La Profesión de Fe, el Magisterio de la Iglesia y la HSSPX (y VII)

El evento principal del próximo estío será indudablemente las consagraciones episcopales previstas por la HSSPX para el 1 de julio, al servicio del bien común de la Iglesia, cuya ley suprema es la salvación de las almas

Seminario Internacional San Pío X, en Écône/Fuente de la imagen: HSSPX

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  1. Conclusiones

A la vista de estas apreciaciones, nos preguntamos: ¿podría ser lícito el disentimiento con respecto a determinadas decisiones del Magisterio puramente auténtico? Sí, si existiera una razón grave o fuerte en que fundamentarse. Una de estas razones, como hemos observado, sería la de que la propia Iglesia hubiera definido en sentido diferente la materia en cuestión dentro de su Magisterio infalible, bien por un pronunciamiento solemne o extraordinario, bien por el ejercicio ordinario de su ministerio docente.

Pero, ¿por lo menos no habría que confesar que la HSSPX no sigue en su comportamiento las directivas presentadas por los teólogos para el supuesto de que surgiere un disentimiento justificado, pues, lejos de seguir cauces discretos y privados para elevar su discrepancia a las autoridades magisteriales, en cambio la pregona y difunde a los cuatro vientos, generando «escándalo» entre los fieles e «irrespetuosidad» ante la Jerarquía? Aquí habría que contestar que la actitud tomada puede ser defendible si es proporcionada a la magnitud del peligro que implican los errores denunciados en el Magisterio simplemente auténtico. La misma Iglesia Católica ya condenó pública y oficialmente a un Papa por ser fautor (entiéndase: no autor, sino favorecedor) de la herejía, cuya expansión había sido provocada por su conducta negligente. Nada impide, entonces, que ese supuesto de hecho pueda repetirse en la Historia de la Iglesia. Y ello con independencia de las intenciones habientes en la conciencia del Santo Padre, que pueden ser las más loables ante Dios. Pues la Iglesia, en su condena del Papa Honorio I en el Concilio Ecuménico III de Constantinopla, no juzgó las motivaciones subjetivas que pudieran haberle impulsado, sino las consecuencias reales de sus actos, esto es, las repercusiones objetivas que tuvieron para toda la Iglesia.

Si a esto le añadimos que son los propios Pontífices postconciliares los que han evidenciado la existencia de un mal enorme y extendido por toda la Iglesia, aumentan más aún los motivos que justifican una acción extraordinaria de disidencia que necesariamente habrá de salirse de los trámites normales aconsejados por los eclesiólogos.

Es el Papa Pablo VI el que admitió, con palabras harto elocuentes, que «la Iglesia atraviesa, hoy, un momento de inquietud. Algunos se ejercitan en la autocrítica, se diría hasta en la autodemolición. Es como una revuelta interior aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. Se pensaba en un florecimiento, en una expansión serena de los conceptos madurados en la gran asamblea conciliar. […] La Iglesia viene golpeada incluso por quienes forman parte de ella. […] Muchos aguardan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa no considera deber seguir otra línea que no sea la de la confianza en Jesucristo. […] Será Él quien calme la tempestad. Cuántas veces el Maestro ha repetido: “Confidite in Deum. Creditis in Deum, et in me credite!”. El Papa será el primero en seguir este mandato del Señor y abandonarse, sin angustia o inoportuna ansiedad, al juego misterioso de la invisible pero certísima asistencia de Jesús a su Iglesia». (Discurso a los miembros del Pontificio Seminario Lombardo, 07/12/1968. L´Osservatore Romano, 08/12/1968).

Y en otra ocasión, según la reseña de L´Osservatore Romano de 30/06/1972, insistía de nuevo: «Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que “por alguna fisura ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. Hay duda, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. […] También en la Iglesia reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio habría venido una jornada de sol para la Historia de la Iglesia. En vez de ello, ha venido una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre». (Homilía por el IX Aniversario de la Coronación de Su Santidad, 29/06/1972).

¿El panorama descrito, originador sin duda de un auténtico estado de necesidad en el seno de la Iglesia, fue rectificado por los sucesores pontificios, o, por el contrario, se ha ido consolidando más y más durante estos sesenta años que nos separan de la clausura del Concilio Vaticano II? El hecho de que, en dos ocasiones, Cardenales de la Iglesia se hubieran visto impelidos en conciencia a tener que salir públicamente a plantear al Papa Francisco varios dubia a raíz de la confusión suscitada en diversos puntos de su Magisterio, constituye un dato que manifiesta patentemente la persistencia del estado general de crisis en la Iglesia.

Sólo nos resta decir que el acontecimiento más importante del próximo verano no será el eclipse solar del 12 de agosto que se focalizará primordialmente en esa vieja porción de la Tierra a la que llamamos Península Española.

Tampoco lo será la celebración, el 4 de julio, del 250º aniversario de la inauguración del tercer experimento político protestante al servicio del judaísmo: la puritano-masónica República de los Estados Unidos (el primer experimento fue la calvinista República de Holanda; y el segundo, el anglicano-masónico Imperio Británico), a cuyos festejos ya ha querido adelantarse el Trump desde principios de año lanzando muchos fuegos no precisamente artificiales.

Ni siquiera lo será la visita, a mediados de junio, del Papa León XIV para impartir una conferencia en el Congreso de los Diputados.

El evento principal del próximo estío será indudablemente las consagraciones episcopales previstas por la HSSPX para el 1 de julio, al servicio del bien común de la Iglesia, cuya ley suprema es la salvación de las almas.

Félix M.ª Martín Antoniano

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