Las igualdades en la Iglesia

DPA

El Papa Francisco va ensanchando los caminos abiertos por sus predecesores. Su pontificado, marcado por un discurso teológico débil y simplón, acelera en cambio el proceso de demolición de la Iglesia y de la cultura católica, que no empezó con él, sino con el influjo del modernismo protestante en el seno del mundo católico.

El Papa León XIII ya tuvo que combatir las ideas modernistas en su momento, pero sería San Pío X quien frenaría con fuerza el movimiento herético. No obstante, éste se revitalizaría más tarde, en tiempos de Pío XII, y luego se «oficializaría» con ocasión del Concilio Vaticano II, difundiéndose ampliamente en los pontificados siguientes.

En este proceso de demolición de la Iglesia, desde Juan XXIII hasta Francisco, cada pontificado ha ido quitando, peldaño tras peldaño, las piezas de la estructura jerárquica del edificio del Cuerpo Místico de Cristo, en un intento de allanarlo y convertirlo en una suerte de institución intramundana donde se cumpla la utopía revolucionaria de la «Liberté, Égalité, Fraternité» entre sus miembros.

La Iglesia es, desde su fundación, una institución jerárquica, desigual. Jesucristo la quiso así. Es algo sorprendente para las mentalidades liberales y una afirmación políticamente incorrecta, pero es la verdad. La Iglesia es jerárquica y entre sus miembros hay jefes y subordinados. Ello no quiere decir que esta estructura sea injusta, pues a quien se le da más, se le exigirá más. Además, no olvidemos las palabras del Señor: «El mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc. 22, 26-27).

A través de su Ministeria Quaedam, Pablo VI, con su afán de «revisar y acomodar la Iglesia a las necesidades actuales, suprimir todo lo que sea inusitado y mantener lo que es todavía útil», suprimió las órdenes menores y abrió a cualquier fiel varón el ejercicio de las llamadas a partir de allí instituciones (y ya no órdenes menores) del Lectorado y del Acolitado, desvinculándolas para siempre de la estructurada preparación para el sacramento del Orden. Cuarenta y nueve años después, Francisco acaba de hacer oficial con su motu proprio Spiritus Domini lo que ya se venía practicando abusivamente: la apertura a las mujeres al «derecho» de participar regularmente del Lectorado y del Acolitado. Ello puede abrir el peligroso camino hacia el diaconado femenino y el sacerdocio femenino, que parece el punto de llegada.

¿Y dónde se apoyan para justificar estos cambios? Se habla de «la participación de todos los bautizados en la vida de la Iglesia». Que se apoya en la premisa del «sacerdocio común de los fieles», de que habla Lumen Gentium, lo que ha generado confusión y una especie de reivindicación popular por igualdad de derechos y dignidades. En su Catecismo católico de la crisis de la Iglesia, el padre Matthias Gaudron trata de este tema con la siguiente explicación:

«La expresión ‘participar en el sacerdocio de Cristo’ puede significar dos cosas muy diferentes: 1. Beneficiarse de los efectos de ese sacerdocio; poder insertarse en el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo para ser ofrecido con Él, y recibir los frutos de ese sacrificio. Esta es una participación principalmente pasiva que no hace de ninguna manera sacerdote (en el sentido propio del término). 2. Ejercer, como ministro, ese sacerdocio; poder ofrecer realmente el sacrificio de Cristo, y transmitir sus frutos. Esta es una participación activa: la del sacerdote en sentido propio» (p. 223). Por lo tanto, hay una diferencia abismal entre la participación de los fieles en cuanto beneficiados de los efectos del sacerdocio de Cristo y el ejercicio de ese sacerdocio, de forma real y eficaz, por el sacramento del Orden.

Estas ideas, como suele pasar en la Historia, no nacen entre la gente común y sencilla, sino que son fermentadas y esparcidas por una élite revolucionaria que sabe lo que quiere. Las mujeres tenemos el modelo de la Santísima Virgen y de las santas: una Santa Magdalena, una Santa Isabel de Portugal, una Santa Margarita de Escocia, una Santa Teresa de Jesús… Que jamás reclamaron «su derecho» a participar de la dignidad conferida a los ministros ordenados, el sacerdocio sacramental.

Marina Macintyre, Margaritas Hispánicas