El papel de las Margaritas y la importancia de la mujer como corazón del pueblo carlista

Al verme abocada a intervenir en este coloquio, me enteré de que había un título. Sé por experiencia (completamente vicaria ya que, esto de ponerme a hablar a mí, gracias a Dios, es un error que se comete poco), que elaborar algo ciñéndose a un tema dado puede ser más complicado que escoger uno que se tenga ya trillado, más presente en ese momento… El P. Sellas muy amablemente me dijo que podíamos hablar de lo que quisiéramos, pero me fui dando cuenta que en el título propuesto había una palabra a la que no paraba de darle vueltas: corazón.

Cuanto más pensaba en ella, más veía la idoneidad del término, que no se trataba de un simple adorno retórico, ni de una metáfora bonita, sino de una realidad muy honda.

La tradición carlista recuerda a las Margaritas no como acompañantes, sino como verdaderas sostenedoras de la Causa: la madre que formaba el alma de los hijos, la esposa que fortalecía al marido, la joven que animaba al combatiente, y también la mujer que rezaba, cuidaba, sufría y servía en los hospitales. Históricamente, las Margaritas destacaron en dos campos muy significativos: la educación y la curación. Supieron ver que había que defender las almas de los niños y de los jóvenes, y por eso organizaron catequesis, formación y escuelas; supieron también ver que había que curar cuerpos y asistir a los heridos, por eso se prepararon en enfermería y primeros auxilios. A comienzos de 1936 se llegó a contabilizar más de veintitrés mil Margaritas, señal de que no se trataba de una presencia marginal, sino de una fuerza viva y organizada.

Y hasta hoy: la Tradición se transmite y sigue viva gracias al pueblo carlista; este pueblo, como toda sociedad humana que busca su continuidad y no su autodestrucción, tiene como célula fundamental a la familia. Por eso, si la mujer ha sido siempre el corazón de la vida familiar, no me parece en absoluto exagerado afirmar que la mujer es también el corazón del pueblo carlista.

Si me permitís, me gustaría fijarme en algunas características y funciones concretas del corazón (sabiendo que soy lega en medicina), porque cada una de ellas puede iluminar de un modo muy preciso el papel de la mujer, y en particular el de las Margaritas, dentro de la familia y de la Comunión Tradicionalista.

I. El corazón debe está en el centro

El corazón no sustituye al resto del cuerpo, pero está en su centro y lo sostiene todo. Y debe estar en su lugar, porque si no está donde debe, nada funciona como debe. Las Margaritas, centradas en sus deberes de estado y para con la Patria llevarán a cabo su importante labor de servicio: servicio al hogar, a los necesitados, a los heridos, a los presos, a la comunidad… En definitiva: a la continuidad de la Tradición. Siguiendo a Cristo ‘no he venido a ser servido, sino a servir’ (Mc 10,45), las Margaritas proporcionan el sustrato -un hogar firme, una educación recta, una caridad constante y una piedad perseverante- de la acción visible (la milicia, la política, la acción pública), de la cual, como hemos visto, tenemos numerosos ejemplos llevados a cabo por nuestras antecesoras.

II. El corazón necesita ser alimentado

Para poder sostener al cuerpo, el corazón tiene que sostenerse también a sí mismo. Por eso posee su propia circulación, la circulación coronaria. Si esas arterias fallan, el corazón cae; y con él, todo lo demás.

Algo semejante sucede con la mujer. De ahí la importancia de su formación espiritual e intelectual. La Margarita debe cuidar su oración, su vida sacramental, su trato con Dios, su conocimiento de la doctrina religiosa, social y política, su juicio y su vida interior. Porque nadie puede dar lo que no tiene. Arraigadas en Dios y en sus mandamientos, podremos derramar caridad sin perder la paz. Sólo desde esa vida interior se entiende la verdadera asistencia social y la verdadera misericordia: no como activismo, sino como desbordamiento del corazón.

No obstante, se decía de las Margaritas enfermeras que entregaban “el don magnífico de su corazón hecho ansias de caridad, de piedad y de sacrificio”. Como vemos, la metáfora ya estaba ahí: un corazón que, alimentado por Dios, se convierte en fuente de caridad para los demás.

III. El corazón bombea vida

La primera función del corazón, bombear sangre, es, por así decirlo, la que da la vida. Si el corazón deja de latir, todo se apaga. Y algo semejante ocurre con la mujer en la familia y en el pueblo carlista. Y lo hace en un doble sentido, porque el corazón de la mujer, por su propia naturaleza, es profundamente maternal, incluso aunque no lo sea biológicamente: reza, cuida, protege, sostiene, consuela e impulsa. Se vuelca sobre los hijos, sobre los ahijados, sobre los sobrinos, sobre los enfermos, sobre los necesitados y sobre todos aquellos que Dios pone a su alcance.

Y, además de transmitir vida en ese sentido más inmediato, la mujer la transmite también educando. Y ésta ha sido una misión muy propia de las Margaritas: formar conciencias, educar al que no sabe, inculcar hábitos religiosos, enseñar la fortaleza, el orden, la piedad, la modestia y una cultura doméstica coherente con la Tradición. Semejante a la circulación sanguínea: constante, silenciosa, paciente. Son pequeñas enseñanzas,  ejemplos cotidianos, palabras dichas a tiempo, correcciones discretas, costumbres bien asentadas. Y todo eso, con los años, va configurando una forma de ser y de vivir.

Esa labor maternal y educativa asegura que la vida -biológica, moral y espiritual- alcance a toda la comunidad. Sin ese latido continuo, lo demás, por fuerte o visible que parezca, termina por debilitarse.

Y aquí podría generarse un diálogo sobre la educación y para el que no quiero dejar de citar al P. Saint Juré que, en su tratado de “La divina Providencia” pone la piedra angular necesaria para llevarla a cabo con éxito: “(…) no tenéis más que concurrir a la paternidad del mismo Dios, formando, con vuestros ejemplos ante todo, hijos según su corazón [una vez más, el corazón]. Tened cuidado de evitar cualquier otra ambición, que éste sea el objeto de todos vuestros  deseos y solicitudes; luego descansad con plena seguridad, (…) en los solícitos cuidados de su Padre celestial, Él velará por ellos, Él gobernará su corazón y dispondrá de todas las cosas para asegurar su dicha, incluso la de aquí abajo, y lo hará de un modo tanto más admirable cuanto más fielmente sepáis preservaros de toda visión mundana al respecto (…).”

IV. El corazón oxigena y evita la asfixia

El corazón no trabaja solo: coopera con los pulmones para llevar el oxígeno a todo el organismo. Gracias a esa colaboración, el cuerpo no se asfixia. En la vida del tradicionalismo, esa oxigenación se parece mucho a la dimensión religiosa que tantas veces han sostenido y sostienen las Margaritas: la oración, el sacrificio, la penitencia, los rosarios, las novenas y los vía crucis, la reparación silenciosa y la perseverancia en lo sobrenatural.

Una causa que no respira sobrenaturalmente termina ahogándose. Las Margaritas deben mantener ese aire puro de la vida cristiana dentro de las familias y dentro de la Comunión, recordando con su ejemplo que la Tradición que el Carlismo no es sólo un mero posicionamiento político teórico más, sino que es una forma de vivir cimentado en una fidelidad coherente de la fe, que irradia en todos los ámbitos de nuestra vida, desde el familiar, al social. Como decía Juan Donoso Cortés “detrás de toda cuestión política hay una cuestión teológica”.

Allí donde una mujer reza, ofrece, se sacrifica y enseña a mirar al cielo, hace entrar oxígeno en todo el cuerpo social y permite la ineludible acción política, a la que, por cierto, no debemos olvidar también está llamada.

Un punto que se podría tratar en un coloquio más concreto es sobre cómo conseguir el difícil equilibrio entre estas dos cuestiones: la piedad y la acción. Por la tendencia natural de la mujer, se corre el riesgo de reducir su papel a las obras de piedad sin atender a la acción a la que, como hemos visto, también es necesaria; y, por otro lado, la tendencia antinatural que nos quiere imponer el mundo actual, de productividad sin trascendencia, de éxito visible, lleva a que se desprecie la piedad, lo que puede llevarnos a acabar actuando sin fundamento.

 V. El corazón marca un ritmo

El corazón posee un “sistema eléctrico” propio: marca un ritmo. Y cuando ese ritmo falla, todo el cuerpo se descoordina. También en la vida familiar y social hace falta un compás, una constancia, una regularidad.

Algo parecido ocurrió históricamente con las Margaritas y debemos aspirar recuperarlo: supieron enmarcar las tareas, incluso las más humildes, dentro de redes de apoyo y de unidad en la acción. Ahí están, por ejemplo, la organización del Socorro Blanco, con María Urraca Pastor a la cabeza, con sus juntas locales femeninas, mecanismos de recaudación y asistencia; o la obra de “La Caridad” fundada por la Reina Margarita. Todo eso nos enseña que la fidelidad necesita ritmo, y que las grandes obras se sostienen, en realidad, por la constancia en los deberes pequeños llevadas a cabo con perseverancia por personas que se ofrecen de corazón, se ponen a la orden sin pegas, sin querer mandar o imponerse.

Y como ejemplo de esto, un aplauso de agradecimiento a todas las personas que han hecho posible que estemos en este encuentro.

VI. El corazón tiene vasos sanguíneos y válvulas: no todo vale, ni todo puede ir en cualquier dirección

El corazón dispone de válvulas y vasos para que la sangre circule en la dirección y caudal correcta. Si esas válvulas fallan, la circulación se altera y el cuerpo entero se resiente. Esta función puede compararse con la prudencia, que es una de las virtudes más necesarias en la vida de una Margarita. Prudencia para discernir qué hacer y qué no hacer; cuándo hablar y cuándo callar; cuándo insistir y cuándo esperar; qué conviene a la familia, qué la perjudica, qué fortalece a los hijos, qué desvía al marido, qué ayuda a la Causa y qué la dispersa.

En este punto podría llevar a un debate interesante: cómo las redes sociales, llevándonos a una espiral de autobombo y alimento de la vanidad llegando a caer en cierta falta de pudor.

Estas dos últimas funciones permiten que la generosidad no acabe perdiéndose en muchos frentes y encima, en muchos casos, haciendo que lo esencial quede descuidado. La margarita está centrada en sus deberes de estado y organizada, sabiendo que su fuerza no consiste en querer abarcarlo todo, sino en cumplir con fidelidad aquello que Dios le ha encomendado, en la familia, en la comunidad, en la acción. Igual que el corazón no puede mandar la sangre al azar, a cualquier lado en cualquier momento, tampoco podemos dejarnos llevar por la improvisación o por el puro impulso: necesita criterio, orden interior y sentido de realidad.

VII. Parecerse, en fin, al Sagrado Corazón de María

Y, si buscamos el modelo más alto de todo esto, no podemos sino mirar al Corazón de María. Ella tiene un Corazón que cree (“Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá lo que se te ha dicho de parte del Señor”) y se ofrece (“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”) sabiendo incluso que “una espada lo atravesará”. Ella “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” y actúa alabando a Dios (“Proclama mi alma la grandeza del Señor”), intercediendo por los necesitados “Haced lo que Él os diga” y dando ejemplo de caridad al ir a visitar a Isabel y acogiendo a Juan y a todos los hombres como hijos espirituales. Su corazón no es inquieto, superficial o impulsivo, sino recogido, humilde, prudente, manso y fuerte. No busca nunca el primer plano, pero estuvo y está en el centro mismo de la Historia de la Salvación. Su grandeza es precisamente ésa: estar escondida y, sin embargo, sostener con su fidelidad una misión inmensa.

La mujer carlista ha de aprender de ese Corazón de María a guardar, a meditar, a perseverar, a sufrir sin estrépito, a amar sin reclamar protagonismo, a sostener sin imponerse y a servir sin degradarse. Y, unida al Corazón de su Hijo, podrá ser también mansa y humilde de corazón, para que toda su vida tenga ese tono de fortaleza serena que tanto necesita nuestro tiempo.

Por eso, decir que la mujer es el corazón del pueblo carlista no es una frase bonita ni un elogio vacío. Es describir una realidad. Mientras haya mujeres que recen, eduquen, ordenen, consuelen, sirvan, se sacrifiquen y mantengan viva la llama del hogar y de la fe, la Tradición seguirá latiendo. Y ésa ha sido, y sigue siendo, la gran misión de las Margaritas.

Paula Gambra Mariné

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta