Homilía de Pascua: No somos los peatones del mar Rojo, somos los que caminan sobre las aguas

la fe es necesaria para todos nosotros y necesitamos ir a esa tumba que ahora está vacía, con la piedra tirada por el suelo

Queridos fieles, el Evangelio de San Marcos nos dice que, muy temprano, en la mañana del día después del sábado, María Magdalena, María de Santiago y Salomé se levantaron y salieron con aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero, ¿qué mujer falta? Si os dais cuenta, en este relato falta una María: la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba con ellas? Porque María, la Santísima Virgen, Madre de Jesús, no iba a embalsamar el cuerpo de su Hijo pues sabía que no estaba en el sepulcro. Ella había conservado la fe y se quedó en su habitación, esperándole. En cambio, las otras mujeres fueron corriendo a la tumba de Jesús a embalsamarle pensando que estaba muerto, pero se dieron cuenta de que la piedra enorme que sellaba la entrada no ocupaba su lugar, y que había sido removida. Al lado de la piedra encontraron a un joven que les dijo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?».

¿Y por qué la piedra ya no se hallaba a la entrada del sepulcro? ¿Creéis que fue para dejar a Jesús salir? No, esa piedra cayó y la tumba estaba abierta para que vosotros y yo, además de las santas mujeres, podamos entrar y comprobar que esa tumba está vacía. Comprobadlo igual que lo hicieron San Pedro y San Juan, que llegaron un poco más tarde, al escuchar el relato de las mujeres. San Pedro llegó un poco después, porque San Juan era más joven y más ágil y fue el primer apóstol en llegar a la tumba; San Juan esperó ante esa piedra caída del sepulcro para que el jefe de la Iglesia entrara en primer lugar. En segundo lugar, entró él y entonces «vio y creyó». Juan y Pedro vieron el Santo Sudario y las sábanas que habían envuelto el cuerpo de Jesús; todo estaba ordenado, perfectamente doblado. Porque no fueron unos ladrones los que se llevaron el cuerpo de Jesús. Si algún día tenéis la desgracia de entrar en vuestra casa y ver que aquello está todo revuelto, desordenado y roto, es porque los ladrones han entrado; ¡lo dejan todo en un desorden enorme!. Pero en el sepulcro no había desorden.

La losa del sepulcro había quedado removida y la sepultura estaba abierta para que las mujeres entraran, y tras ellas San Pedro y San Juan, y nosotros detrás, a constatar ese gran milagro que nos confirma en la fe en la verdad que nos ha sido revelada por nuestro Señor Jesucristo. Esto es muy importante, porque sin la fe no podemos agradar a Dios, no podemos esperar de Dios, no podemos tocar a Dios. Tocarle como hizo aquella mujer enferma que un día se acercó y tocó a Jesús por la fe; cuando todo el mundo lo rodeaba y lo empujaba a derecha y a izquierda, ella lo tocó con la fe de su corazón y quedó curada. Por la fe hacemos ese paso, a la manera del paso que hicieron los israelitas por el mar Rojo para abandonar la esclavitud de Egipto y poder llegar a la Tierra Prometida. Solo que nosotros caminamos por encima de las aguas, no entre las aguas, y atravesamos ese espacio que hay entre el mundo sensible de nuestro cuerpo material —visual, auditivo— y la trascendencia espiritual. El paso es análogo al del mar Rojo que atravesó el pueblo de Israel para poder llegar a la Jerusalén terrestre en su día; pero nosotros esperamos llegar a la Jerusalén celestial. No somos los peatones del mar Rojo, somos los que caminan sobre las aguas. Nuestros senderos son frágiles para los sentidos, como los que recorría en su día San Pedro hacia nuestro Señor en medio de la tempestad en el lago de Galilea. Cuando se acercaba a tocar a nuestro Señor, su fe empezó a flaquear y, en ese momento, comenzó a sentir que se hundía. ¿Es razonable marchar sobre las aguas? No es nada razonable. Pedro pensó que se lo tragaba el mar, como a Jonás la ballena, y dijo: «Señor, me hundo, ten piedad de mí». Nuestro Señor le dijo: «Hombre de poca fe». Eso demuestra que la fe es muy necesaria para todos nosotros y por eso debemos ir a esa tumba que ahora está vacía, con la piedra tirada por el suelo. Constatemos que el que estuvo realmente muerto, ahora vive.

La resurrección es el milagro más importante de todos. Los ha habido enormes en la vida de nuestro Señor: resucitó al hijo de la viuda de Naín, a su amigo Lázaro, a la hija de Jairo en Cafarnaúm. Esos milagros son muy importantes porque dieron vida a unas personas; pero darse la vida a sí mismo, ¡eso sí es un milagro! No es algo que pueda hacer un muerto, porque nadie da lo que no tiene. Pero nuestro Señor es la vida y la fuente de toda vida que se encuentra en la divinidad y, por lo tanto, también en nuestro Señor Jesucristo: por el misterio de la unión hipostática, que comunicó la vida a la naturaleza humana que estaba muerta porque Él la había ofrecido como hostia, como víctima de sacrificio. Estad seguros de que no estuvo dormido, sino de que estuvo muy muerto. San Juan nos dejó el testimonio del centurión Longinos, que tomó una lanza y la arrojó contra su pecho, atravesándolo de lado a lado: de su corazón salió sangre y agua. Jesús murió realmente, pero lo mismo que murió realmente, ha resucitado verdaderamente.

Os dejo para vuestra meditación el misterio de la resurrección, para que reflexionéis, porque Él les dijo a los Apóstoles: «No temáis, en el mundo tendréis tribulación, pero Yo he vencido al mundo». que sepáis que vamos a pasar tribulaciones; nuestro viaje va por caminos sobre unas aguas revueltas. Recordad que había una gran tempestad cuando San Pedro caminó hacia nuestro Señor sobre las aguas del lago. Porque una cosa es ir por un lago helado, sobre el agua sólida; pero cuando el agua es líquida, no es razonable pensar que se va a caminar por encima. De hecho, aunque consigamos tirar una piedra y que vaya rebotando sobre el agua, se acabará hundiendo y nosotros, del mismo modo, enseguida comenzaríamos a hundirnos. Pero la marcha de nuestra alma hacia nuestro Señor por la fe va así, sobre las aguas: y ahora va a ser confirmada.

Cuando los discípulos de Emaús volvían tristes a su aldea, iban con la fe y las esperanzas hundidas. En ese momento se les acercó un viajero y les dijo: «¿Por qué vais así de tristes y deprimidos?». Ellos le respondieron: «¿No te das cuenta de la catástrofe que ha pasado? Nosotros habíamos creído en Jesús y ahora resulta que está muerto; lo mataron en Jerusalén el viernes». Entonces Jesús, a quien no reconocían, empezó a explicarles las Sagradas Escrituras mientras caminaba con ellos. Les advirtió que, desde el Génesis, tenía que llegar ese momento, y cómo los profetas hablaban del «Varón de dolores». Una tras otra, les fue explicando las profecías. Llegó el momento en que los caminos se bifurcaban y nuestro Señor hacía ademán de seguir adelante. En ese instante, los discípulos le dijeron: «Señor, quédate con nosotros, porque ya se hace de noche, está cayendo el sol». Esa súplica hermosa es también la nuestra. Quizá porque por la edad nos acercamos al final de la vida y vamos en un camino de descenso; o quizá porque, desolados por lo que pasa en la historia, vemos que desaparecemos y que la Iglesia se eclipsa hoy. A nuestro Señor le encanta que le pidan que se quede; Él no se impone, pero espera a que se lo supliquemos por la oración. Entró en la casa, empezaron la cena y lo reconocieron en el momento de la fracción del pan. Él se queda con nosotros en la Eucaristía, en la misa de cada día, porque Él tenía una manera distinta de partir el pan. Los discípulos de Emaús sabían muy bien la diferencia; eso significa que le habían visto en la Última Cena. Y cuando recobraron la fe, en ese segundo, Jesús desapareció de su vista.

Otra cosa que no os he dicho: cuando la piedra de la tumba estaba movida y tirada, era para que nosotros pudiéramos entrar, sí, pero Jesús no la necesitaba para salir, porque su cuerpo glorioso es sutil; atraviesa la materia, que no puede detenerle. Por eso pudo entrar en el Cenáculo o salir a acompañar a los que iban a Emaús: su cuerpo es ágil y luminoso. Esta realidad de la resurrección será la nuestra también. Nuestra alma estará en el cielo y, en el momento de la resurrección, esta «carcasa» —que espero que no incineréis, sino que llevéis al cementerio— recobrará una gran belleza (lo cual es una gran esperanza para los feos), recobrará la agilidad (una gran esperanza para los gordos y torpes) y una luminosidad extraordinaria para compartir la gloria en la eternidad. Nuestra naturaleza, esperando el juicio final y la resurrección de la carne que confesamos en el Credo, está incompleta ahora mismo. Así que, mediante la fe, no solo salvaréis vuestra alma, sino también vuestro cuerpo.

Además de estos milagros, hay otro pasaje que nos confirma en la fe: las dudas de Tomás. Él había sido muy valiente al principio, iba a la Pasión «con la flor en el fusil», diciendo: «Vayamos y muramos con Él». Pero a la hora del sacrificio se sintió vencido, perdió la fe y se separó de los apóstoles a rumiar su derrota. ¡Ay del hombre solo! Eso también se aplica a los discípulos: es muy peligroso quedarse solo. Pero nuestro Señor no olvida el ofrecimiento de un alma generosa que hizo una profesión de fe solamente para Él. Ahora Tomás decía: «Solo creeré si pongo mis manos en las llagas de su costado y de sus manos». Nuestro Señor se le apareció y le dijo: «Pon tu mano en mis llagas y no seas incrédulo, sino fiel». Y él dijo: «Señor mío y Dios mío». Comprendió; ya no tenía necesidad real de tocar, porque tocó con la fe. La resurrección de nuestro Señor permite también la resurrección espiritual, la resurrección de la fe de todos sus discípulos y apóstoles, porque ellos también resucitaron en la fe. Por eso Tomás dejó esas palabras que son una hermosa síntesis: «Mi Señor y mi Dios». Sabéis que, cuando Jesús fue condenado por Anás y Caifás en el tribunal religioso, lo fue porque consideraron una blasfemia que se declarara Dios. En el tribunal de la autoridad romana, Pilato y, de algún modo Herodes también, le juzgaron y condenaron por ser Rey, es decir, Señor. Por eso fue matado: por ser Señor y Dios. Y Tomás lo confiesa y resucita en la fe: cree que Jesús es Rey (Señor quiere decir Rey) y es Dios. Así, Tomás se convirtió.

Había una sola persona que faltaba en la tumba, como dije al principio: Nuestra Señora. En ella no se perdió la fe; en ese momento terrible del Calvario, toda la fe de la Iglesia estaba en el corazón de la Santísima Virgen María. Las puertas del infierno no prevalecieron contra ella. En ella no prevaleció el pecado original, ni la violencia de ese pecado, y mucho menos la violencia del crimen más horrible de la historia: el deicidio. Por eso María no necesitaba ser «resucitada» en su fe, porque ya la tenía, y esa fe fue siempre perfecta.

Hoy, más que nunca, recurrimos a ella para que nos conserve la gracia de la fe en este momento de gran crisis, en el cual incluso Pedro vive una situación dramática al negar a nuestro Señor Jesucristo, igual que el colegio de obispos, apóstoles y discípulos. Todos están a punto de ahogarse porque la fe disminuye. Que la Virgen nos ayude a perseverar y a continuar nuestro itinerario sobre las aguas líquidas. Cuando los israelitas pasaron en medio del mar a pie enjuto lo suyo no fue un tema de fe, por eso pasaron sobre seco. Nosotros, en cambio, sí atravesamos el mar sobre las aguas. Sin la fe no podemos tocar a Dios, no podemos llegar a Él, ni alcanzar la eternidad. Que conservemos la alegría de la fe, manteniéndonos en ese sendero que es Jesús: camino, verdad y vida. Sabiendo que su victoria es la nuestra y nos permitirá vencer al mundo, pidamos esta gracia a la Santísima Virgen María.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Rvdo. P. D. José Ramón García Gallardo

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