Defender la tradición de Panamá

EFE

Cuando Panamá se separó de Colombia en 1903, se consolidó un pequeño estado independiente en nuestro istmo, bajo el patrocinio de los Estados Unidos, que actuaban guiados por meros intereses geopolíticos y económicos; tema que merece, por sí mismo, ser tratado en otra ocasión a mayor profundidad.

Trataremos ahora de conocer aquello que quedó después de la necropsia neogranadina. Es tan sencillo como visitar nuestras comunidades interioranas, como llamamos en Panamá a nuestra campiña rural, para darnos cuenta de que los vestigios de catolicidad e hispanidad que permanecen en nuestra población, corren peligro de ser borrados por la negligencia de un ominoso estado mecanicista, que no ve almas que guiar y custodiar en esta vida, sino meros ciudadanos que empadronar y desplumar burocráticamente.

Si el estado moderno nos educa, procurará hacernos mayormente productivos para el trabajo, pero excluyendo cualquier formación espiritual y hasta humana. Si acaso, las únicas ideas que inculca la educación contemporánea, son las asociadas a la libertad como fin absoluto, que se obtendría con la supuesta emancipación de toda Tradición. Simultáneamente el Estado excluye cualquier otra alternativa de pensamiento que confronte sus ideas nuevas.

Así, esta ominosa plaga ha infestado cada rincón de nuestras vidas, y cualquier vestigio de catolicidad e hispanidad que quede en nuestra gente, permanece prácticamente por milagro, porque hasta los pueblos más remotos y físicamente distantes de la capital, han sido trastornados por los aires de la revolución; y hasta las prácticas públicas y reverentes de la religión han sido ocultadas desde la época del Concilio Vaticano II, el cual, complementado con las revoluciones políticas que sufrimos, constituye un verdadero tiro de gracia.

Al hablar de la pérdida de la hispanidad, no nos referimos al «una faccia, una razza» del fascismo, o a un análogo de la «raza aria» del nazismo. Nada más lejos de la realidad, pues nuestra identidad no consiste en salvar la genética de los pueblos peninsulares.

También nuestros criollos, nuestros indígenas y nuestros negros, junto con el rico mestizaje de todos ellos, forman parte de la hispanidad, en cuanto mantengan sus usos y costumbres, y profesen la fe católica. Sus conciencias no serán forzadas ni coercionadas como harían por ejemplo los terroristas del Estado Islámico, que ofrecían a sus reos o la conversión al mahometismo, o la muerte. Esto, es exactamente lo que harían los enemigos de Cristo con las conciencias de los católicos, pero no caeremos en la misma barbarie, de la que falsamente se acusa a la Inquisición. En resumidas cuentas, la defensa de la Tradición no es ni fascista, ni terrorista.

Servimos a la Causa por amor, que nace como la luz de un cirio en los corazones de nuestros paisanos. Por ello, es menester tener espíritu misionero, celo y caridad ardiente por las almas, y no debemos permitirnos caer en compromisos ni tibiezas. Tampoco podemos envainar la espada hasta que la obra esté hecha, y esa Tradición, abandonada por la multitud, pero aún latente, vuelva a constituir los principios de nuestra sociedad, orientándonos a Dios, principio y fin de todas las cosas.

Paolo Emilio Regno, Círculo Tradicionalista Nuestra Señora de la Asunción de Panamá