«Perder defendiendo la Verdad no es fracasar»

Juan María Bordaberry es sin lugar a dudas una de las figuras más reconocidas del tradicionalismo rioplatense, procedente de una familia católica conservadora de origen vasco-francés, iniciaría su carrera política dentro del movimiento ruralista lo cual lo llevaría a ocupar un escaño en el senado de la República. Tiempo después ocuparía el cargo de ministro de Ganadería lo que lo catapultaría a ser candidato presidencial en las elecciones de 1971 por el Partido Colorado, elección que lo llevaría a ocupar la Presidencia de la República entre 1972 y 1976.

Fue durante su presidencia al ver desde dentro del Estado los conflictos de la masonería es que Bordaberry terminaría asumiendo posturas cada vez más tradicionalistas las cuales llevarían a diferencias doctrinales con los altos cargos militares y a su posterior destitución. Luego de su presidencia, Bordaberry se dedicaría a escribir extensamente sobre la defensa de la Hispanidad y el Carlismo lo que llevaría a que S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón-Parma lo nombraría caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita.

A continuación hemos seleccionado algunas partes de la entrevista que realizó Marcelo González en el año 2002 para el portal Panorama Católico Internacional la cual dejamos en su totalidad aquí.

¿Cómo llegó y cómo se fue de la Presidencia?

Ya le he relatado que el Presidente Pacheco me ofreció la candidatura a la Presidencia, que me sentí obligado en conciencia a aceptar dada la situación del país. La rebelión tupamara estaba en su plenitud y desde el punto de vista económico el país gozaba de una estabilidad irreal, porque durante tres años se había mantenido estable artificialmente la cotización del dólar, lo que era obviamente una bomba a estallar. Estos aspectos estaban relacionados entre sí, porque una devaluación traería carestía que sería explotada por la izquierda, legal o revolucionaria.

Cuando uno asume un cargo así no puede pretender resolver todos los problemas y no tiene más remedio que establecer prioridades. Yo me impuse el objetivo de terminar con la guerrilla tupamara y modificar todo el sistema económico y financiero dirigista que frenaba al país, impedía la inversión externa y ahogaba la producción, especialmente la agropecuaria.

Me hubiera gustado también reformar la enseñanza, pero éste era un hueso duro de roer porque el sistema tenía una base filosófica muy fuerte en el país y más de setenta años de existencia.

 ¿Y el enfrentamiento con la guerrilla tupamara?

…la insurrección tupamara fue un conflicto dentro de la masonería. Por un lado los que piensan que la Revolución puede detenerse llegado un punto de evolución del liberalismo y los que, más coherentes con el pensamiento liberal, creen que la Revolución no sólo no tiene fin sino que pretenderlo es la negación del pensamiento liberal -lo que es cierto- y nadie puede asumir el derecho de detenerla sin contradecirlo.

Por eso, porque lo que los separaba era sólo el grado de profundización de la agresión revolucionaria contra Dios, cuando los primeros derrotaron militarmente a los segundos y tomaron el poder político devuelto por los mandos militares masones, lo primero que hicieron fue amnistiar a los derrotados. Estos salieron de la cárcel con las mismas consignas pero se insertaron en el sistema partitocrático, organizándose políticamente y llegando a bancas de diputados y senadores. El objetivo era traerlos nuevamente al redil democrático-liberal, no sancionarlos.

 ¿Y Vd. qué hacía presidiendo ese conflicto? ¿Tenía conciencia de él?

¡Buena pregunta! Cuando me hice cargo de la Presidencia desde luego que no: los tupamaros eran unos comunistas castristas malos que querían interrumpir la vida pacífica del pueblo oriental por medios extraños para nuestra sociedad. Y todos los que estábamos de este lado éramos los buenos patriotas que queríamos librar al Uruguay de esa agresión.

Esa era la obligación primaria del Presidente, de cualquier forma, sin profundizar más en los hechos que estaban ocurriendo: restablecer la paz en la sociedad uruguaya.

Pero la Presidencia de la República era un buen punto de observación: poco a poco fui tomando nota de sucesos y episodios que no podían explicarse dentro de aquél simplismo inicial. No le voy a detallar todos, lo que sería impropio a estos fines… le señalaré solamente el tal vez más chocante: la liberación de Embajador británico Jackson, secuestrado durante meses, luego de una mediación del masón Allende, liberación que fue seguida por la «fuga» de más de 100 tupamaros de la cárcel. Si bien este episodio ocurrió cuando todavía faltaban unos meses para que yo asumiera la Presidencia, los hechos posteriores me permitieron juzgarlo de otra manera. El director de la cárcel fue elevado a la Jefatura de Estado Mayor de una de las circunscripciones militares del país.

 ¿Los militares no le causaron dificultades?

En términos generales no… en algunos temas de trascendencia tuvimos a veces largas jornadas para ponernos de acuerdo pero siempre con resultados satisfactorios, como el caso del Tratado de Límites con la Argentina. Los militares no estaban atados por la contradicción inmoral que plantea la democracia entre la libertad responsable del hombre y los sistemas políticos liberales, bajo la falacia de «disciplina partidaria».

Pero esto funcionó bien hasta que se hizo necesario definir la conducta a seguir frente al umbral que significaba el último domingo de noviembre de 1976, en el cual debía realizarse elecciones, conforme a la disposición constitucional. Un largo proceso de conversaciones y discusiones culminó el 12 de junio de 1976 cuando me sustituyeron en el cargo.

 ¿Cuáles eran las diferencias?

Eran diferencias doctrinarias y por tanto, intransables. En los mandos militares pudimos advertir poco a poco la influencia de la masonería en las negociaciones, defendiendo el retorno al sistema político democrático liberal. También era extraño ver a oficiales de menor rango llevar la palabra con más autoridad que sus superiores naturales.

Por mi parte, la exigencia de definición que nos planteaba este problema tan trascendente me hizo meditar y profundizar tanto que llegué a ver que lo que estábamos viviendo, en paz y tranquilidad, con la vigencia de una autoridad real, era una sociedad que se desenvolvía según los principios cristianos del orden político. Me di cuenta que lo que había que hacer era dar respaldo institucional a esa situación, lo que me sentía con fuerzas para explicar al pueblo uruguayo: porqué no se podía volver a lo anterior y porqué había que institucionalizar la situación existente. Y en ésta no había partidos políticos disputando el poder en perjuicio de otros bienes que tenían prioridad, no había sufragio universal, es decir colocar la Verdad en el número cambiante, no había libertad para proclamar el error, etc.

Era obvio que el resultado iba a ser el que ocurrió: la masonería no podía aceptar un cambio doctrinario hacia los principios cristianos, eso era indudable y yo caería sosteniendo la Verdad que la Providencia me había hecho encontrar.

 Es muy grande entonces el poder de la masonería en el Uruguay.

Así es. Hay un notable libro, editado por Ediciones de Cultura Hispánica en Madrid en 1949, que se titula «Uruguay, Benjamín de España». El autor es un diplomático español en la representación en Montevideo, llamado Ernesto La Orden Miracle. Debe ser muy difícil de conseguir. Yo lo obtuve prestado de un amigo (lo devolví) y pude leerlo y tomar notas de él. Este hombre, en los, a lo sumo tres años que estuvo entre nosotros estudió tan bien el Uruguay que me atrevería a decir que lo conoció mejor que muchos de nosotros.

Analiza todos los aspectos: históricos, políticos, culturales, literarios y religiosos. Es imposible referirle todo lo que hay de interés pero me parece oportuno decirle, por ejemplo, cómo le llama la atención que en los cementerios haya tantos símbolos masónicos. Refiere como anécdota que atribuye a un diplomático español en Buenos Aires, aunque yo sospecho que puede haber sido él mismo, que calificó al Uruguay como los «estados pontificios de la masonería».

 ¿Y cómo, teniendo tanto poder, permitió la masonería que un católico llegara a la Presidencia de la República?

Mire, le diré algo que tiene parte de anecdótico y mucho de trascendencia. Mi padre me dijo un día, un día cualquiera, en una conversación cualquiera, que en este país nadie podía llegar a la Presidencia sin ser masón. Yo, con el ardor de un joven y novel estudiante de Derecho, le dije la simpleza de que la Constitución permite que cualquiera pueda serlo.

Cuando asumí la Presidencia recordé el episodio y pensé atrevidamente que mi padre estaba equivocado. Tiempo después, no siendo ya Presidente, una persona conocida me dijo: » ¿Vd. nunca pensó que a Vd. lo eligió la masonería?» Naturalmente le pregunté a mi vez en qué fundaba tan extraña afirmación. Me contestó que la situación había llegado a un punto en el cual había que tomar medidas que ningún masón podía tomar, como disolver las Cámaras o pasar civiles a la justicia militar por lo que la masonería aceptó mi candidatura si es que no la propuso. Con el tiempo fui analizando esta idea, que al principio me sonó disparatada y puedo decirle ahora, sin entrar en todos los episodios que recordé bajo esa óptica, que me parece muy verosímil. Mi padre, al fin, debe haber tenido razón.

 ¿Se sintió fracasado cuando fue desplazado de la Presidencia?

Bueno, era evidentemente muy ambiciosa la empresa. Sin embargo, creo que se desaprovechó una hermosa oportunidad que no pudimos ni siquiera explicar al pueblo uruguayo, que pienso que si no por los principios mismos que estaban en juego, por el momento histórico que estábamos viviendo, alguna posibilidad de éxito tenía.

Por otra parte perder defendiendo la Verdad no es fracasar. Me resulta casi obvio decirle que yo no aspiraba a continuar en la Presidencia sino a hacer prevalecer esos conceptos cristianos y naturales.

 ¿Qué solución ve Vd. para todo esto?

Lo primero es la Fe. El Vaticano II ha sido muy negativo en esta tendencia, ya hoy impuesta, hacia la coexistencia con el error modernista. No quiero internarme en la opinión sobre el Concilio pero si lo hemos de conocer por sus frutos éstos están a la vista. No hay vocaciones, se celebra una liturgia protestante y los templos se vacían. No puedo entender cómo se beatifica al Papa del «Syllabus» conjuntamente con el que proclamó los principios contrarios. Parece inevitable pensar en mutuas concesiones de sectores enfrentados, lo que no condice con la Unidad en la Fe. Por otra parte ¿cómo vamos a tener vocaciones cuando se proclama la libertad de conciencia? La Iglesia ha perdido sentido misional.

Creo que la elección del próximo Papa será crucial… confiemos en el Espíritu Santo.

Pero estamos hablando del orden en las sociedades y allí debemos ver otro campo a rehabilitar: las Fuerzas Armadas. No hay sociedad sin orden y no hay orden sin una fuerza legítima que lo guarde y respalde a los hombres de buena voluntad que quieran trabajar por el bien común. El liberalismo ha promovido o aceptado pacíficamente en nuestros países la desaparición en la práctica de los ejércitos. Y lo ha hecho porque quedó demostrado que son la única fuerza social que puede frenar la revolución. Nadie se escandalice por oír decir que el liberalismo es revolucionario: ese objetivo es de su esencia. Ya Juan Donoso Cortés decía en su tiempo «Ambas escuelas – la liberal y la socialista – no se distinguen entre sí por sus ideas sino por su arrojo.»

Una sociedad cristiana necesita de una fuerza que la defienda de la maldad y del error.

Y por último en nuestros países tenemos un tercer pilar a rescatar y recimentar: la hispanidad. Es tiempo de sacar al mundo del engaño de la versión anglosajona de la historia moderna, empezando por nosotros mismos, que no podemos, aunque sea por dignidad, seguir siendo tributarios de una cultura decadente y extraña que nos denigra a diario.

Son objetivos harto difíciles: encomendémonos a Dios como en una Cruzada para lograrlo con serenidad, paciencia y Fe.

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