Justificaciones anticarlistas en la cultura política católica (I)

el clericalismo se ha mostrado como un enemigo cada vez más feroz del carlismo

Charge of the Royal Squadron of Carlos VII, by Augusto Ferrer Dalmau/Carga del Escuadrón Real de Carlos VII, por Augusto Ferrer Dalmau

Resulta significativo que el ideario tradicionalista hispánico, esto es, el carlismo, haya encontrado a lo largo de su historia opositores no sólo, como es lógico, en el bando abiertamente revolucionario, sino también el entre miembros de la cultura política católica, al menos nominalmente considerada. Las justificaciones de este anticarlismo merecen ser escuetamente tratadas, pues constituyen un elenco de actitudes que esconden riesgos notables en la instauración de la res publica christiana.

En primer lugar, el núcleo de la oposición al carlismo como concreción hispánica del régimen de la cristiandad ha venido del liberalismo católico. Desde que el heresiarca Lammenais diese inicio a la articulación ideológica de la apostasía católica muchos han sido los enjuagues y reformulaciones que ha experimentado el liberalismo católico. Las razones de Lammenais vinieron, y no es casual, de su ultramontana postura antipolítica. La religión, para el bretón, no podía vincularse a una concreción política sin contaminación. Esta actitud gnóstica teologista le llevó a confundir la libertad de la Iglesia con una suerte de liberación democrática de la que la Iglesia había de ser la abanderada. Los católicos liberales, siguiendo la senda de su fundador, se caracterizaron por pregonar su fe intachable y, en nombre de ésta, expulsar a Cristo de la comunidad política. La experiencia política de los últimos siglos ha dado generosa cuenta de la auténtica tentación que ha supuesto el liberalismo católico, tornando a los católicos en liberales esencialmente y reduciendo la fe a una suerte de catolicismo —empleo el término con sufijo «ismo» con intención—, o sea, una ideologización de la religión cristiana operativa a las ideologías del momento.

Esta actitud lammenaisiana ha favorecido el llamado «accidentalismo» de las formas de gobierno. Así, sobre la base de la accidentalidad de las formas de gobierno se empleó ésta para la justificación de un irenismo político. Olvidando, por su parte, que la accidentalidad de las formas de gobierno es un postulado teórico, no ajeno a la tradición particular de las sociedad, o sea, a su determinación práctica. Por ello, ser antimonárquico en España no consistió en articular una alternativa en la consecución del bien común, sino en nutrir las filas de la Revolución, pues la política cristiana entró en una simbiosis con la monarquía en tierra hispana que convirtió a los antimonárquicos en revolucionarios.

Por otra parte, el clericalismo se ha mostrado como un enemigo cada vez más feroz del carlismo. Y no me refiero sólo a la actitud esquizofrénica de la Santa Sede, afirmando la Ciudad Cristiana con una mano y pactando con los regímenes revolucionarios con la otra. En los últimos años, evidenciándose el crudo invierno conciliar —lejano a las primaveras cantadas—, los católicos tradicionalistas han optado tristemente por una suerte de clericalismo más carismático que institucional. Los sacerdotes se convierten, en estas coordenadas, en gurús que opinan, y mandan, en toda esfera de los seglares, justificándose en la persecución —injusta por otra parte—, que sufren. Así las cosas, se favorecen ideologías como el comunitarismo o el accidentalismo, en nombre de la «unidad de los cristianos», para cubrir más bien la «unidad de los feligreses» o, mejor, la «unidad de mis feligreses».     

A este panorama hemos de añadir que la disolución de la política cristiana en los últimos años, desaparecida incluso de los textos magisteriales o, al menos, confundida con una suerte de reducción a la persona y los derechos humanos, ha favorecido un imperio del caos político en la cultura política católica contemporánea. Afloran, tristemente, los identitarismos, los fascismos, los nacionalismos, etc., y toda suerte de ideologías y mixturas deleznables que toman la política cristiana como coartada en su difusión.

Por último, cabe destacar el imperio generalizado del americanismo lockeano. Muchos católicos perplejos, por influencia de los juicios privados de Benedicto XVI, han abrazado una concepción gnóstica de la fe, que la reduce a un rebaño de elegidos, en lugar de la casa de pecadores que es. Con esta concepción de seguridad personal, los católicos prefieren apartar la política, síntoma de división mundana, y dedicarse a apostolados lejanos a sus deberes de estado, reclamando para sí una «tolerancia» en una sociedad cada vez más anticristiana. Esto queda catalizado, por otra parte, con las lecturas apocalípticas que constituyen una suerte de cobertura a la concepción teologista —antipolítica— de la fe.

El carlismo, no por casualidad, es atacado por todos estos flancos, al afirmar que la gracia no suprime la naturaleza, que el bautismo no anula nuestros deberes naturales, que Cristo nos pide reinar en nuestro corazón y en la sociedad. Estas actitudes evidencian, al fin, la entrada del enemigo en la Ciudad Santa, el humo de Satanás en el Templo de Dios, las ideologías en el lugar del magisterio…, en suma, el hombre puesto en el lugar de Dios, la abominación de la desolación. 

Miguel Quesada/Círculo Cultural Francisco Elías de Tejada

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