Aquí la anterior entrega.
Vemos en esta historia una lejana referencia al mito de Eros y Psique, aunque el personaje wagneriano, en este caso, no provenga de un Olimpo, sino de un castigo eterno y de un pacto con el diablo. Pues no es más, como decíamos, que una analogía de la lucha de la materia consigo misma.
En este sentido, en línea con los artículos sobre los mitos que publicamos en este benemérito periódico, se da una instrumentalización de lo mítico hacia un relativismo y un gnosticismo iniciático ─en la línea que seguiría Jung más tarde─; una derivada opuesta a un concepto del hombre como creatura racional que articularon los tres grandes filósofos griegos y el cristianismo.
Daland, el padre de Senta, provoca el encuentro de la pareja, les habla de hospitalidad, de joyas, anillos, noviazgo. Ellos, sin embargo, se quedan extasiados, ni le ven ni le oyen, están en un mundo superior.
En ese punto, ambos cantan un dúo en el que aseguran conocerse de antiguos sueños, él desea que la redima, ella responde: “¡Conozco el sagrado deber de la mujer, hombre desdichado, no te inquietes por ello!” ¿Qué más debemos añadir?
Siguiendo con el psicoanálisis, la gente del pueblo representaría la realidad que nos llega por los sentidos, lo fenoménico en bruto de Kant que no debemos interpretar si no es a la luz de las categorías apriorísticas de esta razón moderna.
Senta, a pesar de saber de su dependencia del navegante, tiene en el mundo fenoménico un prometido, Erik, con el que ha planeado casarse. No puede ser de otra manera: este entra en escena porque duda de su prometida. Ha tenido un sueño en el que la ve irse con otro hombre.
Así, volvemos a percibir una conexión de todos los agentes en orden a una mecánica, a un destino configurado. Al final, todas las partes confluyen en una oposición para la redención, aunque se aparente la casualidad. La razón lo único que debe hacer es entenderlo y asumirlo en orden a soportar y aceptar esta neurosis natural, causada por este gran movimiento. En el fondo, esta es la terapia del psicoanálisis.
El padre, su prometido y las hilanderas representan, así, la moral, el superego o el tabú que Freud identifica explícitamente con el imperativo categórico kantiano, que dicta la obligación sin considerar los deseos. De todos modos, la preeminencia y el determinismo de la materialidad hace que el padre y las hilanderas no sean oposición real a la encomienda de Senta.
En el tercer acto se desarrolla una fiesta en el pueblo de pescadores para celebrar que estos han regresado a salvo. Se divierten como lo hacen los mortales: bailan, beben e invitan a la tripulación del buque fantasma, pero esta no responde a las ofertas. Poco a poco se vuelve a activar la tormenta. Los lugareños se asustan, no saben entender lo que ven, pues viven bajo el velo de maya.
Erik, irrumpe reprochando a Senta su traición; no en vano esta se había comprometido con él y todo indica que va a vulnerar su palabra dada. Esto provoca que el holandés, que presencia la escena, preso de su esencial contradicción, considere que la fidelidad de ella se ha roto y abandone a Senta, subiendo a la embarcación para continuar con su pena.
Bien mirado, esto tampoco va en contra de la predestinación, ya que será lo que cause que la historia finalice como debe hacerlo: la razón es quien ha de someterse a la contradicción de la materia, a la lucha de pulsiones.
Vislumbramos el final: la redención no se debe producir en el mundo de las apariencias, sino en el mundo real, el de la nada o la extinción.
Como buen evolucionista, Freud creía que el orden es una manifestación casual y que la mente surge de lo inorgánico. Después de poner de manifiesto su esencia, que es la continua lucha entre el impulso de vida y la pulsión de muerte, la vida retorna siempre a lo inorgánico. Esto es: el thanatos, lo que, según el médico vienés, es dirigido por lo diabólico, vencerá en cualquier caso.
En este sentido, no es extraño que Senta se lance al mar, mientras Erik le grita que se está aniquilando, que está en las garras de Satanás. Pobre hombre, era feliz en su ignorancia.
La orquesta interpreta el motivo de la fidelidad, después el motivo del holandés. Seguidamente la música se pone en tonalidad de Re mayor, finalmente llega el motivo de la redención: lento pero inmenso, se despliega solemne y tranquilo, es un hilo de música.
Estimados lectores, gracias por llegar aquí. Esta era la redención, la gran tormenta se los llevó. El holandés ya no está condenado a surcar los mares eternamente y Senta reposa en “su lugar”.
Lo femenino es para ellos el medio de redención de lo masculino.
Freud ve la luz trece años después del estreno de la obra.
Poco más podemos añadir.
Serafí Torroella
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