Es la pregunta que ha lanzado recientemente Marcos Sánchez a los lectores del Diario de Navarra, tratando de marcar distancias, por un lado, con el centralismo de los de Abascal, y, por otro, con la izquierda que agita el espantajo de la «ultraderecha».
La pregunta es en abstracto muy pertinente. Bien lo saben, por ejemplo, nuestros correligionarios del Círculo Antonio Molle Lazo de Madrid, que recientemente han tratado el fuerismo como concreción del ideal político tradicional en su curso de formación política. Pero no es menos pertinente en el particular contexto de Navarra, donde cierta derecha conservadora ha hecho jirones la bandera de los fueros al bautizarlos con el agua constitucional de la disposición adicional primera, pues ésta, como el agua bautismal, hace nuevas todas las cosas, también los fueros, y ni reintegra, ni amejora.
El foralismo es eficaz para contener no sólo a VOX, sino también a quienes quieren encerrar los fueros en la pirámide de Kelsen, una pirámide que, como se ha dicho otras veces, no deja de ser un monumento funerario. Sépanlo, por cierto, quienes han pretendido «el fin de la cuestión foral» (eso de los «nobles finales» es cosa recurrente en descendientes de carlistas a quienes la herencia incomoda).
Un fuerista
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