Ecos palaciegos (II): Se vende palacio (poco usado)

no nos podemos permitir ni el lujo ni la excentricidad de pagar a alguien para que nos planche el periódico

La servidumbre del palacio de la serie Downton Abbey

La última vez nos quedamos sin espacio para tratar de los otros dos puntos que atañen a la irracionalidad de la vida palaciega en el contexto de una sociedad moderna y políticamente liberal, es decir, en la que el Estado se considera titular único y legítimo de todo poder efectivo. A saber, la practicidad y la rentabilidad.

El hombre contemporáneo cultiva un número siempre creciente de sinsentidos. Algunos de los más interesantes, desde el punto de vista moral y antropológico, son los que tienen como fundamento (o como pretexto) la simplificación de las tareas y de los «ritos»[1] en aras de la eficacia y de la eficiencia o, en otras palabras, el ansia devorante que carcome a tantos de nuestros coetáneos por la practicidad.

Es evidente que un palacio, considerado única y exclusivamente como una vivienda para uso y disfrute de una familia (que, accidentalmente, es la familia real) es el colmo de lo poco práctico. La intimidad se vuelve complicada y resulta muy difícil que un miembro de la familia quiera tomar un ligero tentempié entre horas sin movilizar a todo un ejército de criados. Las distancias son grandes y el cabeza de familia, como ya apuntábamos, acaba teniendo la impresión de que, si de hecho gobierna algo, ese algo no es, ciertamente, su propia morada, que parece sobrevivir gracias a una especie de misterioso mecanismo de relojería invisible al que nadie parece darle cuerda.

Por eso, probablemente, los monarcas modernos y liberales (por la Gracia de Dios o por la gracia de la Constitución) renuncian alegremente a sus colosales moradas de antiguo para refugiarse en coquetos palacetes alejados del mundanal ruido, que sus ilustres y preclaros ancestros habrían consentido solamente en ceder, y con reservas, a lo menos granado del cuerpo de guardia adscrito a sus personas.

Dicho en otras palabras, vivir en Zarzuela en lugar de en el Palacio de Oriente es un monumental insulto a la institución monárquica. O lo sería, si existiera tal institución. Porque para que exista no sólo se requiere que eso que, por mandato constitucional, llamamos rey sea de veras un rey y no un papamoscas de gala; y se requiere, además que, caso de existir un verdadero rey con poderes de rey y autoridad de rey, además lo sea por derecho propio y no por derecho positivo.

Está claro que vivir en un cortijo aislado en el Monte de El Pardo con una servidumbre reducida, fingiendo que se es sólo una familia privilegiada más dentro del conjunto de familias privilegiadas que (con derecho o sin él) existen en nuestra sociedad, no sólo es infinitamente más práctico que tener asalariada a toda una corte lo suficientemente populosa como para llenar un Escorial o un Riofrío. También es un síntoma de lo más elocuente de que, de hecho, no se es nada distinto de una familia privilegiada cualquiera a la que por una serie de convenciones legales que cada vez se hace más difícil soportar, justificar y defender ante los tribunales, se considera moral y políticamente superior a todas las demás familias privilegiadas. Eso no es monarquía; eso es restringir los privilegios de clase (económica) a una sola familia, lo cual es completamente diferente.

Y está claro, en fin, que esta mudanza práctica de las monarquías a sus cortijos de verano es, si no la única causa, al menos una de las más importantes que han llevado o llevan o llevarán históricamente a la desaparición (jurídica o física, incluso), de esas mismas monarquías de cartón-piedra. Quiero decir que, si Luis XIV se construye un picadero de lujo (con perdón de la expresión) en el terreno de Versalles y que, apenas un siglo más tarde, María Antonieta edifica en la parcela de al lado todo un pueblecito para jugar a ser granjera, me parece lógico y razonable que los parisinos (sean o no sean malvados francmasones enemigos del trono y del altar) empiecen a sospechar que se les está tomando el pelo de mala manera.

Es exactamente lo que deberían pensar los súbditos de las dos insufribles princesas Elsa y Anna en la indecible Frozen, si no fueran unos luteranos infelices, como se deduce claramente de la película. Porque las dos princesas que gobiernan (o no) una especie de microestado delimitado por un fiordo, poseen un palacio real de lo más coquetón, del tamaño de un picadero borbónico y poco más. No consta que necesiten servicio alguno, porque son princesas modernas, feministas y partidarias de la emancipación de las clases trabajadoras. Y, para colmo de males, como son muy piadosas (según la Constitución), tienen integrada en el palacio la oportuna capilla para las coronaciones. Que no creo que la utilicen para nada más, porque apenas tiene espacio para un obispo y un coro.

Si la residencia de la máxima autoridad del Estado está sólo ligeramente por encima de la residencia del ciudadano medio y, sobre todo, si en su residencia no da trabajo a nadie porque la máxima autoridad del Estado se basta y se sobra para conducir los destinos del Estado y de su casa, algo no va del todo bien.

Se objetará quizá, también, que no tiene sentido gastar dinero en cosas inútiles, como por ejemplo en mantener a una patulea de gentes más o menos improductivas que sólo sirven para realzar la realeza. Ese es, exactamente, el ideal de rentabilidad del que también hemos hecho mención.

En la aristocrática residencia de los condes de Grantham, Downton Abbey, hay una doncella en particular entre cuyas funciones se encuentra la de planchar cada mañana los periódicos. Sí, planchar: coger la plancha, calentarla y pasarla por cada una de las hojas de los diarios matutinos antes de que estos les sean presentados a sus señores. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que un periódico sin planchar puede dejar manchas de tinta en las manos del lector y ello resulta extraordinariamente inconveniente cuando el lector es el conde de Grantham que baja a desayunar vestido de punta en blanco; o la condesa de Grantham que desayuna en su cama y que podría manchar de tinta, a su vez, las sábanas. Me dirán que qué tontería, que qué pérdida de tiempo y de dinero y que menos mal que ya no hay gente tan tonta y comodona como los condes de Grantham. Y yo les responderé que no es ninguna tontería, que sólo es una manera un poco complicada de resolver un problema real (los señores condes podrían ir a lavarse las manos después de leer el periódico, por ejemplo); que es, efectivamente, un gasto innecesario de tiempo y de dinero para la mayoría de la gente. Y añadiré que no estoy en absoluto de acuerdo con su severo juicio sobre lord y lady Grantham, pero que no me sorprende: hasta los monárquicos de hoy en día somos inconscientemente demócratas a veces.

Por supuesto que ni yo ni ustedes nos podemos permitir ni el lujo ni la excentricidad de pagar a alguien para que nos planche el periódico. Pero es que ni yo ni ustedes somos el conde de Grantham.

Es perfectamente normal, natural, lógico, razonable y católico que el pueblo llano no lleve el mismo tren de vida que el rey. Y eso vale para el pueblo llano en cuanto tal, sea éste un asalariado de Inditex o el dueño de Inditex. No comprendo por qué nos cuesta tanto comprender que es perfectamente católico, razonable, lógico y natural que el rey no viva como el pueblo llano.

Los ingleses lo comprenden muy bien, por eso mantienen mal que bien la ficción de una realeza con coronas y mantos de armiño que vive en palacios y que recompensa con sus regias armas a los proveedores de azulejos y de mermeladas para la Casa Real. Y ello, aunque no mantengan ni siquiera la ficción de que sus reyes sirvan para algo. En España lo que queda de la monarquía o lo que se llama monarquía o lo que la Constitución llama monarquía, tiene, al menos, el mérito de la honestidad intelectual: la dolorosa conciencia de no servir para nada los ha llevado desde hace ya tiempo a alejarse de las residencias regias para ocupar modestos y oscuros pabellones de caza. El más grande y mayestático, para la Reina Coronada y su misteriosa hermana; el más pequeño y sólo principesco, para la familia constitucionalmente reinante, que seguro que no paga a nadie para que les planche El País que leen cada mañana.

En el Palacio de Oriente cuelga ya un hermoso letrero: SE VENDE – POCO USADO.

Continuará

 [1] El «rito» dista mucho de ser un concepto exclusivo del campo semántico de la religión; existe una infinidad de ritos sociales, familiares y comunitarios con poca o ninguna relevancia religiosa (al menos, no explícita) que presiden, acompañan e, incluso, dignifican y ennoblecen algunas de las tareas cotidianas más corrientes. Una parte importantísima de estos ritos son las normas de urbanidad y de educación, puramente convencionales y, más a menudo de lo que sospechamos, perfectamente irracionales, aunque razonables.

Una parte importante de esos ritos de la cosa pública ha desaparecido con la llegada de la democratización igualadora por arriba (es decir, imponiendo límites severísimos a la excelencia y a la virtud), como por ejemplo las normas que rigen cuándo, cómo y ante quién debe uno descubrirse, por la sencilla razón de que ya nadie lleva sombrero. Otros muchos ritos sociales han sido dolorosamente reducidos a su mínima expresión indispensable, en aras de facilitarnos la existencia, por ejemplo, escribir cartas o contraer matrimonio para toda la vida.

G. García-Vao

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