La democracia es decadente en sí misma, un sainete, como la «Patria milagro liberal». Tan solo al observar su componente roussoniano, donde las mayorías quitan y ponen, sin importar si deciden quitarse la cabeza y colocarse la de una bestia, es ya de por sí razón suficiente para mirar con horror este fundamento del gobierno. En el pasado es bien sabido que los programas políticos, los líderes, proponían a los ciudadanos, inspiraban a moldear su espíritu, a perfeccionarse, pero hoy, habiendo este sistema hecho metástasis (cuestión inevitable por su naturaleza), es la mayoría la que impone al gobierno cómo y dónde hacer la exhibición de circo.
El gobierno entrante de Abelardo de la Espriella ha sido, junto con el de su predecesor, el de Gustavo Petro, la muestra del populismo más burdo al servicio de las pasiones más bajas o la permisividad de las masas; Petro fue un presidente que dio discursos ebrio y vivió públicamente el divorcio, el adulterio y otras aficiones insanas, pero esto no como razón de estupidez (aunque tal vez sí), sino como conexión con su electorado quien aplaudía desaforadamente, al observar en él el espejo de su vida cotidiana, el vergonzoso y ruin actuar de su jefe de Estado. El político de hoy no da ideas, no es adalid de valores y dominio propio, es monigote, pelele del globalismo y de las masas, masas inyectadas de globalismo.
De la Espriella, complaciendo las fuertes bodegas del evangelismo gringo (esto ayudado por los católicos indiferentes a la verdad, vicio del Concilio Vaticano II), promotores de la libertad de culto y adoradores del régimen liberal del 91, grupúsculos con gran poder económico, hizo y hará más teatros llenos de merengosos pseudopastores y rabinos para gusto de las masas que dicen creer en Dios, pero a su manera, mientras atentan contra la tradición religiosa de la patria, su ethos católico y su sentido hispánico, con vasallaje oprobioso a los norteamericanos y copia burda de sus formas de vida.
No basta con utilizar la Virgen de Fátima, tampoco con subir vídeos sentimentalistas sobre el Sagrado Corazón, menos con poner a figurar al capellán de presidencia mientras estas cosas tienen el mismo valor que las herejías de un protestante o las blasfemias de un judío, tampoco basta la babaza colgante de los católicos que observan esperanzados este árbol que les impide mirar el bosque; lo total, enseñado por la Tradición de la Iglesia, encarnado por los mártires, puesto en práctica por los grandes reyes santos, es que el catolicismo y lo derivado de él, las virtudes, el bien común, la salvación de las almas y la supremacía de Cristo es lo único que debe figurar en todo líder y en todo fiel, siendo lo demás antípoda de la Verdad.
Esto es lo que hay para los católicos conscientes, quienes observaron con curioso ademán la campaña de símbolos católicos y rechazaron con horror su ecumenismo, o quienes la rechazaron tajantemente desde un principio. Es la «Patria milagro liberal» enemiga del Reinado Social de Jesucristo, es la babaza del grueso grupo de católicos su motor, es el capital de las sectas su combustible y son las masas las que dictan la función circense del día, masas enajenadas, claro, por el globalismo, señor y patrón de Abelardo de la Espriella.
Johan Andrés Paloma, Círculo Tradicionalista de Santafé de Bogotá
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