanismos de defensa por la decadencia de la filosofía escolástica en favor de contaminaciones galicanas y jansenistas propias de los claustros universitarios virreinales de las últimas décadas del siglo XVIII. Esta línea de pensamiento sobre el hecho inicial del proceso de emancipación argentina, contrasta totalmente con la tendencia de los nacionalismos católicos de ayer y hoy de plantear un revisionismo histórico que busca desligar al 25 de Mayo (y con él a toda la lucha por la independencia del país y el continente) de su connotación política liberal; hasta el extremo de plantear que por el contrario habría supuesto una auténtica reacción hispánica contra las desviaciones doctrinales de la península.
Fuera del aspecto histórico, otra discordancia importante de Sacheri con un gran porcentaje de los representantes actuales del nacionalismo católico argentino, se daría en su visión de la economía y el papel del estado. Si bien en sus «Cartas nacionalistas», el autor habla de la necesidad de una «nacionalización de la economía», sus ideas concretas se alejan mucho de las utopías estatistas filofascistas y filofalangistas de muchos proponentes del nacional-catolicismo en nuestros tiempos. Decía de él con mucha precisión Federico Mihura Seeber: «Él tenía una formación nacionalista más francesa […] Él dudaba del nacionalismo. No era de ninguna manera estatista»².
En efecto, por sus contactos con la Cité Catholique y otras figuras de la intelectualidad católica del mundo francófono, se puede inferir que Sacheri presentaba una cercanía en muchos sentidos al «nacionalismo integral» pregonado por el controvertido Charles Maurras; especialmente en su idea de un Estado que fuese fuerte para realizar sus tareas correspondientes, pero que no fuese totalitario en un afán absorber totalmente las funciones de la sociedad subyacente. Esta concepción organicista de la sociedad y la comunidad política, y consiguientemente en la vida económica, se deja entrever en la valoración de Sacheri sobre la Cristiandad Medieval:
«No sólo la primacía de los valores religiosos inspiró numerosas iniciativas de tipo asistencial […] También presidió en materia económica la organización de talleres y de los primeros gremios profesionales, instituciones que organizaban las actividades económicas de cada oficio o artesanía, a la vez que asumían eficazmente la defensa de los intereses comunes frente a la nobleza y al monarca. Lo mismo cabría señalar en cuanto a la marcada descentralización de las comunas y municipios en el orden político, con el reconocimiento de sus autonomías a través de la legislación foral y los privilegios de que gozaban muchas ciudades»³.
Vemos entonces en el filósofo argentino una concepción católica y tradicional de la política, la cual se traducía no solamente en su carácter realista y práctico que volvía difícil que cualquier partido u organización política concreta lo reclamase como suyo exclusivamente, sino en una visión de la historia argentina alejada de las idealizaciones chauvinistas en las que tan a menudo caen de forma viciosamente los ideólogos del nacionalismo por estos pagos. En este sentido pues, Bernardino Montejano en sentido aristotélico decía tan acertadamente que «murió por las esencias»⁴.
Celedonio Blázquez de Vera
[1] Testimonios recogidos del libro «Sacheri: Predicar y morir por la Argentina», de Héctor Humberto Hernández.
[2] Ibíd.
[3] Sacheri, Carlos Alberto. El Orden Natural. Buenos Aires, Editorial Vórtice, 2008.
[4] Montejano, Bernardino. Inicionaje a Carlos Alberto Sahceri a los veinticinco años de su muerte. Verbo. núm. 381-382 (2000), 7-16.
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