Que no quede sombra de duda. Que todo aquel que pregunte por nuestras simpatías o antipatías políticas sepa de nuestra inconmovible adhesión al trilema carlista, que comienza reconociendo a Dios Nuestro Señor como Rey y termina con el acatamiento de la paternidad por Él constituida en cabeza del Rey legítimo, llamado por el derecho y por la tradición a reinar sobre nosotros.
Sí, somos monárquicos de pies a cabeza. Monárquicos que proclaman su fe, pero no sólo eso: somos monárquicos que no claudican ante la democracia satánica, ni ante los respetos humanos.
Somos monárquicos que dan su vida por su patria y por su rey, como lo hicieron los que nos precedieron.
¿Pero en realidad esto es así?
No hay, por el momento, armas. No hay trincheras ni bombas. No hay pequeñas partidas, ni siquiera —que yo sepa— conspiraciones.
Luego, ¿cómo hacer hoy profesión de nuestra lealtad monárquica?
Gambra escribió en La sociedad tradicional y sus enemigos: «Perdamos por el bien común de nuestra patria tiempo, dinero, amistades y buen nombre, en esta decadente sociedad. Así cumpliremos un mandamiento que, en el decálogo, sólo está por debajo de los que directamente a Dios se refieren».
He ahí la clave: tiempo, dinero, amistades, buen nombre…
Que retumbe en la conciencia de nuestros enemigos nuestra fidelidad al Rey legítimo. Pero que retumbe también en nuestros corazones lo que nos exige la Causa: formación, organización, colaboración, disciplina.
Debemos, sí, formar nuestro intelecto: leer, estudiar, escuchar a los maestros, no por su renombre, sino por la verdad que nos transmiten. Asimismo, nuestra correcta doctrina se debe reflejar en una organización y una colaboración dentro de los círculos, asociaciones e iniciativas de la Comunión Tradicionalista: reuniones, aportes para el periódico, sesiones de estudio, festejos, integraciones. Todo esto, por supuesto, dentro de la más estricta disciplina carlista, que pasa por el reconocimiento de nuestro padre el Rey y por el encuadramiento dentro de nuestra madre la Comunión.
¿Ves, estimado lector, cómo puedes contribuir a la causa de la restauración monárquica?
No perdamos tiempo pensando en escaramuzas, ni en medios que no poseemos. Mientras nos hacemos con ellos, rindamos una buena batalla con los que tenemos a mano, que no son pocos.
Formación, organización, disciplina. Son palabras que se dicen fácilmente, pero que implican sacrificio. Y como cristianos sabemos que aún las más pequeñas abnegaciones tendrán su fruto, del que, cuando Dios disponga, se alimentarán nuestros descendientes.
Sí, somos monárquicos. Pero seamos de aquellos que no se quedan con los brazos cruzados cuando la situación requiere nuestro compromiso.
«No podemos elegir, no tenemos tiempo. Lo que se nos ha pedido en este momento es comprometernos definitivamente. La causa nacional exige la garantía de nuestras conciencias y nuestro honor». (G. Bernanos).
Juan Francisco V., Círculo Tradicionalista Gaspar de Rodas
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