Nada para el pueblo, pero con el pueblo

EFE

La democracia, en sentido clásico, no es ni mejor ni peor que cualesquiera otras formas de gobierno, si hacemos abstracción de la idiosincrasia propia de cada sociedad. Sin embargo, mucho nos tememos que la actual democracia que hoy padecemos se halla bastante lejos de su concepción clásica. Algunos han considerado más ajustado llamarla partitocracia o partidocracia.

Llamémosle como le llamemos, el sistema político en el que se enmarcan las elecciones catalanas del 14 de febrero muestra un rasgo muy distintivo: necesita al pueblo, cuenta con él. Hasta nueve candidatos concurren a los próximos comicios catalanes y todos ellos coinciden en una misma cosa: su llamado a los catalanes a participar con su voto, ignorando incluso los peligros para la salud pública que tal llamamiento supone en la actual situación de pandemia.

La prioridad fundamental de todo ciudadano, su mayor responsabilidad, no es otra que la de contribuir personalmente al despliegue de este circo mediático. Y todo ello, ¿para qué? Desde luego no porque ninguno de los nueve candidatos esté particularmente desesperado por representar a nadie que no sea él mismo o sus compañeros de facción. Sabemos de sobra que los partidos políticos son cuerpos extraños a las sociedades naturales y que, como tales, difícilmente podrían representar a ninguno de sus miembros.

El imprudente afán por requerir la presencia de los catalanes en la próxima cita electoral responde a la necesidad de utilizar al pueblo en tanto que coartada. Buscando su complicidad a través del voto, la próxima hornada de oligarcas se asegura que la responsabilidad de sus inevitables desmanes recaiga directamente sobre sus electores. Da lo mismo quién gane o quién que pierda; cualquiera de ellos sólo servirá para traer más ruina a Cataluña y al resto de las Españas. Y además podrán descargar sus culpas sobre el pueblo por haberlos votado. Es el crimen perfecto, no hay duda.

En realidad, poco importa cómo lo llamemos. Lo único meridianamente claro en este sistema es lo útil que resulta a las élites gobernantes para hacer responsable al pueblo de sus propios excesos. Para eso sirve votar.

De este modo, el muy cínico lema del viejo despotismo ilustrado, «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», toma ahora la forma de una broma macabra: «nada para el pueblo, pero con el pueblo»; «contamos con vosotros para procuraros vuestra propia desgracia».

Con todo, no tenemos duda de que serán muchos los catalanes que el próximo domingo se presentarán diligentemente en sus colegios electorales para cumplir con su deber democrático. Aun cuando ello suponga comprometer su propia salud y la de sus vecinos. Y es que de todos es sabido que si hay «trileros» es porque también hay «primos». Pues eso: «acérquense, señores, ¡hagan juego!».

David Avendaño, Círculo Carlista Marqués de Villores