Cuando terminó la Primera Guerra Mundial y la revolución destruyó el Imperio austrohúngaro, el emperador Carlos decidió poner a salvo las joyas de los Habsburgo. Al partir al exilio, la emperatriz Zita había incluido en su equipaje un cofre con sus joyas. Se sabe que ese cofre estuvo en España, desde la muerte de su marido Carlos de Austria, el 22 de abril de 1922 en Madeira, hasta que la familia se trasladó a Lovaina. Zita se llevó sus joyas con ella a Bélgica, donde se instaló en 1929. Pero con el estallido de la II Guerra Mundial la emperatriz Zita se refugió en Canadá de 1940 a 1950, concretamente en Quebec, en una casa perteneciente a las Hermanas de Santa Juana de Arco. Tres de sus hijos asistieron a la Universidad Laval, de Quebec, durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra.

Ya en aquel entonces, se ignoraba el paradero de sus joyas. Durante décadas circularon historias de todo tipo hasta novelas sobre su misteriosa desaparición: ¿habían sido robadas?, ¿se habrían vendido en secreto?, ¿se habían transformado para ocultar su origen? La hipótesis que cobraba más fuerza era que, en realidad, los nazis las habían localizado y se habían quedado con la mayor parte.
La verdad ha salido a la luz ahora. Los descendientes de Carlos I han revelado que la emperatriz Zita había escondido el cofre en una caja fuerte de un banco en Canadá, dando la orden de que no se abriera hasta que pasaran 100 años contados desde la muerte de su difunto marido. Con el plazo ya cumplido, la familia ha mostrado las joyas. En agradecimiento a Canadá, los herederos de Doña Zita han prometido que las joyas estarán expuestas durante 6 meses en un museo de ese país.

Una lección de esta historia es que, Doña Zita, con una determinación férrea, ejecutó la orden de su difunto marido y logró proteger lo que consideraba parte esencial del patrimonio de su familia frente a los estragos de guerras, revoluciones y exilios. Gracias a ella, las joyas de los Habsburgo han llegado intactas hasta nuestros días, a pesar de las privaciones extremas que la afligieron. Zita no lució las joyas de la corona sino las joyas que adornan la nobleza cristiana —sus hijos— donde la nobleza es virtud y no vanidades (I Pe. III, 3-4).
Agencia FARO, Margaritas Hispánicas
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