La «depresión de fin de año»

Adoración de los magos, Boticelli

Los medios nos advierten cada vez con más insistencia sobre la «depresión de fin de año». Nos alertan de cómo prevenir la «carga emotiva» que involucran las reuniones familiares, y por no «estar acorde con las expectativas» que se tienen de las celebraciones. Sin embargo, pocos se atreven a dar una explicación más profunda a este hecho.

Es importante recordar que, después del veinticinco, llega el veintiocho. No hay Navidad sin Herodes. El nacimiento de Cristo es una fiesta grande que acarrea también grandes reacciones en todo ámbito. Si bien son grandes las maravillas en los corazones de quienes buscan a Dios, también son tremendas las reacciones de quienes lo rechazan, enseñoreándose en sí mismos.

No debe sorprender entonces que la sublime melodía de la Navidad se distorsione con estridentes voces, que a fuerza de pesimismo y amargura pretendan apagarla. No resulta extraño por qué los medios, después de ensordecer a la multitud con la hueca euforia comercial, nos prevengan de la famosa «depresión de fin de año».

Hace buen tiempo, Juan Manuel de Prada que la Navidad es sobre todo una fiesta de esperanza. Y que, resultando la esperanza patrimonio de los inocentes y pequeños, no hay nada más amargo para los dueños y señores de este mundo que su humilde y poderosa alegría. No hay Navidad sin Herodes.

No hay belleza suprema que no suscite la angustia, temor, envidia y rencor de los poderosos. Porque advierten que sus tesoros son tan solo carroña y suciedad. La Navidad es, como Cristo, signo de contradicción. El Niño-Dios expuesto en toda su fragilidad en el pesebre. Un misterio que escandaliza a los incrédulos y pagados de su suerte. Escándalo que se convierte en el dolor que los especialistas han pretendido exorcizar etiquetándolo como «Depresión de fin de año».

Al vaciarse el sentido sacro de las fiestas se eliminó la verdadera fuente de la felicidad, imponiéndonos una felicidad postiza. Una felicidad que hay que sostener a fuerza de atragantarnos con pedazos de panetón y comprar objetos inútiles. Como es obvio, sólo nos deja una profunda sensación de vacío que deviene en tristeza. Sentimientos que contrastan profundamente con aquellos que saboreábamos gozosos cuando éramos niños.

Aquellos iracundos o doloridos enemigos de la Navidad, sufren de esta particular «depresión» y se convierten en Herodes de sí mismos. Aquellos que, ante la posibilidad de maravillarse ante lo misterioso, prefieren guardar su reino de consabidas seguridades. Repitiendo machaconamente y por conveniencia las consignas del mercado, masacrando aquel niño interior que busca a Dios. Feliz tiempo de Navidad a todos desde el Perú.

César Belan Alvarado, Círculo Blas de Ostolaza, Perú