Nominalismo cibernético (I)

Veritas est adaequatio rei et intellectus. La verdad es la adecuación de la cosa y el entendimiento

«La granja». Joan Miró

I. La pérdida que no hace ruido

Hay pérdidas que nadie advierte el día en que ocurren. No derriban murallas ni alteran el curso de los ríos; siguen en su sitio las mismas calles, los mismos árboles, las mismas estrellas, y sin embargo algo esencial ha dejado de acompañar la mirada de quien las contempla. Son las pérdidas verdaderamente hondas, que tienen esta condición singular: primero desaparecen de la inteligencia, y solo mucho después dejan sentir sus consecuencias en la cultura, en el derecho, en la política, en la manera de criar a los hijos. Cuando la civilización repara en ellas, suele ser ya tarde para nombrarlas; y no es la menor de sus astucias que se instalen precisamente allí donde nadie vigila, en el modo callado en que una época elige sus palabras.

Conviene decirlo sin dramatismo, porque el hecho, mirado de frente, tiene algo de paradoja y hasta de comedia. Vivimos rodeados de una abundancia de conocimientos que ninguna edad anterior habría osado imaginar. Un aparato que cabe en el bolsillo guarda más noticias del mundo que todas las bibliotecas que ardieron en Alejandría; podemos observar galaxias situadas a distancias que la imaginación no alcanza, descifrar el genoma de un organismo, conversar en un instante con quien se halla en las antípodas, o pedir a una máquina que redacte un soneto, traduzca un tratado o aventure un diagnóstico. Nunca supo tanto el hombre. Y nunca, quizá, una civilización tan sabia había titubeado tanto ante las preguntas más elementales: qué es el hombre, qué es la inteligencia, qué es la verdad, qué significa comprender.

Las respuestas se multiplican; la confusión también. Porque una cosa es acrecentar sin término nuestra capacidad de obrar sobre lo real, y otra muy distinta conservar la capacidad de entenderlo. Durante siglos ambas facultades caminaron del brazo: se investigaba porque primero se admiraba, se medía porque antes se había contemplado, se experimentaba con la naturaleza porque se confiaba en que las cosas eran algo antes de convertirse en objeto de nuestras operaciones. Ese era el supuesto tácito de toda la ciencia occidental, el que ni siquiera hacía falta enunciar: que el universo poseía un orden inteligible y que la inteligencia humana estaba hecha para descubrirlo. Hoy ese supuesto se ha vuelto discreto hasta la invisibilidad, y en su lugar se desliza, sin proclamas ni manifiestos, otra manera de hablar.

Ya casi no decimos realidad: decimos información. Ya casi no decimos comprender: decimos procesar. Ya casi no decimos verdad: decimos datos. Ya casi no decimos naturaleza: decimos sistema. El cambio parece de vocabulario, y quien lo denuncie se expone a que lo tomen por gramático quisquilloso. Pero las palabras no son nunca inocentes, y menos que ninguna las que una época repite sin examinarlas. Cada edad describe el mundo con la imagen que más hondamente la seduce: los griegos hablaron del cosmos, orden y hermosura; la cristiandad medieval, de la creación; la modernidad empezó a hablar de la máquina; nosotros hemos empezado a hablar de la información. Y la cuestión decisiva no es si esas imágenes encierran alguna verdad —todas la encierran—, sino qué ocurre cuando una imagen deja de ayudarnos a comprender lo real y comienza, mansamente, a ocupar su lugar. Porque ese es el instante en que nace una filosofía; y también, con frecuencia, el instante en que empieza un error.

Sostendré en estas páginas una tesis, y una sola, para que el lector pueda seguirla como se sigue un hilo por el laberinto y pedirme cuentas de ella en cada recodo. La formulo desde ahora, desnuda, para no defraudar después con la sospecha de que la conclusión se hurtaba: la información presupone siempre el ser y jamás lo funda; el dato es parásito de la naturaleza que lo hace posible. De donde se sigue que la concepción hoy dominante —la que hace del dato el sustituto del ser y de la inteligencia una modalidad del cálculo— no es una novedad que la ciencia nos imponga, sino la reaparición de un error antiquísimo con ropaje nuevo. Le he dado un nombre: nominalismo cibernético. Y me propongo mostrar de qué modo puede responderse; que, más aún, ese error se contradice a sí mismo; y que ha de hacerse no solo desde la metafísica, sino —esto es lo que da al asunto su gravedad y su interés— en el terreno propio de quienes hoy lo profesan, que son, con frecuencia, algunos de los mejores físicos vivos.

Que nadie tema, pues, encontrar aquí un panfleto contra la ciencia. Sería indigno y sería falso. Solo quien admira de veras la inteligencia humana puede contemplar sin sobresalto una máquina capaz de aprovechar propiedades de la naturaleza que hace apenas medio siglo parecían pertenecer a la pura especulación matemática. La física cuántica es uno de los mayores logros del pensamiento de nuestra especie; la computación que de ella promete nacer transformará la criptografía, el diseño de materiales, la química, buena parte de la medicina. Nada de esto se discute en lo que sigue, porque nada de esto pertenece a la disputa. Una cosa es construir una máquina nueva; otra muy distinta, deducir de la máquina una nueva doctrina del hombre. La historia enseña que solemos confundir ambas cosas con una facilidad casi conmovedora. Y precisamente porque la ciencia de hoy es admirable, merece una filosofía a su altura, capaz de honrarla sin idolatrarla, y de distinguir lo que la ciencia dice de aquello que, sin advertirlo, empieza a creer.

II. Genealogía de un error: del nomen al reloj, del reloj al bit

La disputa que hoy vuelve disfrazada de novedad tiene casi siete siglos, y comenzó, como suelen comenzar las grandes cosas, en una discusión que a los profanos les habría parecido una minucia de escuela. Hacia el ocaso de la Edad Media se abrió una grieta silenciosa en el pensamiento occidental, sin ejércitos ni sangre, pero de consecuencias más duraderas que muchas batallas. La cuestión parecía inofensiva: cuando llamamos «árbol» al olivo, al roble y al ciprés, ¿nombramos algo que esas tres cosas comparten realmente, o pronunciamos tan solo un sonido cómodo que hemos convenido en aplicar a lo que se nos antoja parecido?

Para la tradición realista —de Aristóteles a Santo Tomás— la respuesta descansaba sobre una evidencia tan cotidiana que costaba trabajo formularla sin parecer ingenuo. Cuando el entendimiento conoce un árbol, no inventa la naturaleza del árbol: la descubre. No impone el orden a las cosas; lo reconoce en ellas. El conocer consiste, cabalmente, en conformarse a lo que es, y por eso pudo el Aquinate definir la verdad con esa serenidad que solo da la certeza: la verdad es la adecuación del entendimiento a la cosa. No porque la inteligencia produzca el ser, sino porque el ser precede al conocer: la realidad viene primero y la mente la alcanza después. Esta prioridad del ser sobre el pensamiento es acaso la afirmación más decisiva de toda la metafísica clásica; retírese, y el edificio entero se viene abajo con la lentitud de las cosas que se pudren por dentro.

Fue entonces cuando se abrió paso, con Guillermo de Ockham y la via moderna que de él procede, otra manera de comprender el universal. No se negaba la realidad de los individuos, ni siquiera toda semejanza real entre ellos; se negaba algo más fino y más grave: que el entendimiento alcanzara en las cosas mismas una naturaleza común, dotada de fundamento real, distinta de la mera función universal del signo. Solo existen, en sentido propio, individuos particulares; la universalidad no está en las cosas, sino en el concepto —signo natural de la mente— que puede significar a muchos a la vez. El nominalista de buena ley no dice, pues, que «árbol» sea un ruido arbitrario: dice que es un signo que vale para muchos individuos semejantes, sin que a esa comunidad de nombre corresponda comunidad alguna de naturaleza en lo real. La diferencia con el realista parece de matiz. No lo es.

Porque si la comunidad no está en las cosas, sino solo en el signo, el conocer muda de raíz su significado: ya no consiste en descubrir lo que las cosas son, sino en ordenar con la mayor economía posible los signos con que las agrupamos. La inteligencia deja de contemplar y se pone a clasificar. Ha nacido el nominalismo, y con él una larga posteridad que aún no ha terminado de dar sus frutos.

Porque los grandes errores tienen la longevidad de las hiedras: rara vez mueren; sencillamente cambian de muro. El principio nominalista reapareció después —bajo mediaciones y con diferencias que sería injusto borrar— en ciertos empirismos, en el positivismo, en el conductismo y, por fin, en algunas formas de funcionalismo computacional. No sostengo una filiación documental que vaya de Ockham a nuestras máquinas por línea recta, que ningún historiador serio toleraría; sostengo una afinidad de principio, que es cosa más honda y más difícil de conjurar, porque no se hereda por los libros, sino por el aire que una época respira sin examinarlo. Su episodio más brillante —y el más fecundo, porque de él salió la ciencia moderna— fue el mecanicismo, y en su auge y en su ruina está cifrada, como en clave, toda nuestra cuestión.

Hay una costumbre curiosa que se repite en casi todas las edades: los hombres terminan imaginando el universo con la más admirable de las herramientas que conocen. No es defecto, sino casi necesidad del pensamiento, que comprende lo oscuro a partir de lo claro. Los antiguos, que veneraban la vida, compararon el cosmos con un organismo. La Europa de los siglos XVII y XVIII se enamoró de un objeto nuevo y prodigioso: el reloj. Hoy apenas reparamos en él, pero conviene un esfuerzo de imaginación para restituirle su antiguo prestigio. Decenas de piezas diminutas, cada una distinta, conspiraban para producir un movimiento de una regularidad que parecía milagrosa; nada quedaba al azar, todo obedecía a una precisión que se diría prestada del cielo. Era inevitable la pregunta: ¿y si el universo entero funcionase exactamente igual? Si un reloj se explica por el engranaje de sus ruedas, quizá el mundo se explique por el engranaje de sus cuerpos, y baste estudiar cómo se mueven las piezas para haberlo comprendido todo.

Así nació una de las imágenes más poderosas de la historia moderna, y con ella una decisión metafísica que casi nadie percibió como tal. No afirmaba necesariamente que Dios no existiera; muchos de sus primeros valedores fueron cristianos sinceros. Afirmaba algo más discreto y más eficaz: que para explicar la naturaleza bastaba con el movimiento local de las partes. Las formas dejaron de importar; los fines se volvieron sospechosos; las cualidades se resolvieron en cantidades; y la naturaleza, que había sido un orden de seres, se fue convirtiendo mansamente en un sistema de movimientos. Justo es reconocer los frutos: gracias a ese método se describió con precisión inaudita el vuelo de los planetas y la caída de los cuerpos, y de él salió una civilización técnica que sería mezquino no admirar. Pero ocurrió entonces lo más humano y lo más peligroso: como el reloj explicaba tantas cosas, se creyó que las explicaba todas. Se confundió un método con una filosofía.

El sueño alcanzó su fórmula más pura en la célebre inteligencia que imaginó Laplace: un espíritu que conociera en un instante la posición y la velocidad de todas las partículas del universo podría reconstruir el pasado entero y prever el futuro sin sombra de error. Ni misterio, ni sorpresa, ni azar; solo cálculo. Nótese bien lo que allí se afirmaba, porque no era ya una tesis de física, sino una doctrina del conocimiento: comprender es prever, explicar es calcular, conocer es reconstruir el movimiento de todas las piezas. Sin advertirlo, el hombre había empezado a medir su propia inteligencia con el patrón de una máquina perfecta.

A comienzos del siglo XX, la naturaleza empezó a responder de un modo que nadie esperaba. En el mundo de lo muy pequeño, la luz y los átomos desafiaban las intuiciones con que la física clásica había gobernado el universo durante dos siglos largos, y hubo que forjar una teoría nueva: la mecánica cuántica, cuyas predicciones alcanzan una precisión que ninguna otra ciencia iguala, y de la que depende buena parte de la técnica que nos rodea. Pero desde su cuna vino acompañada de una singular incomodidad: los físicos aprendieron pronto a usarla, y nunca acabaron de ponerse de acuerdo sobre qué significaba. Una teoría puede funcionar de maravilla; qué nos diga acerca de la realidad es otra cuestión, y mucho más grave.

Conviene aquí desmontar un equívoco tenaz. Suele decirse que la física cuántica arruinó las certezas de la metafísica clásica, y se la invoca para autorizar toda suerte de irracionalismos. Es un malentendido. La mecánica cuántica destruyó, sí, muchas certezas; pero no las que se le atribuyen. No abolió el principio de no contradicción, ni la inteligibilidad del universo, ni la existencia de lo real, ni la causalidad entendida metafísicamente. Lo que hizo pedazos fue una imagen demasiado simple de la naturaleza. Dígase con toda claridad, porque de ello depende cuanto sigue: la física cuántica no derrotó a Aristóteles; derrotó a Laplace. No mostró que el mundo fuera irracional, sino que era mucho más hondo de lo que el racionalismo mecanicista había soñado. El viejo reloj se había parado, y para siempre.

Debió ser aquella una espléndida noticia para la filosofía. Rota la máquina que pretendía agotar lo real, parecía llegado el momento de volver a la pregunta que el mecanicismo había desalojado: qué es, verdaderamente, la naturaleza. Pero ocurrió algo inesperado, y en ese giro está el nudo de nuestro tiempo. En lugar de recobrar la antigua pregunta por el ser, se formuló otra por completo distinta. Ya no se preguntó qué son las cosas, sino cómo circula la información entre ellas. Y cuando el reloj de engranajes se hizo añicos, empezamos, sin darnos cuenta, a montar otro reloj. Solo que esta vez ya no era de ruedas y muelles. Era de bits.

III. Qué hace cuántica a una computadora

Conviene, antes de seguir, detenernos en la máquina misma, porque el lector tiene derecho a saber por qué el adjetivo cuántica pesa tanto en esta historia, y por qué de esa palabra se han sacado más metafísicas apresuradas que de casi ninguna otra en la ciencia reciente. Hágase sin fórmulas, que aquí no hacen falta, pero también sin las exageraciones con que suele divulgarse.

Una computadora ordinaria trabaja con unidades físicas —los bits— que representan, cada una, una de dos alternativas: cero o uno, corriente o ausencia de corriente. Toda su prodigiosa labor se reduce, en el fondo, a barajar con velocidad inconcebible multitudes de esos síes y noes. La computadora cuántica emplea, en cambio, sistemas físicos —los cubits— cuyo estado, mientras no se mide, no es ni el uno ni el cero, sino que se describe mediante una combinación de ambos, con ciertos pesos que los físicos llaman amplitudes.

Aquí conviene una advertencia que importa más a la filosofía que a la ingeniería. Esa combinación —la célebre superposición— no significa, como a veces se dice con ligereza, que una misma cosa sea y no sea a la vez y bajo el mismo respecto. No hay aquí violación alguna del principio de no contradicción, y quien lo invoque para autorizar irracionalismos habla de lo que no entiende. El cubit no es un cero que sea a la par un uno; es un sistema físico en un estado propio y perfectamente determinado —el estado de superposición— del que, al medir, se obtendrá un cero o un uno con probabilidades regidas por aquellas amplitudes. La superposición no es una contradicción domesticada: es un estado más rico que el del simple interruptor, y no menos real por ello.

Lo decisivo, y lo verdaderamente admirable, es que esas amplitudes pueden interferir, como interfieren las ondas en el agua: unas posibilidades se refuerzan y otras se cancelan. Un algoritmo cuántico bien trazado no consiste en guardar todas las respuestas en cajones secretos ni en visitar universos paralelos que hagan por nosotros el trabajo —imágenes seductoras y falsas—, sino en orquestar esa interferencia de modo que las respuestas inútiles se anulen entre sí y la útil salga reforzada cuando por fin se mide. A ello se añade el entrelazamiento, esa correlación entre sistemas por la cual el estado del conjunto no se deja reducir al de sus partes, y que tanto desasosiego causó a Einstein.

Repárese en dos cosas, porque de ellas depende toda la sobriedad filosófica que aquí reclamo. La primera: por más cuántico que sea el proceso intermedio, el resultado que leemos al final es siempre clásico, un cero o un uno, una cifra que podríamos haber escrito con lápiz. La máquina no nos entrega el infinito; nos entrega, con más probabilidad que antes, una respuesta. La segunda: nada de todo esto obliga a metafísica determinada alguna. Que un dispositivo aproveche la estructura ondulatoria de la materia para calcular más aprisa dice mucho de la riqueza del mundo físico y nada, absolutamente nada, sobre si el ser es información o la información es ser. La potencia de una herramienta no demuestra jamás una doctrina sobre la naturaleza de lo real. Y sin embargo —esto es lo que hace tan instructivo nuestro asunto— hay quien ha creído leer en la física de la información una respuesta a la más antigua de las preguntas metafísicas.

(Continuará)

Óscar Méndez Oceguera

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