Cuando por fin me tocó ser docente en una universidad privada, tuve la oportunidad de verificar para qué me había servido tanta cháchara seudopedagógica y romanticista en el diplomado en Educación Superior que cursé. El resultado: cero. Toda esa patraña de la «educación por competencias» solo me sirvió para hartarme más y más de la manera en que se nos imponen ideologías por doquier.
Los funcionarios administrativos de la universidad nos prohibieron a los profesores decir la palabra «examen», porque eso recuerda al malvado modelo «tradicional» de educación, en el que se evaluaba a los alumnos por cumplimiento de objetivos, de manera conductista y, por supuesto, malvada. En cambio, nos insistían en hablar de «evaluación», lo cual connotaba un tono más suavito y endulcorado para no asustar a los alumnos, que ahora deben adquirir competencias y no cumplir objetivos.
Al respecto, como las competencias implican predominio de la práctica sobre la teoría, nos instaban a impartir habilidades prácticas, para supuestamente no hacer aburridas las clases. Y como el mundo actual se ha vuelto tan idólatra de la técnica, solo nos queda enfocarnos en lo útil e inmediato para despreciar, casi sin darnos cuenta, lo trascendente y contemplativo.
En resumen, se nos motivaba a desplegarnos en el aula de una manera «hippie»: flexibilidad, liquidez, horizontalidad, pluralismo… ¡pero irónicamente se nos enseñaba a eso de manera contraria! Todo rígido y militar: mecanizado, sólido, medido, calculado, vertical, unívoco…
Comenzar mi primer semestre como docente tuvo sus etapas de tortura: las mayores sucedían cuando había que rellenar documentos burocráticos. Había que detallar específicamente qué iba a enseñar yo en cada clase, y si iba usar esta o aquella metodología: aprendizaje basado en proyectos o en investigación, o estudio de casos o «metacognición». Además, qué tiempo iba a durar cada actividad y qué recursos manuales o digitales iba a utilizar.
Digo etapas y no totalidad porque los mejores momentos eran cuando me tocaba estar en el aula: libre de la vigilancia y el control de los policías de la nueva ideología seudoeducativa. Con mis alumnos, podía ser más espontáneo, natural, orgánico. ¿Qué iban a saber ellos de las estupideces que nos enseñan a los docentes sobre cómo educarlos a ellos?
Sin embargo, aun así, las autoridades universitarias nos instaban a seguir el programa o «diseño instruccional de la asignatura», y nos advertían que el estudiante podía reclamar a instancias superiores si no seguíamos al pie de la letra dicho Excel repleto de fórmulas y palabrería basura. Por fortuna, hasta donde sé, mis alumnos nunca reclamaron por semejante tontería.
Además, todos estos años, la universidad se ha esmerado en obligarnos a participar de sus talleres, charlas e «inducciones», con el fin de lavarnos más el cerebro y meternos más la basura asquerosa que defienden. Sesiones virtuales y presenciales aburridísimas, verticales y magistrales contrastaban con lo que ellos tanto nos decían que debíamos adquirir: una noción horizontal y constructiva de la educación.
En suma: el problema con los primeros pinitos de mi experiencia concreta de ser catedrático fue —para reír y llorar— ver cómo los gurús de la nueva visión seudoeducativa de la formación superior son incoherentes con sus propias ideas. No obstante, esta universidad era solo el comienzo: pronto me esperaría el terror de otra con mayor y más monstruosa carga ideológica.
Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.
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