La caída del Conde de Caserta (I)

A NUESTRO ENTENDER, LA DESERCIÓN DEL CONDE DE CASERTA, CONSTITUÍA UN HECHO COMPARATIVAMENTE MUCHO MÁS GRAVE QUE LA ESCISIÓN INTEGRISTA

El Rey de España Carlos VII, sentado en primer plano. Detrás, de pie, de izquierda a derecha: el General nacido como Alfonso de Borbón Dos Sicilias, Conde de Caserta (1841-1934); el Teniente Coronel Enrique de Borbón Parma, Conde de Bardi (1851-1905); y el Brigadier Roberto I, Duque de Parma (1848-1907), padre del Rey de España Javier I. (Foto de José de Lejarreta, 1874).

Al fallecimiento del Rey D. Alfonso Carlos en 1936, quedó extinguida la línea directa varonil primogénita de Felipe V. Lo normal entonces es que hubiese heredado la Corona de las Españas el cabeza de la línea segundogénita, esto es, el Jefe de la Casa de Nápoles (como ya ocurriera en 1759 con el Rey Carlos III, origen del nuevo tronco principal en la sucesión de la Monarquía hispánica). Pero, por desgracia, los miembros de esa Casa hacía tiempo que habían reconocido al linaje intruso isabelino-liberal. En las instrucciones reservadas que el Rey Alfonso Carlos dio a su Jefe Delegado Fal Conde en carta de 10 de marzo de 1936, decía: «En cuanto a la cuestión sucesoria, […] la rama Borbones de Nápoles reconoció toda ella a la dinastía usurpadora, aceptando empleos [militares], cargos [militares], condecoraciones [falsas] de la misma; y, por lo tanto, no puede suceder en España». En concreto, el Rey se estaba refiriendo a la descendencia del Conde de Caserta († 1934), patriarca de la única rama de la antigua Familia Real de Nápoles de la que, en el momento de escribir esas palabras, todavía seguían habiendo hijos legítimos varones de matrimonio real o no desigual.

Aunque uno de sus hermanos, el Conde de Girgenti († 1871), había casado con una de las hijas de la Isabelona, el Conde de Caserta –al igual que su otro hermano el Conde de Bari († 1904)– no vaciló en poner su espada al servicio del Rey de España Carlos VII en la Cruzada de Liberación de 1872-1876, llegando incluso a ostentar el cargo de General Jefe del Estado Mayor General de los Reales Ejércitos de Su Majestad Católica. Pero, tras la contienda, su lealtad hacia el Monarca proscripto se iría debilitando hasta el fatal desenlace que se produjo en el que podríamos llamar mensis horribilis de julio de 1888, ya que también en estas fechas se acabaría consumando la separación integrista. Ante la rebeldía que capitaneaba Ramón Nocedal y su diario El Siglo Futuro y que terminaría culminando con el «Manifiesto de Burgos» de la Prensa integrista fechado el 31 de julio, el entonces Infante Alfonso Carlos trataba de consolar a su hermano el Rey en carta de 18 de julio diciéndole, entre otras cosas (La Fe, 30/07/1888): «Nada de esto es grave, mi querido Carlos; los alucinados, los que no obran con perversa intención, volverán a ti, que sostienes inmaculada nuestra Bandera; los otros, más vale que se hayan ido, y considero todo lo que ha pasado como una gracia particular de Dios para purificar nuestro partido de elementos que no eran carlistas».

Pero, a nuestro entender, el otro luctuoso acontecimiento del mes, la deserción del Conde de Caserta, constituía un hecho comparativamente mucho más grave que la escisión integrista. En los primeros días de julio saltaba la noticia en la Prensa de que el Conde había llegado a Madrid para «ofrecer sus respetos a [la antirregente María Cristina] y filiar a sus dos hijos mayores, Fernando y Carlos, en el Ejército [alfonsino]» (La Época, 03/07/1888). A finales de mes aún se resistía a creerlo D. Carlos, como se refleja en la carta que su Secretario, el Conde de Melgar, dirigió a Luis M.ª de Llauder, director del órgano oficial del Rey, El Correo Catalán, fechada el 25 de julio, de la cual son estas líneas (La Fe, 01/08/1888): «Desmienta Vd., pues, enérgica e incesantemente todas esas invenciones, que son ardides de los rebeldes [= los integristas], lo mismo que las consecuencias que tratan de sacar de la ida a Madrid del señor Conde de Caserta. A estas fechas todavía ignora S. [M.] si es cierto que aquel señor reconoció la legalidad [sic] existente en Madrid, y harto conoce usted el corazón del R[ey] para saber cuánto le repugna el dar crédito a una defección cualquiera mientras no se le presenten pruebas palpables. Pero si se confirmase la del señor Conde de Caserta, que hasta ahora había sido considerado por S. [M.] como pariente fiel, nadie le condenaría con más indignación que el Señor».

No fue necesario mucho tiempo para que el propio Caserta saliera a confirmar la triste noticia. En carta fechada el 27 de julio y dirigida al diario La Correspondencia de España, el Duque de San Giovanni, Coronel de Caballería a las órdenes del Conde, afirmaba lo siguiente en nombre de Su Alteza Real (nº de 30/07/1888): «Los vínculos que unieron al señor Conde de Caserta con D. Carlos durante la guerra, acabaron cuando ésta tuvo fin […]. Antes de ir el señor Conde de Caserta a Madrid a ofrecer sus homenajes a S. M. la Reina Regente de España [sic], y pedir la autorización para que dos de sus hijos ingresaran en las academias militares de dicho país, pidió a S. M. el Rey Francisco II, su hermano, la venia y consentimiento, que le fueron dados con mucho gusto, y con lo cual el señor Conde de Caserta llenó todos sus deberes».

Y, por si todavía quedaba alguna duda al respecto, en una entrevista concedida en el mes de agosto siguiente al periódico La Época, afirmaba el Conde lo siguiente (nº de 22/08/1888): «Diré a V. pocas palabras, pero muy terminantes. En primer término, yo no he sido jamás hombre político; nunca he querido mezclarme en las arduas contiendas y serios azares de la política. Yo no he sido ni soy más que un militar. Es cierto; cuando la guerra civil de España estuve en el Ejército de D. Carlos; llegué a él para luchar enfrente de la República… Luego mi deber me impuso, con noble mandato, seguir aquella Causa hasta el fin, como lo hice. Una vez terminada la guerra, me separé completamente del carlismo; no he conservado más que relaciones de pura amistad con algunos de sus principales jefes. ¿Comprende usted ahora?». Y concluye aseverando el Conde: «Desde entonces mi conducta no ha sufrido la menor mudanza. He permanecido, permanezco y deseo permanecer apartado completamente de la política. Por lo demás, mis relaciones con la familia reinante [sic] no pueden ser más afectuosas. La Reina [sic] Isabel fue madrina de uno de mis hijos. Estimé mucho al Rey [sic] Don Alfonso, y hoy por hoy guardo la mayor simpatía y el mayor respeto por su ilustre viuda. El hecho de traer a mis hijos a que sigan sus carreras [militares] en España lo indica bien claramente. Es todo cuanto pudiera decirle».

Félix M.ª Martín Antoniano           

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