El fracaso de la «educación por competencias» en la práctica (II)

los gurús de la nueva visión seudoeducativa de la formación superior son incoherentes con sus propias ideas

Cuando por fin me tocó ser docente en una universidad privada, tuve la oportunidad de verificar para qué me había servido tanta cháchara seudopedagógica y romanticista en el diplomado en Educación Superior que cursé. El resultado: cero. Toda esa patraña de la «educación por competencias» solo me sirvió para hartarme más y más de la manera en que se nos imponen ideologías por doquier.

Los funcionarios administrativos de la universidad nos prohibieron a los profesores decir la palabra «examen», porque eso recuerda al malvado modelo «tradicional» de educación, en el que se evaluaba a los alumnos por cumplimiento de objetivos, de manera conductista y, por supuesto, malvada. En cambio, nos insistían en hablar de «evaluación», lo cual connotaba un tono más suavito y endulcorado para no asustar a los alumnos, que ahora deben adquirir competencias y no cumplir objetivos.

Al respecto, como las competencias implican predominio de la práctica sobre la teoría, nos instaban a impartir habilidades prácticas, para supuestamente no hacer aburridas las clases. Y como el mundo actual se ha vuelto tan idólatra de la técnica, solo nos queda enfocarnos en lo útil e inmediato para despreciar, casi sin darnos cuenta, lo trascendente y contemplativo.

En resumen, se nos motivaba a desplegarnos en el aula de una manera «hippie»: flexibilidad, liquidez, horizontalidad, pluralismo… ¡pero irónicamente se nos enseñaba a eso de manera contraria! Todo rígido y militar: mecanizado, sólido, medido, calculado, vertical, unívoco…

Comenzar mi primer semestre como docente tuvo sus etapas de tortura: las mayores sucedían cuando había que rellenar documentos burocráticos.  Había que detallar específicamente qué iba a enseñar yo en cada clase, y si iba usar esta o aquella metodología: aprendizaje basado en proyectos o en investigación, o estudio de casos o «metacognición». Además, qué tiempo iba a durar cada actividad y qué recursos manuales o digitales iba a utilizar.

Digo etapas y no totalidad porque los mejores momentos eran cuando me tocaba estar en el aula: libre de la vigilancia y el control de los policías de la nueva ideología seudoeducativa. Con mis alumnos, podía ser más espontáneo, natural, orgánico. ¿Qué iban a saber ellos de las estupideces que nos enseñan a los docentes sobre cómo educarlos a ellos?

Sin embargo, aun así, las autoridades universitarias nos instaban a seguir el programa o «diseño instruccional de la asignatura», y nos advertían que el estudiante podía reclamar a instancias superiores si no seguíamos al pie de la letra dicho Excel repleto de fórmulas y palabrería basura. Por fortuna, hasta donde sé, mis alumnos nunca reclamaron por semejante tontería.

Además, todos estos años, la universidad se ha esmerado en obligarnos a participar de sus talleres, charlas e «inducciones», con el fin de lavarnos más el cerebro y meternos más la basura asquerosa que defienden. Sesiones virtuales y presenciales aburridísimas, verticales y magistrales contrastaban con lo que ellos tanto nos decían que debíamos adquirir: una noción horizontal y constructiva de la educación.

En suma: el problema con los primeros pinitos de mi experiencia concreta de ser catedrático fue —para reír y llorar— ver cómo los gurús de la nueva visión seudoeducativa de la formación superior son incoherentes con sus propias ideas. No obstante, esta universidad era solo el comienzo: pronto me esperaría el terror de otra con mayor y más monstruosa carga ideológica.

Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.

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