Seguimos reproduciendo la obra del periodista, político y abogado carlista don Eustaquio de Echave-Sustaeta (1872-1952) titulada «El Partido Carlista y los Fueros». La presente selección se enfoca en el inicio de la Primera Guerra Carlista de 1833.
***
Un historiador de mitad del siglo XIX, don Juan Rico Amat, en su obra Historia Política y Parlamentaria de España, dice al tratar de los levantamientos realista y carlista vasconavarros:
«Ese realismo tan fervoroso, ese puritanismo monárquico de las provincias del Norte ¿era la expresión pura y desinteresada de sus sentimientos, o el escudo de sus intereses? ¿Eran realistas por convicción? ¿Por cálculo? ¿Monárquicos por simpatía o por conveniencia?
»La historia, esa infalible pitonisa del mundo, que aclara los misterios más impenetrables y publica las verdades más ocultas, ha demostrado después que el heroico y general alzamiento de las cuatro provincias privilegiadas, si bien tenían por causa primera la exageración monárquico religiosa de sus habitantes, no encubría otro objeto que la defensa y conservación de sus fueros y franquicias amenazados siempre en los sistemas políticos que proclaman la igualdad ante la ley como base de la justicia.»
Perdonemos al mencionado escritor liberal que publicó su obra en el año 1861, eso de calificar de exageración religiosa al catolicismo acendrado de los vasco-navarros, en gracia a la declaración terminante que hace de lo que está fuera de toda duda entre los que han penetrado un poco, siquiera, en el estudio de la historia, a saber: que los levantamientos realista del año 1823 y carlista de 1833, tenían por objeto muy principal la defensa de los Fueros.
Porque es una tontería de algunos decir que no podía tener el levantamiento carlista de 1833 por objeto el conservar los Fueros porque entonces estaban en vigor. Decimos que es una tontería porque si estaban en vigor los Fueros el año 1833, era porque no regía el régimen constitucional; pero estaba en la conciencia de todos que, si a la muerte de Fernando VII sucedía en la Corona su hija Isabel II, regiría nuevamente la Constitución de 1812 y otra vez serían abolidos los Fueros, como lo habían sido en dos épocas anteriores.
El alzamiento carlista comenzó con gran empuje en Navarra, pero la falta de armas lo contenía en límites estrechos. Los jefes de los batallones, caballerosos y delicados, no quisieron pedir al país los sacrificios y socorros materiales por la sola fuerza de las armas, y pensaron (continuando lo hecho en la anterior campaña realista) en nombrar una Junta Gubernativa, poder supremo del orden civil, creando así la autoridad más alta en la forma más democrática que permitían las circunstancias. Publicamos aquí parte del acta de nombramiento de la primera Junta Gubernativa carlista de Navarra:
«Considerando que el Reino de Navarra, por su decisión y levantamiento general en favor de los legítimos derechos del Rey nuestro Señor Don Carlos VII de Navarra y V de Castilla, exige medidas que concilien el fomento y subsistencia del ejército con el menor gravamen y régimen de los pueblos, y teniendo presente que estas no pueden adoptarse oportunamente por solo el jefe militar, sino que es precisa la concurrencia de una autoridad, que al paso de ser independiente del ejército tenga carácter de superioridad por el que los cuerpos la estén sujetas, juzgan indispensable la creación de una Junta que proceda en la forma que lo hizo la que existió hasta fin de Octubre de 1823, en que terminada la campaña se repuso a la Ilustrísima Diputación de este Reino (…)».
Los que se empeñan en negar el fuerismo del partido carlista reconocen, sin embargo, que los carlistas vasco-navarros son fueristas y que los caudillos de los carlistas vascos también han sido fueristas. Pero niegan que hayan sido fueristas los Reyes carlistas, empezando por Carlos V. Y por eso preguntan: ¿dónde se ha mostrado fuerista Carlos V? ¿Qué documentos fueristas publicó Carlos V? ¿Qué dijo de Fueros Carlos V en la guerra de los siete años?
Vamos, pues, a satisfacer la curiosidad y a suplir la ignorancia de algunos impugnadores del carlismo. Carlos V, desterrado en Portugal por el Gobierno de Madrid, no salió de allí hasta el día 1 de junio de 1834 que embarcó para Inglaterra en el vapor inglés Donegal. Pues bien: con fecha 18 de marzo de 1834 dirigió a Zumalacárregui una Real Orden para que se imprimiera y circulara. He aquí el texto completo de la alocución de Carlos V, según la publicó en hoja volante el gran Zumalacárregui:
«Comandancia general de Navarra. El Rey N.S. se ha dignado dirigirme, firmada de su real mano, la carta siguiente:
«Mi real ánimo y corazón se hallan dulcemente afectados ha ya muchos días al contemplar los heroicos esfuerzos que hacen en favor de la religión y de mi legítima causa las provincias de Álava y Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya, a quienes nombro sin preferencia, siguiendo solo el orden alfabético. Mis reales sentimientos manifestados con la alocución adjunta, quiero que se publiquen a la faz del mundo; tratad, hijos míos, de reimprimirla con este grande objeto, pues vuestros hechos oscurecen ya el heroísmo de todos los pueblos. Más de una vez os he dirigido mis oficios o cartas, pero estoy con el sentimiento de que quizás no han llegado a vuestras manos. Digno jefe Zumalacárregui, os encargo que hagáis presente mi Real gratitud a todos los que mandan las divisiones y también a la Junta de estas cuatro provincias. Confirmo cuantos grados militares haya dispensado, o los que vos y demás hayáis concedido, y la autorizo para esto y cuanto sea necesario y oportuno al grande fin que os habéis propuesto, para lo que deposito esta parte de mi autoridad soberana. Trabajad con unión, y alejad de vosotros todo espíritu de discordia, y aun los más imperceptibles elementos de división: fijad solo los ojos y el corazón en Dios, en mí, en la nación española. Vosotros sabéis lo que conviene a esas provincias en el orden civil y administrativo. Sentado sobre mi solio he de conservar sus fueros.
»Para todo os revisto de la facultad necesaria y oportuna; os dirijo también el decreto de ley penal que he mandado publicar con el objeto de prevenir las violencias del Gobierno usurpador. Como no se pueden multiplicar escritos, vos, el mariscal de campo de mis ejércitos don Tomás Zumalacárregui, pondréis en conocimiento de la Junta y demás jefes militare3s, toda esta mi soberana voluntad; a los oficiales, soldados y pueblo manifestareis mi amor. Obrad con prudencia, sí, pero con desembarazo, porque hijos tan amados por sus virtudes, deben proceder con libertad (…)»».
Aún hay más. Don Carlos no esperó para confirmar los Fueros a sentarse en el Solio, en Madrid, sino que en cuantas ocasiones se presentaban daba pruebas de su amor al régimen foral vasco-navarro: en efecto, Don Carlos, después de huir de Inglaterra por medio de estratagemas y disfraces, entró en España el día 9 de Julio de 1834, por la frontera de Navarra. Recorrió el país en medio del entusiasmo popular y las aclamaciones de su Ejército, y pasó a Vizcaya, y, tan pronto como llegó a Guernica reúne a las autoridades civiles y militares y al pueblo todo y, en medio de la mayor solemnidad manda leer este Real Decreto:
«Queriendo perpetuar en este M.N. y M.L. Señorío de Vizcaya, la manifestación del placer que experimento al verme entre sus leales y siempre fieles naturales, especialmente en este memorable sitio, donde mi augusto predecesor el Señor D. Fernando V, de feliz memoria, confirmó a los vizcaínos sus antiguos fueros y privilegios, y no pudiendo hacerlo de un modo más expresivo ni más conforme a los justos deseos del país que imitando a mi augusto predecesor, he venido en confirmar y confirmo los fueros y privilegios de Vizcaya, por este mi real decreto, que servirá de recuerdo perpetuo al día plausible de su fecha, en el que, al frente de las autoridades del Señorío y de sus hijos armados en defensa de mis soberanos derechos, les doy esta expresa y terminante prueba de mi agradecimiento a sus servicios, que la repetiré cuando las circunstancias permitan prestar el juramento recíproco entre mí y el Señorío, con las formalidades señaladas en los mismo fueros. -Dado en la Antiguo, so el Árbol de Guernica a 7 de septiembre de 1834. -YO EL REY».
Aún hay más. El lenguaje fuerista de esos documentos de Carlos V, es el mismo desde el principio de la guerra de los siete años hasta la terminación de ella. Así por ejemplo, nos encontramos con la proclama dada por Carlos V en Cáseda en los últimos años de la guerra, en 1837:
«Fidelísimos habitantes de este Reino de Navarra, de Álava, de Guipúzcoa y de Vizcaya:
»Mi deber y vuestro propio interés reclaman en otra parte mi presencia: Tiempo es ya de hacer cesar los desastres de España y poner término a esta guerra atroz y fratricida. A vuestros esfuerzos sobrehumanos se debe el triunfo, que se aproxima, y que coronará vuestra gloriosa y Santa empresa colmando vuestros deseos. Sí: al cielo sólo era dado inspirar a este país inimitable, tanta y tanta decisión, tan prodigiosa constancia, tal heroísmo. La Europa os contempla atónita, y la posteridad no podrá creer la historia exacta de los últimos cuatro años. Nadie mejor que yo, testigo y compañero de vuestra sublime fidelidad, de vuestras fatigas y trabajos a la vez que de vuestros riesgos, puede admiraros. Contra este dique se han estrellado todo el furor y fuerzas de la revolución usurpadora sostenida por los enemigos de la legitimidad y el orden de las Naciones. En este corto recinto, con tan débiles recursos, pero con el auxilio de Dios y de la Virgen nuestra Generalísima, habéis superado las glorias de vuestros abuelos; y cada pueblo, cada casa, cada risco, cada puerto de esos valles regados de sangre preciosa ofrece un envidiable monumento de lealtad, de virtudes y de denuedo. Aquí ha sucumbido la soberbia altivez de la revolución impía. Aquí ha manifestado su impotencia y consumado su descrédito. Aquí se ha cubierto de oprobio y de ignominia a la faz del mundo. Aquí un escaso número de Voluntarios ha hecho desaparecer como el humo, ejércitos que contaban en sus filas la hez de la Europa entera. Este ha sido el asilo de la lealtad Española, ésta la cuna de la restauración. Pero la usurpación reducida hoy a ver encerradas sus hordas, en donde puedan evitar ser batidas, pugnando consigo misma entre la confusión y las convulsiones de la muerte, desahoga su saña multiplicando excesos y crímenes sobre los pueblos comprimidos por la violencia, y que claman a sus libertadores. Mi paternal corazón no puede ser indiferente a sus lamentos: Salvar a la nación es nuestro común objeto en esta lucha. Ha llegado la hora y marcho al frente de parte de mi valiente ejército, con vosotros mismos a realizarlo. Cuento con la protección del Señor y vuestras virtudes, y los sucesos pasados son el mejor garante de los que en breve os esperan, responden de la victoria.
»Pueblos vascongados y navarros: vuestra memoria vivirá conmigo eternamente. Jamás podré olvidar vuestros servicios, vuestros padecimientos, vuestra fidelidad llevada al último grado del heroísmo. Pocos sacrificios necesitaréis ya añadir; pero la ventura de todos nosotros y de las generaciones futuras pende de los que restan y no malograríais cuantos habéis hecho, en el día de recoger los frutos.
»Fuerzas numerosas auxiliadas del país os protegerán entre tanto contra los despreciables restos del enemigo y bastarán a cubriros todavía de nuevos laureles. Están tomadas cuantas medidas exigen vuestra seguridad y vuestro bien. Cooperad a ellas obedeced con la mayor confianza cuanto vuestra Juntas o Diputaciones dispongan. Sea una sola la voluntad, conservad el mismo entusiasmo, el fuego sagrado que hasta aquí ha corrido por vuestras venas. Mostraos siempre dignos del glorioso renombre que habéis adquirido. No dejéis caer esa fuerza de creencias religiosas y de principios políticos, esas costumbres patriarcales, precioso germen de tanta virtud y heroísmo. Por mi parte, me complazco en repetirlo, no creo que pueda haber vasallos más dignos ni que más empeñen la gratitud de un Monarca Padre de sus pueblos: os lo acreditaré desde el trono de San Fernando. De allí, en el seno de la paz, procuraré enjugar vuestras lágrimas y borrar si posible fuese, hasta los recuerdos de vuestros padecimientos, y al par que reunidos en vuestras cortes juntas generales con arreglo a las leyes y fueros acordáis cuanto reclama la situación y la felicidad del país, será mi más viva complacencia recompensar vuestros servicios y dictar benéficas providencias que aumenten vuestra riqueza y hagan vuestro bienestar. -Real de Cáseda 20 de Mayo de 1837 – Carlos».
El contenido foral de esta solemne alocución de Carlos V es concluyente. En ella se proclaman los fueros de las Vascongadas y su organización foral en Juntas generales. En ella se proclaman los Fueros de Navarra restaurando las Cortes y todo el régimen foral del Reino. Navarra entera se entusiasmó el año 1837 con esa alocución foral. La lectura de estos tres documentos evidencia el fuerismo de Carlos V. Negarlos sería cerrar los ojos a la razón. En la próxima entrega hablaremos de la actitud de María Cristina y los liberales y el proceso de la abolición de los fueros.
Transcrito por José León, del Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella
Deje el primer comentario