Decidido a ampliar mis fronteras, postulé a una segunda universidad y vencí el respectivo proceso de selección. Si creía que ya lo había visto todo, estaba completamente equivocado: ahora comenzaba la ideología de verdad.
Esta otra universidad nos obligaba a los docentes a rellenar más y más documentos, detallando con mayor rigor lo que pensábamos enseñar en cada clase. Hasta en la estética de sus documentos se notaba un aire triste, sombrío, seco y aburrido, contrario a la ideología que pretendía imponer: alegrona, divertida, innovadora y creativa. Incluso el sistema web de la universidad resultaba soso para la vista.
Lo particular y lo más tétrico de esta universidad era que tenía personal administrativo asignado específicamente para controlarnos más: un supervisor, agente del sistema con el que debíamos reunirnos virtualmente cada cierto tiempo. El objetivo de estas reuniones era verificar si los profesores estábamos cumpliendo con el modelo de «aprendizaje basado en competencias» y orientarnos —lavarnos más el cerebro— para corregir nuestras «falencias» al implementarlo.
Otra táctica de control consistía en que el director de carrera se metía a las clases de vez en cuando, sigilosamente y sin avisar, de igual manera con el objetivo de verificar que se esté aplicando el modelo. Nuevamente, vemos un rigor militar y muy estricto contrastando con la sonrisa —mentirosa e hipócrita— de la nueva ideología seudoeducativa.
No aguanté más trabajar en esta universidad y me salí, además de por sus constantes trabas burocráticas, por otros motivos personales. Lo cierto es que aprendí que la nueva ideología seudoeducativa se aplica con distinto rigor dependiendo de la universidad en cuestión, y que algunas experiencias gozarán de más libertad que otras. En suma: hay instituciones que se obsesionan más que otras con el nuevo modelo, pues se autoconvencen de que no hay error en dicha visión posmoderna de la realidad.
Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.
Deje el primer comentario