Hace varios días el cardenal Sarah concedió una entrevista a EWTN News en la que entre otros temas de interés tocaba el de la libertad religiosa. A estas alturas esperar de un cardenal una confirmación en la fe y en la tradición de la iglesia parece ser una batalla perdida y este caso tampoco fue una excepción. El cardenal guineano en su intervención parecía apostar por la libertad religiosa, pero confusamente también por la libertad de culto, por lo que, como resultado, su defensa de los cristianos perseguidos y discriminados carece de fuerza porque se apoya en los principios del liberalismo.
El cardenal no es original, ni innovador. Este discurso, para desgracia de pueblos y naciones, lo llevamos oyendo décadas.
Ya en 2004 en una entrevista concedida al diario La Reppublica el entonces cardenal Joseph Ratzinger constataba que «la laicidad justa es la libertad de religión. El Estado no impone una religión, sino que deja espacio libre a las religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil, y por tanto, permite a estas religiones que sean factores en la construcción de la vida social».
En esa misma entrevista y envuelto en confusos pensamientos, como sólo el liberalismo puede conseguir, el cardenal Ratzinger, defendía ideología buena (la de los derechos a la libertad religiosa) contra ideología mala (el laicismo) pretendiendo hacer una distinción terminológica que resulta inaplicable en la realidad.
Así, transitando esos caminos llegamos al 2022, al primer mensaje de oración contra la discriminación y la persecución religiosa del papa Francisco. En dicho mensaje el papa recordaba que la libertad religiosa no se limita a la libertad de culto, sino que está vinculada a la fraternidad y que libertad religiosa es valorar al hermano en su diferencia.
Parece ser que la idea de colaborar con todas las religiones en la construcción de un mundo mejor no es original de Francisco, aunque sí puede ser original su forma de utilizar el lenguaje. No tan académica sino más poética y rimbombante, pero el mensaje y la idea es la misma.
Hoy en la iglesia defender la libertad religiosa es sinónimo de defender el liberalismo, es sinónimo de defender todo aquello calificado por la doctrina tradicional como libertades de perdición.
Se califica al Syllabus de obsoleto y frente a él se presenta la denominada hermenéutica de la reforma, que se ha convertido en el nuevo caballo de Troya del modernismo para justificar todo tipo de ruptura con la doctrina tradicional. Apoyados en ella, teólogos y pensadores son capaces de defender una cosa y su contraria.
Explica Leopoldo Eulogio Palacios para aclarar las dudas en las que eminentes cardenales filósofos y pensadores han embrollado la clara y verdadera doctrina sobre la libertad religiosa:
«Obtener libertad de coacción en el orden civil ha sido un derecho que la Iglesia ha reivindicado siempre desde los tiempos del Imperio Romano, sostenida por la convicción de ser la única religión verdadera, y que necesitaba de esa libertad para cumplir con los deberes religiosos que Dios le había revelado «en exclusiva». En cambio, generalizar este derecho por medio de una declaración que lo extendiese a las sectas, a los judíos y a los paganos, era para ella inconcebible. Hay que tolerar a los infieles. Pero el derecho a la libertad del error es inexistente, y por eso la única libertad que puede pedir la Iglesia es la libertad católica. «La libertad católica –prosigue– es la que compete a la Iglesia como sociedad perfecta de fundación divina, distinta y superior al Estado, y que no compete ni puede competir a ninguna otra sociedad, aunque se llame religiosa. La declaración conciliar promete dejar intacta la doctrina tradicional católica: pero el texto enseña precisamente lo contrario. El derecho a la libertad religiosa es generalizado y extendido sin discriminación. Pero al igualar el derecho a la libertad católica con otros supuestos derechos que son inexistentes queda anulada también la libertad católica. Se la convierte en un “derecho humano”, lo que es caer en el naturalismo. Las más benévolas interpretaciones no han podido impedir el influjo maléfico de esa Declaración, cuya tesis central, condenada por los papas, ha sembrado el indiferentismo en los fieles, ha demolido la confesionalidad de los Estados católicos, y ha favorecido la rebeldía contra Cristo Rey».
Belén Perfecto, Margaritas Hispánicas