Si interrogamos a la sana filosofía —aquella que no ha claudicado ante los sofismas del nominalismo ni se ha rendido a las veleidades del subjetivismo moderno— sobre la naturaleza del ser, responderá con la serena majestad de los siglos que todo lo que es, por el mero hecho de participar de la existencia, está revestido de tres atributos inseparables, como destellos de una misma luz divina: es Uno, es Verdadero y es Bueno. Y cuando ese Bien y esa Verdad se manifiestan con tal claridad que deleitan al entendimiento que los contempla, el ser resplandece, y a ese resplandor le llamamos Belleza. Pulchrum est quod visum placet, sentenció luminosamente Santo Tomás de Aquino: bello es aquello cuya contemplación agrada.
Pero no nos engañemos. Este agrado no se reduce a un mero cosquilleo de los sentidos. El gozo estético, en su acepción más alta y noble, es un regocijo de la inteligencia que reconoce el orden, la proporción y la claridad de la obra creada, y a través de ella, se remonta en vuelo de águila hacia el Creador. La Belleza no es, por tanto, un adorno superfluo añadido al Universo; es su lenguaje más íntimo, la elocuencia silenciosa con la que la Creación entera confiesa a su Autor.
Es así que el arte no se inventa; se descubre. El verdadero artista es, antes que un creador, un contemplativo. Su misión es arrancar el velo de la materia opaca para dejar que trasluzca el arquetipo eterno que Dios puso en ella. Es aquí donde la estética se entrelaza de manera inquebrantable con la devoción. Porque, ¿qué es la devoción católica sino la entrega total y amorosa de la criatura a su Hacedor? Y ¿qué es el verdadero arte sino el eco material de esa misma entrega, la ofrenda del talento humano en el altar de la Verdad?

Cuando el artista trabaja movido por el soplo de la Fe, su cincel, su pincel o su pluma se convierten en instrumentos orientados a sus últimos fines. El arte se transforma en una sagrada pedagogía con la capacidad de inspirar y fortalecer a los hombres. Por el contrario, cuando la obra se emancipa de esta finalidad trascendente y es encerrada en la soberbia de proclamarse fin en sí misma, cae irremisiblemente en la pérdida de sentido, desviando la intuición y el hacer de los hombres.
Hoy, precisamente, extraviados en los laberintos de esas tristes negaciones, sufrimos de una profunda «orfandad de sentido». Se han roto los relojes y las brújulas. En el afán por hacernos, cada artista, un mezquino y diminuto dios para sí mismo, hemos deformado nuestra comprensión del mundo hasta hacerlo irreconocible. Por eso, el rescate de la vocación originaria del arte no es una mera cuestión de gusto, sino una exigencia de salvación. Porque redescubrir la Belleza objetiva es requisito indispensable para volver a amar el Bien y para servir devotamente, sacrificialmente, amorosamente, a Aquel quien es la Verdad.
Renzo Polo Sevilla, Círculo Blas de Ostolaza
Fuentes gráficas:
Correa, J. (c. 1670). Las Artes Liberales (Gramática, Astronomía, Retórica, Geometría y Aritmética) [Biombo]. Colección en línea, Museo Franz Mayer, Ciudad de México, México.
Stratton-Pruitt, S. (2017). The Virgin of Potosí: Art and Ritual in Colonial Peru (Fig. 1.24) [Fotografía de la pintura God the Creator, c. 1706–1762, por G. M. de Berrío]. Museo de Charcas, Sucre, Bolivia.
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