Mamá, ¿por qué somos del Atleti?

El pueblo intuye, con un instinto certero que burla los fríos análisis deportivos, que no existe un Griezmann máximo goleador de la historia del club sin esta máxima asistente

En el brilloso y empresarializado circo del balompié moderno, donde impera la tiranía de lo efímero y la adoración de ídolos de barro, el espectador avezado apenas espera encontrar otra cosa que vanidad y desarraigo. Sin embargo, en el terreno pantanoso de nuestro tiempo, a veces la Providencia se abre paso a través de las grietas de la frivolidad para regalarnos estampas de una belleza insobornable. Ha ocurrido recientemente en el estadio Metropolitano, durante el homenaje de despedida a Antoine Griezmann, un acto que, contra todo pronóstico, se transfiguró en una inesperada apología de la familia tradicional.

Allí, bajo los focos de una sociedad esterilizada que estigmatiza la prole y rinde culto al individualismo atroz, emergió la figura de Érika Choperena. Esposa abnegada y madre fecunda de cuatro vástagos, doña Érika se erigió ante el graderío con una sobriedad deslumbrante, ajena por completo a la cosmética de escaparate, el glamur prefabricado y la exhibición impúdica que hoy gangrenan los matrimonios de las estrellas deportivas. Su presencia, genuina y enraizada, devolvió al público la imagen de la normalidad arrebatada; la de un hogar vecino cimentado sobre la roca del compromiso y no sobre las arenas movedizas de las superficialidades posmodernas.

El acierto pleno del Atlético de Madrid al ceder el protagonismo de esta despedida a la familia, y muy singularmente a la esposa del jugador, obedece a un vínculo forjado a fuego. La parroquia rojiblanca profesa una devoción inquebrantable a esta mujer desde que, en aquel célebre documental donde su marido deshojaba la margarita de su futuro ante los cantos de sirena barcelonistas, ella pronunciara una sentencia lapidaria que ya es patrimonio del club: «Aquí puedes entrar en la historia; allí serás uno más siempre». Y aquí entró a la historia, dando al mismo tiempo respuesta a la mítica y filial pregunta: ¿por qué somos del Atleti?

Cualquier otra afición, cegada por el orgullo fatuo, habría interpretado este dictamen como un menosprecio, como una claudicación de la grandeza de su entidad. La afición del club colchonero, por el contrario, abrazó el mensaje como la revelación de una mística particular, como la confesión de ese lazo espiritual y casi telúrico que se trenza entre la grada y el césped. Por eso, en el adiós de su esposo, las gargantas corearon el nombre de Érika. El pueblo intuye, con un instinto certero que burla los fríos análisis deportivos, que no existe un Griezmann máximo goleador de la historia del club sin esta máxima asistente: una esposa que ha sostenido su brazo detrás de cada uno de sus goles, asistiéndolo en el anonimato sagrado del hogar partido a partido, cena a cena, disgusto a disgusto, logro a logro.

Pero, ¿qué hacemos hablando de comunión de valores con el fútbol en un medio carlista? Acaso convenga recordar, para pasmo de los desmemoriados, que el Atlético de Madrid fue fundado por un insigne carlista, don Hermenegildo García Verde. Parece indudable que aquel hombre dejó esparcida en la cuna del club la simiente de un espíritu humilde y principista; una vocación de resistencia frente al poder omnímodo que hasta el día de hoy la afición resume en su lema de poseer «otra forma de entender la vida».

Si bien es innegable que la entidad se encuentra hoy económicamente intervenida por agentes y mercaderes del deporte globalizado, palpita todavía en sus bases, en sus peñas y en su axiología deportiva una esencial diferencia. En la despedida del esposo de Érika Choperena, el estadio no honraba únicamente al jugador de leyenda; rendía honores a un compañero cabal y a un padre de familia numerosa. Y, en un guiño hermosísimo de la historia, resulta que doña Érika es oriunda de Navarra, bastión invicto y epicentro histórico de nuestra Comunión Tradicionalista. La estirpe no defrauda.

Por eso es motivo de honda gratitud que, en medio del páramo artificial y consumista de nuestra era, resplandezcan estos vestigios de normalidad, aunque sea en el tablero banal del fútbol contemporáneo. Causa estupor, y a la vez una inmensa esperanza, contemplar el magnetismo arrollador que la virtud ordinaria despierta entre las masas anestesiadas. El aplauso unánime a esta familia, que no ha sido fabricada en los laboratorios de la ingeniería social ni para el aplauso de los reflectores, es la prueba de la sed de autenticidad que padece nuestra Nación; es el milagro de ver una flor florecer rompiendo el asfalto grisáceo de nuestra vida individualista.

Sirva esta lección para desperezar las conciencias. La admiración suscitada por esta estampa familiar nos demuestra que los principios naturales de la política orgánica del carlismo hallarán idéntica resonancia en el alma de la sociedad hispánica. Solo hace falta que caigan las escamas de nuestros ojos; que la alienante fascinación por los rascacielos estadounidenses, de un lado, y los brillos mortecinos del mito del resentimiento igualitarista, de otro, se desmoronen. Ese día, la mirada limpia de nuestra Patria podrá contemplar, con pasmo y reverencia, la naturalidad innegable de un orden verdaderamente orgánico y virtuoso y responderá con pundonor a la inquisición de una prole creciente: «Papá, ¿por qué somos carlistas?».

Javier Gutiérrez Fernández-Cuervo

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta