Manuel de Santa Cruz, en el Tomo 3 (relativo al año 1941) de sus Apuntes, anota que «los carlistas exiliados en Argentina después de la Segunda Guerra [de 1872-1876] habían fundado y mantenían en Buenos Aires un “Círculo Tradicionalista Español” que fue reavivado por la Cruzada de 1936» (p. 72). Alma de esta revitalización fue indiscutiblemente el destacado carlista navarro-rioplatense Martín Echarren, quien presidió dicha asociación (Melchor Ferrer le considera incluso su fundador, en la escueta semblanza que le dedica en la página 107 del Tomo 29 de su Historia) desde 1933 hasta su fallecimiento a principios de 1939. A partir de diciembre de 1938 el Círculo publicaba mensualmente una hoja con el encabezamiento de «El Requeté», caracterizándose por sostener una línea editorial netamente carlista y con una bizarra libertad de palabra que contrastaba ostensiblemente con la forzada mesura y cuidado con que debían salir redactadas las contadas publicaciones formales (otra historia son los múltiples boletines y folletos clandestinos) que los católico-realistas peninsulares habían conseguido salvar de la confiscación unificadora de Franco.
Tras el deceso de Echarren, el Delegado del Rey Javier en el Río de la Plata, Demetrio Clement, nombró en enero de 1939 nuevo Jefe Local de Buenos Aires a Melchor Lluró, quien asimismo asumió la presidencia del «Círculo Tradicionalista Español». Los dos editoriales que vamos a transcribir salieron respectivamente en los números del mes de mayo y junio de 1939 de «El Requeté», por lo que no resulta aventurado conjeturar que se debieran a la pluma del Sr. Lluró. Si atendemos al índice del «Fondo Manuel Fal Conde» depositado en el Archivo de la «Universidad de Navarra», podemos observar que el Jefe Delegado mantuvo correspondencia con el Jefe Local bonaerense entre julio de 1937 y julio de 1962, aparte de que éste pudo también cartearse con otros correligionarios y dirigentes de la Península, sirviéndole todos ellos de fuentes de primera mano para la elaboración de los susodichos editoriales. En cualquier caso, insistimos en que nos movemos en el terreno de las suposiciones, aunque creemos que éstas no se salen del marco de lo razonable. Fruto granado de esta continua comunicación entre ambos lados del «charco» fue, por ejemplo, la magnífica edición impulsada en 1940 por el «Círculo Tradicionalista Español» de un opúsculo titulado El pensamiento carlista sobre cuestiones de actualidad, en el que se recopilaban tres documentos clave: la carta de Fal Conde a Franco de 28 de noviembre (el opúsculo la fecha erróneamente en agosto) de 1937 rechazando el nuevo Partido Único; la «Manifestación de Ideales», igualmente enviada a Franco, y datada el 10 de marzo de 1939; y el impreso recientemente salido en enero de 1940 con el rubro «Fijación de Orientaciones», sin destinatario concreto. Manuel de Santa Cruz, en el Tomo 2 (concerniente al año 1940) de sus Apuntes, señala que «numerosos ejemplares de esa edición fueron introducidos en España, que era su verdadero destino, en pequeños paquetes postales» (p. 5).
Hemos acompañado los dos textos con notas a pie de página con vistas a, o bien matizar algunos pocos aspectos que pensamos requerirían una mayor precisión, o bien simplemente aclarar datos que el redactor ha tenido a bien no explicitar probablemente por considerar que eran comúnmente conocidos o de dominio público en aquellos días. Todas las mayúsculas y subrayados en negrita han sido conservadas de acuerdo con el escrito original.
Félix M.ª Martín Antoniano
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El primero de los editoriales apareció estampado en el «El Requeté», n.º 6, 1 de mayo de 1939, pp. 1-2.
FIJANDO POSICIONES
En prensa ya el número precedente, tuvo lugar el suceso, no por descontado menos agradable, de la feliz terminación de la cruentísima guerra, que tuvo principio el 17 de julio de 1936, y aun, si se quiere ser más exactos, el día 16 de febrero del mismo año, y, llevando la exactitud a su grado máximo, el preciso día en que el último detentador de la Corona española la dejó cobardemente tirada al fango de la revolución triunfante, sin ni la apariencia de un gesto que le asemejase al último rey godo, o a aquel postrer emperador de Oriente que supo morir en la brecha de Constantinopla, mientras sus cortesanos, los políticos de la época, se distraían en las que serán ya para siempre luchas bizantinas [1].
El peso de la guerra ha hecho que, contra la voluntad de los mejores, se hayan implantado en la España nacional organismos y procedimientos reñidos por completo con el primitivo pensamiento contrarrevolucionario, con el espíritu tradicional de España, y, por consiguiente, con sus verdaderos intereses, motivo fundamental que legitimó el Movimiento.
Si el Movimiento, iniciado en Melilla, no hubiese tenido arraigo popular, aun supuesto el triunfo –ciertamente, más que problemático, imposible–, no hubiera pasado de ser una cuartelada, un PRONUNCIAMIENTO del estilo a que acostumbraron a nuestra desgraciada Patria tantas veces los militares del siglo XIX, empezando por la gran traición de Riego en Cabezas de San Juan.
Es cierto que en los preliminares del Movimiento se acordó, para inmediatamente después del triunfo, la formación de un gobierno militar de tipo transitorio, para liquidar las responsabilidades del desastre republicano; pero jamás como medio duradero para la gobernación del Estado; porque, si bien es indiscutible que, de ordinario –para ejercer el bien transitorio de la Dictadura necesaria a fin de desembocar en un gobierno normal y duradero–, es mejor una espada que una toga, con todo, la peor calamidad que puede caerle a una nación es un gobierno prolongado de militares [2].
Sin salir de España, no hay más que recordar el fin que tuvieron y los desastres que acarrearon el predominio y gobierno de los generales, empezando por Espartero y terminando en Primo de Rivera, pasando por Narváez, O´Donnell, Serrano, Prim, etc.
El militar, educado en la disciplina férrea del cuartel, es el hombre peor preparado para gobernar un pueblo en circunstancias normales, aunque sea tan bien intencionado como demostró serlo Primo de Rivera, y aunque vista siempre de civil, como él acostumbró hacerlo, como indicando lo que le estorbaba el peso del honroso uniforme para hacer el bien que buscaba para la Patria [3].
El Ejército es el brazo armado de la nación y su última defensa en las luchas internas, como su primera muralla en las externas; pero, convertir a los que tienen por misión hacer la guerra en alcaldes y gobernadores, es trastocar los términos, envilecer y corromper la oficialidad, y llevar al desbarajuste económico de las administraciones, no menos que al descrédito de las instituciones armadas.
* * *
Es un hecho incuestionable que, sin el Carlismo, que preparó los Requetés –que han sido la gran fuerza de choque que ha intervenido absolutamente en todas las acciones decisivas–, hubiera sido imposible no sólo la victoria, sino ni siquiera la prolongación del Movimiento, iniciado en África, pero gestado en toda España por la preparación militarizada del Requeté, que impulsó con un tesón sin igual, y con los resultados que todo el mundo conoce, D. Manuel Fal Conde, que fue también quien trabajó eficazmente para lograr y coordinar la acción de los mejores generales españoles, bajo la dirección indiscutible e indiscutida del malogrado general Sanjurjo.
Todos saben en Pamplona de los mensajes que se cruzaron en los primeros días del Movimiento entre los generales Franco y Mola, a raíz de la defección de la escuadra. «¿Y Navarra?», preguntaban de África. «Navarra, estupendamente», era la respuesta serena de Pamplona. «Pues pasaremos el Estrecho», afirmaban en África. Y tuvieron tiempo de pasar… gracias a que Navarra aprontó treinta y cinco mil requetés en las primeras cuarenta y ocho horas, para asegurar el dominio de Logroño y Zaragoza, que se bamboleaban, reforzar el frente del Guadarrama salvando a Castilla, y preparar la reconquista inmediata de Irún y San Sebastián, perdidas por las vacilaciones y errores de sus jefes militares.
El Carlismo, durante la guerra, no hizo ni pretendió hacer política, y, en la forma que pudo, se quejó de los que se aprovechaban de ella para hacerla. Es más: aceptó expresamente posponer, jamás RENUNCIAR, puntos, no sólo importantes, sino capitales de su programa, hasta la conclusión de la guerra. Y lo cumplió, sangrándole el corazón y viendo cómo otros, que no habían logrado formar una sola compañía para el frente, iban tomando posiciones y haciéndose fuertes en la retaguardia; y otros, que jamás llegaron a tener la cuarta parte de efectivos en la línea de batalla, se alzaban con el santo y la limosna, y, lo que es infinitamente peor, pretendían imponer ideologías, no ya exóticas, sino contrarias por completo al modo de ser tradicional español.
Es cierto que los requetés han muerto por millares, pagando la máxima contribución a la muerte, y que Navarra tiene ella sola más muertos que varias provincias juntas; pero la sangre de los requetés, sacrificados en aras de España, será semilla de nuevos carlistas, y los sesenta mil requetés veteranos que han finido encuadrados como tales, con los innumerables que formaron los cuadros del ejército, son bastantes y sobrados para que en España se haya de oír su voz. Si por defender una parte de sus aspiraciones fueron capaces de las heroicidades que han sido pasmo, sorpresa y admiración del mundo, ¿qué harán cuando se hayan de batir por su programa entero, por lo que constituyó la ilusión de sus noches de vela en la trinchera frente al enemigo, del delirio de la fiebre en sus días de hospital, de la alegría nunca menguada por las privaciones y sufrimientos de la campaña? [4] ¡Guay del que pretenda marchitar sus aspiraciones! Precio son de su sangre y de la muerte de sus compañeros, y premio justo de sus heroicidades.
* * *
«EL REQUETÉ», que ha convivido con sus homónimos de España en los frentes y en los hospitales, y que sabe de sus aspiraciones y deseos, se compromete a cantarlos en todos los tonos y repetirlos a voz en grito, por si no les fuese posible a ellos manifestarlos, en el deseo sincero de impedir que los requetés de España hayan de proclamarlos y defenderlos por la boca de sus fusiles o de sus bombas de mano.
Y esto logrará el que intente imponer a España ideologías exóticas o modas políticas extrañas o cualquiera imposición que, ni remotamente, combata nuestra fe católica o la integridad de los derechos de la Iglesia, de la que hemos sido siempre soldados sumisos y orgullosos, aunque, por rareza, sus jerarcas no lo hayan agradecido, fuera del preciso instante de la quema.
Jamás aceptará el Carlismo la negación de las regiones en un centralismo absurdo de tipo extranjero, y luchará, en la forma que fuere preciso, para devolver su personalidad a las regiones, a las que reconoce derechos inalienables que no pueden proscribir la locura de algunos o de muchos de sus habitantes, porque ésta sólo puede suspenderlos. Renegamos de la supresión del resto de libertad que les dejara el centralismo liberal, verificada contra las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya, así como de la persecución de que se hace objeto al vascuence venerable y al catalán.
Han sido millares y millares los vascos y catalanes que han muerto por España, y muchos más los que han sufrido martirios de todas clases y en formas jamás oídas, precisamente por su amor a España. Castíguese, aun con la pérdida de la nacionalidad, a los culpables; pero no se confunda con éstos a los inocentes y mártires, y menos a la región, cuyos derechos son muy anteriores y sagrados.
El Carlismo aceptó posponer la restauración de la Monarquía tradicional hasta la conclusión de la guerra; pero pensar que los Requetés aceptarán JAMÁS por Rey a algún individuo de la dinastía usurpadora, causa de todas las desventuras de España, como fautora de los principios liberales, y contra la cual han luchado sus padres y abuelos durante más de un siglo, ES EL MAYOR DE LOS DISPARATES Y EL MÁXIMO DE LOS ABSURDOS. El Carlismo ha hecho, en realidad, cinco guerras, y hará cincuenta antes que aceptar tamaña calamidad para España, y, cuando no quede un requeté para impedirlo, se levantarán furiosos los huesos de nuestros muertos.
Después de una guerra tan cruenta como la pasada, muy bien puede pensarse en la instauración de una nueva dinastía y con muchísima más razón que a la muerte de Carlos II y de la subsiguiente guerra de sucesión [5]. Pero, en modo alguno, pretender continuar con el tronco usurpador, podrido de la raíz a la última rama, material y espiritualmente. Por alguna razón el primogénito de la familia, que vivió tan desastradamente como murió, publicó y firmó, el año 37, una serie de artículos en una revista francesa, bajo el sugestivo título «La Familia Maldita», en los que, con una desvergüenza muy apropiada a los escándalos paternos, ponía al descubierto las lacras morales y materiales de la suya, que de tal modo apellidaba [6].
Si se pretende que no terminen las guerras civiles en nuestra desgraciada España, sólo falta imponer cualquier individuo de la rama que, durante un siglo, ha usurpado los derechos legítimos de los Reyes carlistas, a los que robó sus bienes y tuvo en el destierro, precipitando al mismo tiempo las mayores vergüenzas y consumando la decadencia de España, con la pérdida de los restos de su imperio colonial y los desastres de África, que nadie ignora se debieron a las intromisiones del último detentador de la Corona. ¡Manes de Picasso, si pudieseis hablar! [7]
[1] No hay lugar para la sorpresa o la extrañeza en el comportamiento del usurpador Alfonso, ya que él no era sino un eslabón más de la cadena de esa «revolución triunfante», y su figura no difería substancialmente de la de cualquier otro republicano, al igual que el resto del linaje isabelino.
[2] En las conversaciones para determinar la meta u objetivo a que debía conducir el Alzamiento del 18 de julio, habidas entre los representantes del Rey de España Alfonso Carlos I y los jefes del Ejército liberal comandados por el General Sanjurjo, se acordó, entre otras cosas, el establecimiento de un Gobierno o Directorio de carácter provisional o temporal que había de servir para dar próxima entrada a la restauración de la legalidad católico-realista española (simbolizada en la previa e inmediata recuperación de la bandera regia o bicolor), naturalmente mediante la reintegración o reposición de la persona que conforme a dicho orden jurídico ostentase la legítima titularidad de la Monarquía Católica. Esto es lo que en sustancia expresa el editorialista, correctamente; aunque creemos que podría inducir a equívoco el uso del término «Dictadura» para referirse a ello (institución típicamente revolucionaria cuya problemática ya tuvimos ocasión de abordar brevemente en el doble artículo «El resorte republicano de la Dictadura»).
[3] En relación al Dictador Primo de Rivera, habría que delimitar en qué consistía esa supuesta «buena intención» o «bien para la Patria» de un hombre que no se diferenció esencialmente del resto de revolucionarios en su común labor persecutoria hacia los católico-realistas españoles, unida a su afán por consolidar la República en suelo español a través de su apoyo a los principales personajes que la encarnan (esto es, los miembros de la estirpe isabelina).
[4] En realidad, los requetés, lejos de disminuirlo o partirlo, sí lucharon en la guerra por el trilema completo de Dios, las Patrias y el Rey, que es lo que constituye la naturaleza del pacto fundacional del 18 de julio. Otra cosa es que, como bien expone el editorialista, en ese pacto se hubiese consentido asimismo en diferir para después de la victoria la efectiva restauración de la singular y específica Monarquía española (lógicamente, en su señero y legítimo titular presente en cada momento). Lo uno no quitaba lo otro.
[5] En verdad, solamente debía pensarse en la restauración de la nuda y exclusiva Monarquía hispánica, restituyéndose primeramente el poder efectivo al legítimo poseedor de la autoridad político-monárquica española, que en aquel entonces era el Regente D. Javier de Borbón. Que después la sucesión recayera en un miembro de la dinastía de Borbón –como fue el caso, cuando se constató que el propio D. Javier era el heredero de iure al Trono español– o en un miembro de otra dinastía, era algo que dependía pura y simplemente de la aplicación –por parte de D. Javier, único facultado para ello– de la legalidad jurídicamente vigente (esto es, la legalidad preconstitucionalista) de la Monarquía Católica.
[6] El editorialista alude a la serie de tres artículos que, bajo el título general «Les enfants terribles de la royauté…», publicó el mayor de los hijos de Alfonso y Victoria Eugenia, el hemofílico Alfonso Battenberg (1907-1938), respectivamente en los números 25, 26 y 27 del semanario sensacionalista parisino Confessions, correspondientes al 20 y 27 de mayo, y 1 de junio de 1937. El subtítulo del primer artículo de la serie era realmente «Ma race maudite». En todo caso, la principal y esencial razón de exclusión de los componentes de la estirpe isabelina es su total y absoluta falta de legitimidad en conformidad con las leyes de la Monarquía española.
[7] Alusión al llamado «Expediente Picasso», por razón del General Juan Picasso, su instructor, comisionado para investigar las causas y responsabilidades por el llamado «Desastre de Annual» acaecido en julio-agosto de 1921, punto culminante de la calamitosa «Guerra del Riff». Sus conclusiones fueron presentadas en abril de 1922 a la más alta instancia de la «judicatura» militar liberal, y en julio fueron remitidas al Congreso de los Diputados, donde fueron objeto de un fuerte debate durante el siguiente año y pico, poniéndose en evidencia cada vez más las implicaciones del antirrey Alfonso, hasta que el Golpe de Primo de Rivera en septiembre de 1923 dio por cerrado el asunto.
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