***El presente artículo recoge testimonios sensibles de personas que han sufrido abusos sexuales, por lo que no es apropiado para todos los públicos.
Ha sido recientemente publicado el conocido como The Rape Gang Inquiry Report (Informe sobre la investigación de bandas de violadores), un documento auspiciado, fundamentalmente, por Rupert Lowe, miembro del Parlamento en Reino Unido y cabeza del partido Restore Britain, y que ha constatado la existencia de una gran red de trata de blancas en las Islas Británicas que, de manera consciente, había venido siendo silenciada en los medios por funcionarios del gobierno bajo el riesgo de ser acusados de racistas y, muy posiblemente, ante el miedo de perder el voto islámico, un sector importante en las elecciones inglesas. El informe, entre otras cosas, ha puesto en evidencia que unas 250.000 mujeres británicas, en su mayoría niñas, habrían sufrido abusos sexuales continuados por parte de bandas conformadas en su mayoría por pakistaníes.
Dado que los datos se encuentran localizables fácilmente en la red si se busca el informe, el cual supera las 200 páginas, quizás sea más oportuno traducir algunos de los testimonios que se anexan para que sean accesibles para todos nuestros lectores. Tres de ellos bastarán para hacer una idea de los acontecimientos que se reflejan en el escrito:
Felicity, superviviente:
«La primera agresión tuvo lugar poco después de mi octavo cumpleaños. En aquella ocasión, me pidió que le ayudara a colocar una estantería. Entramos en una habitación del fondo y cerró la puerta tras de nosotros. Ya había cerrado la puerta en otras ocasiones, aunque las puertas cerradas me hacían sentir incómoda y atrapada. Había unos clavos en una pequeña caja y me pidió que se los pasara. Cuando fui a dárselos, se echó sobre mí y comenzó a ponerme las manos por todo el cuerpo. Al principio no recuerdo que dijera nada. Me quedé paralizada y no podía moverme. Recuerdo haber tenido mucho miedo. También recuerdo estar aterrorizada ante la posibilidad de meterme en problemas. Me dijo que, si se lo contaba a alguien, me llevarían lejos. Después, estaba aterrorizada ante la idea de volver a casa. Aquello fue el comienzo de años de abusos, violaciones y torturas. Aquel hombre fue la primera persona que me hizo daño de esa manera. Más tarde pasó a traficar conmigo, entregándome a otros hombres, predominantemente asiáticos, fuera de la zona donde vivíamos. Después de eso, empezaron a recogerme, ya fuera en taxi o por hombres que acudían personalmente a buscarme.
» Estas recogidas solían tener lugar después del colegio, en las noches en que había actividades de la iglesia y se suponía que yo debía estar asistiendo a ellas, y, en ocasiones, también durante los fines de semana.
» También fui puesta en situaciones en las que me obligaban a participar en actos dañinos que involucraban a otros niños. Esto se utilizaba para desdibujar los límites y hacer que lo que estaba ocurriendo pareciera algo “normal”, al tiempo que se fomentaban el secreto y el miedo a hablar sobre ello».
Tinkerbell, superviviente:
«Tres semanas después de mi ingreso, me desperté en mitad de la noche y descubrí que alguien tenía la mano dentro de mi vagina. Tenía catorce años y medio. El trabajador social de noche era un hombre escocés. Le conté lo que había pasado. Me llevó a la oficina, se sentó conmigo y me ayudó a redactar un informe. A la mañana siguiente, ya se había ido. Nadie le dio seguimiento. No se tomó ninguna medida a raíz de la denuncia. Nadie me preguntó si estaba a salvo. No pasó nada. A partir de ese momento, no me sentí más segura que en casa. Los abusos continuaron en varias ocasiones más dentro del centro de acogida. Tengo recuerdos muy vívidos de las rutinas nocturnas en el centro, incluidas aquellas ocasiones en las que se elegía a un niño para que se quedara despierto y viera una película con el personal mientras a los demás los mandaban a la cama. Recuerdo que me dieron un vaso de limonada y no tengo ningún recuerdo de lo que pasó después».
Lia, superviviente:
«Compré una casa en 2002 y me di cuenta de que mi agresor merodeaba por los alrededores de mi casa en un taxi desde finales de 2002 hasta principios de 2003. Después de que empezara a tener graves problemas con mi maltratador a principios de 2003, presenté numerosas denuncias contra él ante la policía ese mismo año, entre otras cosas por acosarme sin cesar, secuestrarme, agredirme violentamente casi todos los días durante horas y horas, romperme la nariz y otros huesos, etc., violarme sin cesar, retenerme ilegalmente de forma continuada y amenazar constantemente con matarme a mí y a mi sobrina de cinco años. Afirmaba ser hijo del jefe de policía de Bagdad y tenía dos pasaportes con dos nombres diferentes».
Considero que estos testimonios son más que suficientes, pero conviene recordar que, a pesar de todo, los hay que incluso hablan de bestialismo forzado con perros, por lo que, por duro que pueda resultar para todos los que no hemos vivido experiencias semejantes, debemos hacer, aunque sea por un instante, el esfuerzo de empatizar con las salvajes agresiones sufridas y, por lo que respecta a nuestro período, con la desatención absoluta por parte de las instituciones.
A estos duros relatos podrían sumarse hechos recientes que sí gozaron de cierto impacto mediático, como el asesinato de Henri Nowak el 3 de diciembre de 2025, un joven de dieciocho años asesinado por Vickrum Singh Digwa, quien llamó a la policía afirmando ser él el agredido. A la llegada al lugar de los hechos, las agentes ignoraron las peticiones de auxilio de Henri, quien dijo no poder respirar. Finalmente, terminó desangrado en el suelo como consecuencia de las cinco puñaladas que recibió en su pecho, ya que, para cuando las agentes constataron las heridas, ya era demasiado tarde para salvar su vida sin contar con personal e instrumental especializado. A pesar de este acontecimiento, el actual primer ministro inglés, Keir Starmer, aseveró que no levantaría la exención de la norma sobre armas blancas que disfrutan los sikhs. El resultado, como suele ser habitual, es que este tipo de leyes únicamente desarman a las personas dispuestas a cumplirlas.
Ahora bien, esto no es un problema que sufran únicamente las Islas Británicas, y de ahí que el pasado 17 de junio se hubiese aprobado en la Unión Europea una normativa favorable a las conocidas como devoluciones en caliente. A pesar de la histeria del progresismo del continente, y sin tener ninguna esperanza razonable de cordura depositada por nuestra parte en esas instituciones, el hecho de que los votos a favor de la nueva legislación prácticamente duplicasen a los votos en contra puede ser tomado como un buen ejemplo del creciente sentir de los europeos.
Quizás convendría acabar con las propias palabras de Rupert Lowe, que son las que encabezan el informe: «Britain doesn’t have a racism problem, it has an immigration problem» (Gran Bretaña no tiene un problema con el racismo, sino con la inmigración). No obstante, cabe afinar todavía más y señalar que no es la inmigración, en abstracto, el problema, sino que, como demuestra el informe, el enemigo de nuestras gentes se muestra nítido y sin caretas: el Viejo Mundo no tiene un problema con la inmigración, sino, principalmente, con el islam, pues este credo el que posibilita y legitima actitudes tan deleznables como las descritas.
Ante esta realidad, las supuestas interpretaciones pacifistas individuales dejan de tener sentido, puesto que hablamos de aproximadamente 250.000 víctimas de esta red de violaciones, las cuales, como ya se ha dicho, han sido protagonizadas en su mayor parte por pakistaníes musulmanes. Pretender negar la clara vinculación entre este número monstruoso y la fe de los musulmanes es negar lo evidente.
A ello se suma un miedo patológico a sufrir la acusación de racista por señalar el delirio multicultural en el que vivimos, lo que facilita que todos los demás grupos tengan donde escudarse en caso de hacer de su capa un sayo. Así, mientras la Cristiandad no recupere su noción de ser tal, sólo nos quedan las promesas vacías de quienes nos prometen cavar hacia abajo para salir del hoyo.
Ricardo Toledano, Círculo Cultural Antonio Molle Lazo.
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