Durante esta última semana de marzo hasta la primera de abril, se desarrollaron seis debates con miras a la primera vuelta presidencial que tendrá lugar el 13 de abril. A diferencia de otras oportunidades en las que se realizaba un debate entre los candidatos con mayores porcentajes de intención de voto, en esta ocasión el espacio se ha dedicado a todos los que ambicionan ser los nuevos huéspedes de la Casa de Pizarro.
No tengo la intención de enfrascarme en el análisis de cada candidato específico, sus propuestas o sus escándalos; sin embargo, resulta adecuado apreciar un par de detalles de este ciclo reciente de intercambios.
Debemos comenzar con el hecho de que, en estas dos semanas, se ha llegado a contar con la participación de treinta y cuatro candidatos en las rondas de debates televisados, dejando de lado la comedia o el intento de explicar de manera razonable su visión. También es revelador cómo el JNE ha decidido canalizar el evento de una manera más «comestible» para las audiencias: al pasar de la costumbre de presentar a cinco o seis candidatos principales a casi cuadruplicar el número, más que ofrecer información cabal, se ha buscado entretener a las masas como si de una telerrealidad se tratara.
Es necesario también mencionar el uso tendencioso de los sondeos, lo cual adquiere mayor gravedad en una población que experimenta un creciente cinismo sobre la política de partidos. Existe una competencia entre diversos estudios, muchos con intereses partidarios orientados a favorecer o perjudicar a un candidato. A pesar de ello, un eslabón común es innegablemente notorio: la población se ha cansado del régimen de contradicciones que el Perú vive con mayor intensidad desde el 2018.
Frente a estos hechos, conviene recordar una reflexión del profesor Ayuso referida a las transformaciones —lamentablemente negativas— de la democracia desde el error de establecerla como el fundamento del gobierno, deviniendo en una mutación posmoderna entre la tecnocracia, el populismo o ambos. En el Perú existe una quimera de ambas formas, combinando las limitaciones del modelo tecnocrático con el populismo más deshonesto. A esto se suma la influencia de los medios de masas, desde aparatos formales como la radio, la televisión o los periódicos, hasta canales informales como aplicaciones de internet o pódcast, los cuales, además de ser usados para influenciar la opinión pública, son empleados para impactar en la gobernanza.
No es necesario ir muy atrás para evocar ejemplos de reuniones de candidatos presidenciales con personalidades mediáticas del internet peruano —como el caso de César Acuña—, o el papel mediático del fiscal Domingo Pérez y la exfiscal suprema Delia Espinoza, quienes consiguieron, bajo el poder de los medios, que se reconozcan resultados paralelos, aunque al final la misma partidocracia termine imponiéndose.
Terminemos esta nota con una interesante reflexión brindada por el sociólogo Alberto Vergara en una entrevista reciente en RPP sobre los fenómenos electorales actuales. Él comentaba que la mayor amenaza para el Perú, más que alguna tiranía, es la anarquía creciente, tanto en las esferas sociales como en los poderes del gobierno, observando en ello una crisis de representación. Con el reloj en cuenta regresiva, la pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo será el futuro en el Perú?
Maximiliano Jacobo de la Cruz, Círculo Blas de Ostolaza
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