La fábrica de Legorreta (historia de la vida real)

Ilustración de Mónica Caruncho

He vuelto al cabo de los años por Legorreta y he visto con gran pena que lo que fue la animada fábrica en la que vivíamos  se encuentra sumida en total abandono y ruina. Lejos quedan las multitudinarias risas y voces infantiles de los 9 hermanos y las alegres correrías a los tradicionales caseríos circundantes. Realmente ha enmudecido una sociedad estructurada, animada y gozosa y ha sido sustituida por un escalofriante silencio de cementerio industrial,  cerrado por las zarzas y lleno de viejas pintadas amenazantes y desencajadas, fruto del ambiente nacionalista desnaturalizado. Los caseríos rurales, en triste venta, aparecen en los largos listados de las inmobiliarias, a la busca y captura de urbanitas bilbaínos, políticos avispados o industriales jubilados con añoranzas tradis que los remocen y ocupen los findes, mientras los limpian señoras marroquíes.

Vivíamos en Legorreta, en las tierras altas del Goierri de Guipúzcoa, en la cuenca alta del río Oria, en donde nuestra casa formaba parte, pared con pared, con la misma la fábrica de papel que, como director de fabricación mantuvo durante 50 años nuestro  extraordinario padre D. Guillermo (que en Gloria esté), desde que acabó la carrera de ingeniero químico hasta que se jubiló. Fue su vida profesional  dedicada a esta empresa fabril y a esta localidad, pues con frecuencia se le reclamaba cuando había alguna avería o problema y acudía cual médico de guardia  a cualquier hora del día o de la noche. Este medio siglo de arduo trabajo y dirección no fue suficiente para que en los anales publicados de la fábrica y localidad se le tuviese mínimamente en cuenta, posiblemente (por lo que nos comentaron) por no ser afecto al bloque secesionista.

La historia de Legorreta, desde sus orígenes, pese a que nunca lo comentarán los separatistas,  entronca con las páginas más gloriosas de las Españas y las empresas más destacadas de nuestra patria. A la casa solariega original de Legorreta perteneció su fundador, Sebastián de Legorretazaharra (Legorreta vieja en vascuence), entusiasta militar de las huestes de Lope de Haro, conde y Señor de Vizcaya, al servicio del santo rey Fernando III de Castilla en la toma de Baeza a los islámicos en la festividad de San Andrés del año del Señor de 1227. Esto lo acredita el cronista Lope Martínez de Salazar, apoyándose en las insignias que orgullosamente poseía el señor de Legorretazarra, certificadas por  el antiguo rey de armas Gerónimo de la Villa de Madrid. Los de las demás familias, como los del linaje de los Oria, con casa solariega en Legorreta, también acompañaron en esta y otras muchas acciones en armas y letras a los reyes de Castilla. Los extensos montes comunales (usak, zalduak) albergaron no solo a los ganados y cultivos, sino a las nutridísimas partidas y batallones carlistas locales, hasta que los vengativos y desamortizadores liberales los usurparan y arruinasen.

Toda esta emocionante historia se ha querido ignorar con una descabellada ley del silencio por parte del separatismo, espurio hijo del liberalismo degenerado. El nacionalismo maleaba (en aquellos años 70 ) y controlaba, cual hidra perversa la localidad hasta el punto de que nada escapaba a su agobiante manejo. En la parroquia (abandonada la maravillosa misa tradicional tras el cirio vaticanosegundista) el desnortado sacerdote lanzaba homilías comunistas contra los empresarios mientras te podías encontrar en cualquier esquina malencarados «informantes», delatores de cualquier atisbo de discrepancia. Como una de las muestras, mi valiente madre puso una bandera de España en uno de los balcones de casa y Feliciano, el casero de Ajuain (caserío cercano) le soltaba a mi hermano: «dile a tu madre que quite ese trapo». Entonces mi hermano subía y desde el balcón le gritaba «Feliciano, etorri ona, (ven aquí )a quitarla si te atreves».

Legorreta se encuentra en un recodo del río Oria, rodeada de buenas extensiones de praderas arboladas, arroyos (como los de Zazpiturrieta o de las siete fuentes) y bosques con caseríos dispersos que en aquellos tiempos estaban en plena actividad (no en el estremecedor abandono actual). Mi mayor ilusión era escaparme a los caseríos cercanos para ordeñar una vaca, alimentar al burro o las gallinas o cualquier otra actividad campestre y tradicional. Eso sí, estaba expuesta a los perrazos que vigilaban sus tierras. Uno de estos canes o chacurras se llamaba Castillo (así, en castellano, no el vasco gaztelu), del caserío Mucullu en el monte del mismo nombre. En una ocasión salió detrás de mí y tras una larga carrera a modo de encierro de montaña, me alcanzó con sus mordiscos en mis tiernas carnes, hasta el punto de que tuvieron que ponerme la antitetánica, vacuna de mayor categoría que las covidianas actuales. Consideré seriamente como ataque terrorista a mi pequeña persona el acoso y agresión de esta fiera. No me extrañó que bastantes años después se localizasen zulos etarras y alijos de explosivos en algunas de estas apagadas casas (Continuará)

Marichu de Legorreta, Margaritas Hispánicas