Hace un par de meses escribí un artículo en el que recogía mis primeras impresiones tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales y en el que me lamentaba de ciertos ambientes católicos contagiados del terrible mal del malminorismo, del posibilismo, del democratismo, del liberalismo y, en fin, de la imbecilidad, unos por hacer abierta propaganda en favor del candidato del progresismo desalmado y anticrístico, y otros por ver en un abogado bastante cuestionable el salvador de la patria. Ambos, en todo caso, culpables del declive de nuestra nación.
El aberrante espectáculo que presenció hoy el país ―escribo esto el mismo día de la posesión del nuevo presidente: LA ESPERANZA, como periódico católico que es, lo publicará cuando Dios quiera― no hizo sino confirmar mis apreciaciones.
En un auditorio universitario, el presidente Abelardo de la Espriella (o su sombra, pues parece ser que mientras ocurría lo que describo ya se había ido a arengar la tropa), acompañado de su séquito, recibió las «bendiciones» imploradas por el rabino David Michaan, quien, situado al lado de una imagen de la Virgen de Fátima (a quien el Talmud dedica adjetivos para nada decorosos), terminó su oración dando vivas al estado genocida de «Israel». Al judío le siguió un pastor protestante, y finalmente el presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana (¿alguno lo conoce?), que profirió un discursito-rezo que por lo sonso terminó aburriendo a los presentes, más pendientes de sus teléfonos que de sus cursilerías.
Todo me resultó espantoso.
Nunca, desde que empezó la campaña, pude concebir la idea de que fuese lícito apoyar a un tipo que, entre otras muchas cosas reprobables, alienta sin vacilación la libertad de cultos y, peor aún, la participación activa de sectas y religiones falsas en sus eventos públicos y privados.
Nunca pude entender el histerismo que en muchos supuestos católicos generaba una campaña repleta de ministros protestantes, de rabinos y de cualquier impresentable que significara más votos o más dinero para el negocio.
Y es que es imposible para mí no ver con repugnancia cómo ciertos sitios web, curitas, beatas (con sus respectivos beatos) y demás alimañas se atreven a afirmar que por fin tenemos… ¡un presidente católico! ¡Faltaba más!
(A lo mejor es porque rechazo el ecumenismo y la libertad religiosa, engendros mal-nacidos del Concilio Vaticano II, que algunos condenan, por lo visto, sólo en la teoría y no en la práctica).
Esto es el acabose, mis estimados amigos. Lo que queda de la antigua Colombia católica está siendo despedazada por los católicos descerebrados, tan enemigos de la patria como del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. Que caiga sobre ellos el manto de vergüenza que se reserva para todos aquellos que, a sabiendas, traicionan a su Dios y a su nación.
Señor Jesús, sálvanos, que perecemos a causa de los imbéciles.
Juan Manuel Sánchez.
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